viernes, 20 de marzo de 2026

EL POLÉMICO FILÓSOFO ACTUAL SLAVOJ ZIZEK DEFIENDE A WAGNER

EL POLÉMICO FILÓSOFO ACTUAL SLAVOJ ZIZEK DEFIENDE A WAGNER

 

 

“En 2003, tras las cartas públicas firmadas por Jürgen Habermas, Jacques Derrida, Richard Rorty y otros filósofos, se habló mucho de revitalización de los valores europeos centrales como un antídoto contra el americanizado Nuevo Orden Mundial. Si hay un acontecimiento mundial en el que, hoy en día, esta tradición europea se condense y encarne, ése es Bayreuth; de manera que, para parafrasear a Max Horkheimer, quienes no quieran hablar sobre Bayreuth deberían también guardar silencio sobre Europa”.

 

Slavoj Zizek, final de “La política de la redención o por qué vale la pena salvar a Wagner”

 

 

Slavoj Zizek es un mediático, prolífico y polémico filósofo actual que en algunos de sus innumerables textos ha mostrado un interés positivo por la obra de Wagner. Zizek ha sido calificado de “performer” filosófico e incluso de “Elvis de la teoría crítica” y de “Estrella de rock filosófica” y sus numerosos detractores le acusan de ser una “celebrity” intelectual que, a pesar de su sedicente izquierdismo, tiene voluntariamente un estilo filosófico que se adapta a la perfección a la mercantilización y la lógica individualista del capitalismo avanzado y a su industria cultural.

Los referentes teóricos de Zizek son sumamente heterogéneos: van desde el fin de la filosofía, donde aparece el espectro de Heidegger, a los temas clásicos del marxismo, como el fetichismo de la mercancía, la ideología, la lucha de clases, el comunismo, Lenin, la crítica del estalinismo, pasando por el diálogo con el teórico del populismo izquierdista Ernesto Laclau y con el filósofo francés Alain Badiou , y también por el tratamiento renovado de la tradición del Idealismo alemán, especialmente de Hegel. Y todo ello aderezado con numerosas anécdotas personales, chistes y citas de películas y de programas televisivos.[1][2]

Pero la principal fuente teórica de la filosofía de Zizek, así como el necesario apoyo para su comprensión, hay que buscarlos en la abstrusa doctrina psicoanalítica del médico francés Jacques Lacan. Sería excesivamente arduo tratar de clarificar aquí el turbio mejunje lacaniano-marxista-hegeliano que Zizek produce a lo largo de su extensa obra. Sólo diremos que resulta llamativo y aun paradójico cómo Zizek trata de utilizar en un sentido práctico revolucionario, de intención emancipadora en todo caso, una teoría psicoanalítica como la de Lacan, que elabora una concepción negativista del deseo, que al ser, según toda esta teoría, un efecto o reflejo de la Ley, si alcanza su objetivo de transgredir a esta Ley, su destino es aniquilarse él mismo, por lo que más que solamente negativista (es decir, no creativo, no productivo, sino siempre a remolque de la Ley negándola) el deseo es internamente contradictorio[3].

 

Además, frente a la izquierda freudomarxista clásica, que negaba la existencia de la “pulsión de muerte” (Thanatos), (introducida tardíamente por Freud en su esquema de los instintos), o la consideraba sometible a un armónica pulsión erótica, una vez levantada la represión “sobrante”, a efectos civilizatorios, sobre esta segunda pulsión, Zizek señala expresamente que la negatividad esencial inscrita en el corazón de la pulsión de muerte es ineliminable y no es un efecto de la represión, sino un destino negativo del hombre, inscrito en su misma condición pulsional fundamental e intrínseca[4]. E incluso, Zizek llega a plantear la peliaguda cuestión metapsicológica de que el intento de eliminar o armonizar el antagonismo entre pulsión de vida (Eros) y pulsión de muerte lleva al totalitarismo[5].

 

El negativismo del lacaniano Zizek también hace que su marxismo resulte muy problemático, de tal forma que la filosofía de Zizek aparece más bien como un “posmarxismo” que ha “deconstruido” la filosofía original de Marx para quedarse con un sentido de emancipación y desalienación que para algunos no es más que un “izquierdismo divagante” en el que el anticapitalismo se ha convertido en un fetiche teórico sobre el que se especula negativamente[6]. En todo caso, toda justificación humanista del socialismo revolucionario queda aquí dejada de lado y se considera que la teoría revolucionaria original está lastrada por un “esencialismo”, por una metafísica de la reconciliación final de todas las contradicciones sociales al final de la historia, que hacen necesaria su revisión filosófica fundamental o, como hemos dicho con el famoso término posmoderno, su “deconstrucción”. 

 

Precisamente, la idea original marxista de que es la misma dialéctica de la historia que lleva a la alienación y a la explotación bajo el capitalismo la que termina llevando a la resolución final de todas las contradicciones y problemas sociales en la misma historia, idea que tiene un carácter no “negativista” y por lo tanto “esencialista” y de metafísica “conciliadora”, esta idea, decíamos, Zizek la ilustra en la introducción a su libro “El sublime objeto de la ideología”, citando expresamente a Wagner y recordando que fue coetáneo de Marx, con la metáfora de la Lanza Sagrada del Parsifal, que cura la herida que ella misma ha producido. 

 

Pues bien, dejando aparte este ejemplo de “El sublime objeto de la ideología”, en el que un asunto dramático de Wagner ilustra una idea “esencialista” y metafísicamente positiva, la intención de Zizek, desarrollada principalmente en su artículo de un volumen colectivo de homenaje a Lacan es básicamente tratar de mostrar que la negatividad de la que hablamos como idea clave de Lacan está presente en la obra de Wagner, que según parece es muy apreciada por Zizek como medio para divagar sobre esa negatividad lacaniana. En primer lugar, nuestro filósofo lacaniano encuentra su negatividad nada menos que en la mismísima función que adquiere la música en Wagner: en el Maestro la mismísima música adquiere una función transida de negatividad, justamente la de expresar la Noche, la Gran Noche del Mundo que habita en el corazón del sujeto ilustrado del Logos Racional(sic), que ya no puede ser designado metafóricamente como el Día, sino que es la Gran Noche de la voluntad metafísica schopenhaueriana. 

 

Pero veamos como Zizek retuerce y enrarece un tema dramático de Wagner para convertirlo en ejemplificación de la negatividad lacaniana. En el Tannhäuser, Venus y Elizabeth no representan, según Zizek, un dualismo entre el amor terrenal y el amor celestial espiritualizado, entre lo mundano y lo ideal-sublime, sino que ambas representan al unísono una perturbación, nos dice Zizek, en el seno mismo de lo sublime. Venus y Elizabeth: ambas mujeres son sublimes, “figuras metafóricas de lo sublime” que no están destinadas a convertirse en esposas terrenales y mundanas. Venus representa una sublimidad del goce sexual convertido por el propio Tannhäuser en sagrado y Elizabeth representa la idealidad del amor cortés asimismo con significado religioso. El pecado real de Tannhäuser es haber convertido la sensualidad de Venus también en un absoluto religioso que se interpone entre él y la sublimidad convencional (según el amor cortés) de Elizabeth.

A partir del hecho dramático de que Tannhäuser rechaza el goce sensual eterno que le ofrece Venus y desea volver al mundo del esfuerzo, la lucha, el dolor y la muerte, Zizek podría haberse quedado en una sencilla interpretación basada en la “pulsión de muerte” actuante sobre Tannhäuser, pero Zizek va a complicar mucho más el asunto, para llegar a la conclusión de que ambas mujeres , Venus y Elizabeth, representan una perturbación, un desgarramiento en el seno mismo de lo sublime, no una polaridad o dualismo, como se suele pensar, entre lo sublime-ideal y lo terrenal. Elizabeth está claro que representa la idealidad del amor cortés, pero Venus no es meramente su contrapunto vulgar y terrenal, sino el goce sensual elevado (y ya hemos dicho que ahí está el pecado de Tannhäuser) a la categoría de absoluto religioso. Venus no significa aquí la felicidad sensual terrenal, sino una “trascendencia” hecha de eterno gozo (Genissen) terrible y mortífero. Recurriendo a los arcanos de la terminología lacaniana, Zizek nos dice que Venus representa el lado de lo sublime que coincide con “lo real”, mientras que Elizabeth cae del lado de “lo simbólico”, es decir de “la Ley”.

Esta fractura en el interior de lo sublime, esta “oscilación”, como dice también Zizek, no es otra cosa que una manifestación más de lo que hemos llamado la negatividad psicoanalítica lacaniana, una prueba de que ante lo ideal no estamos en presencia de un objeto definitivo, compacto, concluyente, que impone la solución de toda inquietud del deseo, que lo apaga finalmente, sino que permanecemos ante un escisión del deseo, ante una tensión, en definitiva.    

Ni que decir tiene que con este rebuscamiento psicoanalítico negativista, la obra de Wagner, aquí en concreto Tannhäuser, pierde su significatividad elemental capaz de expresar lo “puramente humano”, como le gustaba decir al propio Wagner, y se convierte en un pretexto para ejercer el arte retórico de las divagaciones pretendidamente profundas.

Zizek también realiza un aserie de variaciones sobre el significado de la tríada Tristán-Meistersinger-Parsifal, que según él se trata de una tríada que ofrece dos posibilidades opuestas de la relación edípica (Tristán: el hijo le roba la mujer a la figura paterna;9 Meistersinger: la pasión brota entre la figura paterna y la destinada a convertirse en la compañera del joven) y una resolución  de la misma en Parsifal, que adquiere un giro antiedípico (el sujeto herido es la figura paterna, Amfortas, y no el joven transgresor, Tristán).

Más en general, plantea Zizek que el Tristán encarna la actitud “estética”, en el sentido del “estadio estético” de Kierkegaard: el sujeto se niega a comprometer su deseo y va hasta el final del mismo aceptando de buena gana la muerte. Meistersinger supone la salvación del deseo a través del “estadio ético” (también kierkegaardiano): la salvación se consigue no siguiendo al deseo hasta el fin, sino que a través de una “sublimación creativa” la pasión se supera y uno regresa resignado a la vida diaria de las obligaciones “simbólicas”, es decir, derivadas de la Ley, como hace el zapatero Hans Sachs con su pasión hacia la joven Eva. Por último, Parsifal pone en escena la negatividad completa ante el deseo: uno tiene que negar completamente la pasión y pasar a la “jouissance” religiosa. “Jouissance”, si no nos equivocamos demasiado en el proceloso mar de los arcanos lacanianos, es el goce que desborda completamente “lo simbólico”, el goce que es una aparición de lo que Lacan llama “lo real” no simbolizable, el goce más allá de toda significación.

Señalaremos dos aspectos más que  Zizek trata de pasada en su artículo sobre Wagner, pero que  nos parecen importantes. Zizek parece afirmar algo que algunos hemos sospechado alguna vez: que el problematismo político que puede endosársele a Wagner está más que en el Anillo, en Parsifal, por la aparición en esta última obra de una comunidad regenerada donde el héroe se convierte en rey, aunque esa regeneración incluya la “ideología” de la renuncia, la compasión y el respeto compasivo hacia todo lo vivo.

En relación con el carácter “protofascista” de Hagen en el Ocaso de los dioses, Zizek dice que Wagner muestra aquí que pertenece enteramente al “campo de la libertad”, pues en Wagner, Hagen adquiere absolutamente sólo un valor negativo, mientras que en la versión literaria de los nibelungos, en el poema épico medieval, la figura de Hagen es ambivalente por representar también el aspecto del “hombre fiel”, la virtud feudal de la fidelidad, ambivalencia que al parecer recobra Hagen en la versión cinematográfica de la leyenda filmada por Fritz Lang.  

   Por razones de espacio y de complejidad hermética del asunto no podemos seguir aquí a Zizek por todas las divagaciones y elucubraciones que ensarta en los temas dramáticos wagnerianos, pero invitamos al lector a hacerlo por él mismo a través de la lectura del artículo que Zizek dedica a Wagner en el citado volumen colectivo sobre Lacan. Lo que creemos que de todas formas no queda claro en este artículo es dónde quiere conducirnos Zizek con él. Creemos que hay que tener en cuenta todo lo dicho aquí sobre la “negatividad” que el autor pretende descubrir en toda la dramaturgia de Wagner. Pero no salimos de la perplejidad si queremos poner en relación todo ello con el supuesto sentido emancipador revolucionario que Zizek pretende encontrar en todo ello. Más bien, todas las variadas divagaciones de Zizek parecen conducirnos a las conclusiones políticamente y psicológicamente “pesimistas” que implica la negatividad del deseo. Tal vez el propósito de Zizek en su “sobreinterpretación” de la obra de Wagner sea sólo, como indica el título del artículo, salvar a Wagner y salvarlo justamente de fáciles maniqueísmos (los buenos y los malos) como significado de su obra que pueden acercar peligrosamente a Wagner a visiones de un romanticismo político de la nobleza ideal inmaculada, frente a las maquinaciones de sub-hombres materialistas y conspiradores, cuya peligrosidad política es hoy más que evidente. En esta posibilidad de “sobreinterpretar” (como diría Eco) a Wagner es donde Zizek ve su grandeza y su virtualidad política no “maldita”, yendo más allá de los elementales maniqueísmos de la superficie de sus dramas musicales para descubrir su profundidad metapsicológica y metapolítica.

El caso es que Zizek (“izquierda divagante”, según los discípulos y seguidores de Gustavo Bueno[7]) delira divagando (y como ejemplo de este carácter delirante puede servir la propuesta abiertamente política que Zizek hace en la cita que sirve de “motto” a este artículo, acerca de la posibilidad y la necesidad de convertir a Bayreuth en un aglutinador de una tradición europea opuesta al “americanismo”)y su delirio no es otro que la ya bastante conocida cantinela posmoderna[8] del “antiesencialismo”, la negatividad y la no-consistencia ontológica como núcleo de la realidad. La defensa de la no-sustancialidad, la no- identidad, el no-fundamento y la no-subjetividad autocentrada y dueña ontológicamente de sí misma en la autoconciencia. Esto seguramente que es cierto que supone liberarnos del totalitarismo humanista metafísico de la reconciliación total en el fin de la historia, de la armonía total final que elimina toda diferencia y toda disidencia al querer imposibilitar el más mínimo atisbo de contradicción. Pero no parece necesario que para librarnos de ese humanismo utópico del terror haya de paso que cargarse la identidad y la unidad, la sustancialidad y esencialidad del Ser, basta con una simple conciencia histórica de lo que ha pasado en el siglo XX con la utopía comunista. Y la alternativa a ese humanismo utópico que desemboca en terror metafísico no puede ser otra que abandonar todo discurso de la emancipación revolucionaria, cosa que Zizek pretende ahorrarse, pero yo no entiendo cómo. En realidad sólo queda el reformismo socialdemócrata o el oportunismo y maquiavelismo del populismo, que son en realidad las corrientes que de hecho se aprovechan del abandono del “esencialismo” y del lenguaje de la “Solución Final Total”. O queda también el disfrute de la obra de Wagner como simple evasión romántica, pero de un romanticismo, como dirían también los discípulos y seguidores de Gustavo Bueno, no “implantado políticamente”, sino sólo “implantado gnósticamente”, es decir como nutriente de la conciencia interior privada y solitaria, puramente psicoestética.

 

Juan Gregorio Álvarez Calderón    

  

    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] El ataque de más grueso calibre lanzado contra Zizek en España fue la andanada dirigida contra él por el profesor José Luis Pardo en un artículo aparecido el 30 de junio de 2017 en El País. (consultable en la red)

[2] Véase Antonio J. Antón Fernández, “Slavoj Zizek, una introducción”, Sequitur, pgs. 11-20

[3] El carácter negativista que adquiere el deseo en Lacan, frente a teorías afirmativas del deseo como las de Deleuze y Guattari en el “Anti-Edipo” o la de Jean François Lyotard, está magistralmente explicado y desarrollado por el difunto profesor Jacobo Muñoz en su introducción a los cuatro textos del último autor francés citado publicados en la editorial Paidós (colección Pensamiento Contemporáneo) bajo el título de “¿Por qué filosofar?” (pgs. 41-45 )

 

[4]  “’pulsión de muerte’ no es un hecho biológico, sino una noción que indica que el aparato psíquico humano está subordinado a un automatismo de repetición ciego más allá de la búsqueda de placer, de la autoconservación, de la conformidad del hombre con su medio. El hombre es –Hegel dixit-“un animal enfermo de muerte” (…). Según esta perspectiva, la ‘pulsión de muerte’, esta dimensión de radical negatividad, no puede ser reducida a una expresión de las condiciones sociales enajenadas, sino que define la condition humaine en cuanto tal. No hay solución ni escape, lo que hay que hacer no es ‘superarla’, ‘abolirla’, sino llegar a un acuerdo con ello, aprender a reconocerla en su dimensión aterradora y después con base en este reconocimiento fundamental, tratar de articular un modus vivendi con ello”. (Slavoj Zizek, “El sublime objeto de la ideología”, Siglo XXI, pg. 27)

[5] “Toda ‘cultura’ es en cierto modo una formación-reactiva, un intento de limitar, de canalizar, de cultivar este desequilibrio, este núcleo traumático, este antagonismo radical, por medio del cual el hombre corta su cordón umbilical con la Naturaleza, con la homeostasis animal. No es sólo que la meta ya no consista en abolir este antagonismo pulsional, sino que la aspiración de abolirlo es precisamente la fuente de la tentación totalitaria. Los mayores asesinatos de masas y holocaustos siempre han sido perpetrados en nombre del hombre como ser armónico, de un Hombre Nuevo sin tensión antagónica”. (Slavoj Zizek, “El sublime objeto de la ideología”, Siglo XXI, pgs.27-28)

[6] Seguramente lo más sorprendente y lo más provocativo para algunos del negativismo de Zizek sea la inclusión que lleva acabo de la filosofía de Hegel en ese negativismo en su dimensión ontológica. Según Zizek, Hegel no es el filósofo de la reconciliación total de las contradicciones en la Idea llegada a su pleno desarrollo autoconsciente en la historia. El concepto es “no-todo”, dice Zizek, es decir, rechaza la fórmula tópica del “panlogismo” de Hegel. El concepto sería en Hegel “no-todo”, según expresión que Zizek también toma de Lacan, porque no hay identidad final entre realidad y concepto. Zizek parece que ve ya en el propio Hegel lo que quiso ser elaborado después de Hegel por Adorno, una dialéctica negativa. 

[7] Para la crítica y trituración, marca de la casa, de Zizek que hacen los materialistas filosóficos buenianos véase el libro de Julen Robledo Contra Zizek (Pentalfa, 2017)

[8] Cualesquiera que sean las puntualizaciones que puedan hacer los académicos eruditos sobre la diferencia entre Zizek y la posmodernidad, consideramos que nuestro autor es plenamente un epígono de los posmodernos filosóficos, sean cuales sean también las críticas que haya podido hacer a los fenómenos culturales y políticos de la posmodernidad más superficial en su inabarcable obra. Zizek continúa la subversión ontológica iniciada por los posmodernos filosóficos, con raíces serias y profundas en Nietzsche y Heidegger, y su obra la consideramos una insistencia y a lo sumo una radicalización filosófica de las posiciones “antiesencialistas” de los teóricos de la política Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, reconocidos posmodernos, cualesquiera que sean las disensiones que Zizek hay podido tener con ellos sobre extremos más o menos académicos o más o menos de política mundana.  

miércoles, 16 de julio de 2025

EL ASCENSO AL MUNDO INTELIGIBLE.


No veo otra manera positiva y efectiva de ascender al mundo inteligible (“cosmos noetos”) que la práctica de las matemáticas y de las ciencias matematizadas de la naturaleza. Porque el presunto ascenso dialéctico a partir de cuestiones morales, estéticas y de cosmovisión metafísica sólo lleva a la proliferación de perspectivas relativizantes y a la “diafonía ton doxon” ( disonancia de las opiniones) y no a una verdad que pueda aparecer como evidencia que fuerza sin violencia al consenso. 

Jesús Mosterín en su “Historia de la filosofía” habla de que algunos filósofos judíos como Maimónides y Gersónides creían en la inmortalidad condicionada a la práctica en este mundo sensible de las ciencias y las matemáticas. Pero no sé qué vamos a hacer los que estamos negados para esa práctica ( no solo de las matemáticas en general sino también de esa parte suya que es la música), como no sea terminar pudriéndonos con lo sensible. Para salvarnos tendría que ser verdad la creencia Cristiana de que hay un camino hacia el “mundo verdadero” que no es ni Logos ni Número, sino Amor, Perdón, Palabra en la Historia, Providencia, Comprensión, Misericordia. Pero esto es muy bonito y tiene toda la pinta de ser un “wishful thinking”. Los que quieren asegurar filosóficamente su creencia en el Dios cristiano con el platonismo y el neoplatonismo no se dan cuenta de que se trata, en el cristianismo y en el platonismo, de dos realidades enteramente diferentes y que la reunificación de ambas recurriendo a una interioridad emocional que descubriría el ser ideal inteligible en el alma introspectiva, como en San Agustín, es muy problemática e incierta. En la psique es muy difícil encontrar el ser verdadero, absoluto, ideal, inteligiblemente cierta y evidente, y más bien lo que se encuentra allí es caos y confusión de opiniones, instintos enmascarados y disimulados, abigarramiento de las imágenes sensibles, creencias son evidencia lógica, perspectivas que no dan ( como creía Ortega) la verdad, sino que hunden en apariencias mudables y sin fundamento sustancial. Por eso los negados para la única y auténtica vía hacia lo ideal-inteligible, la vía científico-matemática, nos esforzamos filosóficamente en negar toda sustancialidad, toda subsistencia, todo ser verdadero, a los supuestos entes ideales matemáticos y buscamos la manera de reducirlos a creaciones mentales ( conceptualismo) o lingüísticas ( nominalismo radical) que no tienen ninguna realidad objetiva sustancial, que no firman ningún “cosmos noetos”, nos esforzamos por negar el ser ideal y reducirlo a apariencia psicológico-lingüístico. Y dicho sea de paso, insisto en que cualquier filosofía que admita esa realidad del ser ideal, la llame como la llame ( Mundo 3, Tercer Género de Materialidad) no es un materialismo. Éste, y más si quiere ser “filosófico”, tiene que resolver el ente ideal en contenido psicológico ( Mundo 2, Segundo Género de Materialidad). Si no, se está admitiendo un ser que al no tener extensión y al estar al margen del espacio y del tiempo, no es ser material sino ideal. Gustavo Bueno admite, al menos en “La fe del ateo” que  los contenidos de M3 no son espáciales ni temporales. Son por tanto ser ideal, no material. Gustavo Bueno admite, al menos en “La fe del ateo” que  los contenidos de M3 no son espáciales ni temporales. Son por tanto ser ideal, no material. 

Otra forma de deslegitimar el valor “metafísico” de las matemáticas sería la doctrina convencionalista sobre sus fundamentos:como sistema formal axiomático las matemáticas no estarían fundadas en “verdades de razón”, sino en  principios elegidos por conveniencia y utilidad.

viernes, 9 de mayo de 2025

LUISITO, FUTBOLISTA INTELECTUAL

 Cuento premiado con en 2º premio en el Concurso de cuentos Molino de Griñón de 2024

 

 

A sus 20 años, nuestro protagonista era ya un “crack”, como dirían en su jerga los aficionados al fútbol, popular deporte anglosajón extendido por toda la Tierra que Luisito practicaba como profesional en el equipo señor de la capital de España, el Real Madrid. Pero Luisito estudiaba también Filosofía en la Universidad en horario nocturno, tras los esforzados entrenamientos (o entrenos, como dicen ahora con  horroroso americanismo los deportistas), donde se lucía exitosamente y dejaba admirados a sus compañeros y a su entrenador, pero sin que para él su preparación física y táctica fuera tan agotadora que se quedara sin ganas ni fuerzas mentales para poder activar su intelecto en la comprensión y el aprovechamiento de las clases del desinteresado amor al saber, las clases filosóficas de su Facultad.

Luisito era, por tanto, un futbolista atípico, pero la cosa no quedaba ahí, sino que Luisito era, además de intelectual, raro en general, por rasgos de carácter independientes no necesariamente conectados a lo que supone ser intelectual. El psicólogo de su equipo, pues por supuesto el dominante y ejemplar Real Madrid contaba con un psicólogo para ayudar mentalmente a sus jugadores, pensaba que Luisito sufría de anomalías, no graves pero ciertas y con potencial perturbador, pertenecientes al espectro autistaconcretamente, el psicólogo había diagnosticado a Luisito como aquejado de síndrome de Asperger. Tímido e introvertido hasta la anormalidad y con pocas habilidades sociales o más bien incapacitado para hacer amistades e integrarse en el grupo de sus camaradas deportivos, Luisito vivía aislado y ensimismado en su mundo intelectual o que pretendía serlo. En los desplazamientos y concentraciones del equipo solía pasar el tiempo enfrascado en lecturas de sesuda enjundia casi siempre filosófica y en la audición de música clásica, bien a través de aparatos portátiles de CD o bien a través de Radio Clásica. Esta última afición sorprendía enormemente a sus compañeros y, si cabe, era más responsable de la fama de “friki” de Luisito entre ellos que su afición a la filosofía. Para algunos, entre los que se encontraban los deportivos colegas de Luisito, gustar de la música clásica es el colmo del “intelectualismo”, cuando escucharla y ser aficionado a ella sin tener educación musical, sin conocer la técnica musical, como era el caso de Luisito, es una de las aficiones menos seriamente intelectuales y más dadas al apasionamiento frívolo y al esnobismo intelectualmente inauténtico que se pueden encontrar.     

Pero yendo a lo “estrictamente deportivo”, como repiten hoy incansables los periodistas del ramo, hay que decir que Luisito era un delantero centro que ocupaba la posición táctica de media punta. Su habilidad para el control y la conducción del balón eran desde luego muy destacables e igualmente sabía ejecutar en sus incursiones atacantes cambios de ritmo que recordaban a los que eran especialidad de Messi. También se desenvolvía con brillantez y efectividad en el “uno contra uno”, justo lo que el filósofo Heidegger, sorprendente aficionado al fútbol, decía que era lo que más le gustabade su admirado BeckenbauerPero a todo ello unía Luisito una destreza y una exactitud en los tiros a puerta desde media distancia que nunca se habían visto en el fútbol antes de él. Sus disparos a puerta impulsaban al balón con una claridad y una definición que en verdad parecían estar proyectadas por el más alto y metódico pensamiento. Los porcentajes de efectividad de los saques de falta cercanos al área que Luisito ejecutaba eran superiores a los que había tenido Messi en su mejor época. 

La vivacidad, la seguridad de carácter que le faltaban a Luisito en su vida psicológica no le faltaban con el balón a sus pies. Y nadie diría que alguien tan desabrido personalmente como él pudiera tener la maestría que él tenía para regatera y mantener siempre el control de la pelota. En esto también recordaba algo a Messi, pero en el caso de Luisito, su falta de dinamismo para expresarse y relacionarse psicológicamente era notablemente más acusado que la apariencia apática y la indolencia de Messi fuera del campo. 

Había en Luisito un don innato para el fútbol totalmente misterioso, pues su habilidad en el juego no era fruto de ninguna “historia de superación”, como suelen decir los deportistas, ni de ningún esfuerzo racionalmente planificado. Frente a todo el proceso de racionalización que está sufriendo el fútbol con todos los análisis concienzudos de las tácticas y el cultivo experto de las técnicas del juego, Luisito volvía a reivindicar con su genialidad inesperada e inaprehensible el valor esencial en el fútbol de la inspiración, el instinto y la naturalidad inexplicable. 

Pero, por otro lado, no era la vistosidad o la fantasía de sus incursiones en el área lo que destacaba en el juego de Luisito. El poetizante Valdano no habría podido decir de él que era un jugador de dibujos animados, como dijo refiriéndose a Romario. Luisito era un jugador esencialmente elegante, no fantasioso. Y lo más apreciable en él era ante todo su efectividad, que le hacía chutar a portería con extrema exactitud en cuanto sospechaba de la ocasión favorable. No buscaba el “jogobonito”. Sí es cierto  que la elegancia de Luisito con el balón culminaba muchas veces en belleza plástica, pero era una belleza clásica, tranquila, equilibrada, no la belleza fantasiosa  y de espectacularidad entusiástica  del juego de otros delanteros. Con suma elegancia se desmarcaba, recibía y controlaba el balón, driblaba y chutaba, y casi siempre marcaba gol. La ansiedad por ser admirado por la belleza de su juego, que atenaza a tantos jugadores jóvenes, era un problema que él no tenía. En esto, dentro del campo, era equilibrado. Su juego se desarrollaba con precisión cartesiana y transmitía serenidad refinada. Ello, una vez más, no se correspondía con su torpeza psicológica fuera del campo. No sé si fue Di Stefano u otro jugador de los clásicos quien dijo que se juega como se es. Esto no se cumplía lo más mínimo en el caso de Luisito. Luisito era un jugador elegante y un pobre diablo como ser psicológico. 

En el terreno de juego, Luisito era como un Beckenbauer en posiciones ofensivas avanzadas, sin salir desde la posición de defensa central líbero, sino imponiendo su majestad con el balón siempre en las inmediaciones del área enemiga, y combinando su elegancia en la conducción con los cambios de ritmo típicos de los delanteros astutos. Pero fuera del campo, Luisito era un desastre como persona. Resulta que además de su torpe rareza, daba preocupantes muestras de “no tener la cabeza bien amueblada”, como hubiera dicho un periodista. Luisito hacía frecuentes salidas nocturnas y bebía, y cuando su club, el señorial Real Madrid, ganaba algún título, era siempre él el que cerraba las distintas discotecas donde se celebraban tan faustos sucesos. Eso sí, celebraba siempre a su manera; bebía en solitario, con escasa interacción comunicativa en medio de la diversión de sus compañeros de plantilla. Pero como en destacados casos anteriores a él de futbolistas bohemios dados a la juerga discotequera y báquica, el más conocido seguramente el de Ronaldihno, sus locuras de diversión poco saludable no interferían en su rendimiento deportivo, que nunca fallaba en la efectividad de sus exhibiciones goleadoras. 

Pero Luisito manifestaba otras extrañas conductas que aumentaban la preocupación por el equilibrio de su mente. Cuando marcaba un gol, en lugar de correr a abrazarse con sus compañeros, se tiraba al césped y allí, entre, pataleos y agitaciones de todo su cuerpo, estallaba en nerviosas carcajadas. Además de una conducta manifiestamente extraña como ésta, había otras circunstancias de la vida de Luisito que resultaban sospechosas para el sentido común de la normalidad establecida. Luisito era heterosexual, pero nunca se le conoció ninguna relación sentimental con una mujer, a pesar de la avidez con que mujeres agraciadas físicamente buscaban el emparejamiento con futbolistas de élite. Pero él nunca intentaba ligar y en sus salidas nocturnas se divertía a su manera, bailando o bebiendo solo. Estábamos sin duda ante un evidente caso de miedo a la mujer y al amor, que alcanzaba el socialmente peligroso y psicológicamente patológico nivel de la misoginia. En una de las poquísimas ocasiones en que, siendo jugador del Real Madrid, Luisito se dejó entrevistar, un reportero le preguntó su opinión sobre el futbol femenino, en una época en la que, coincidiendo con la hegemonía ideológica y cultural del feminismo, con gran aparto mediático y grandes alharacas entusiastas se trataba de promocionar la práctica del balompié por mujeres recientemente profesionalizadas, y nuestro héroe futbolístico contestó con evasivas y rehúsopronunciar ninguna palabra de apoyo a tal práctica. Sin embargo, sí condenó absolutamente en alguna ocasión los insultos racistas que con alguna frecuencia algunos hinchas dedicaban a los jugadores de color. 

En lo que respecta a la apariencia corporal de Luisito, hay que decir que su físico, sin ostentar una musculatura como la de Roberto Carlos ni unas virtualidades de rendimiento atlético como las de un animal fantástico como Cristiano Ronaldo, cumplía con todos los cánones reconocidos de la excelencia deportiva, sin que ello fuera impedido por la estatura no excesiva y el aspecto ligeramente enclenque y aniñadotípico de la mayoría de los delanteros que han destacado por su habilidad fuera de lo común. Pero lo que no se cumplía en el caso de Luisito era el tan repetido y querido lema supuestamente de Juvenal: “mens sana in corpore sano”. Nuestro deportista atípico sabía que el sentido dado habitualmente a este lema es erróneo, porque lo había leído en el libro “Iota unum del ideólogo católico tradicionalista Romano Amerio (su afán de lectura llevaba a Luisito a frecuentar poco habituales parajes ideológicos y filosóficos), en el que se critica la devoción al deporte presente en algunas intervenciones de los Papas más recientes: al parecer los versos de Juvenal dicen no mutilados: “que los dioses nos concedan una mente sanaen un cuerpo sano, por lo que no estaba en su intención decir que un cuerpo sano nos garantiza una mente sana, que es el sentido que los entusiastas del deporte, generalmente sin ninguna cultura clásica, dan a esta cita parcial. 

Precisamente, la sospechosa rareza y el más que probable desequilibrio mental de Luisito hacían que no pudiera ser amado totalmente por los seguidores de su club. La hinchada del señorial club madrileño no podía menos que entusiasmarse con su elegante y efectivo juego en la cancha y le estaba, desde luego, eufóricamente agradecida por él, pero Luisito no consiguió nunca romper cierto distanciamiento de los forofos de su equipo hacia él. Lo único que él podía obtener de estos forofos era admiración mezclada con bastante extrañeza, pero no una cálida comprensión afectivamente cercana. Es cierto que muchos le consideraban un genio del balón y, siguiendo la versión popular del dicho de Aristóteles según el cual no ha habido genio que no haya sido melancólico, atribuían su rareza a su condición de figura del balón fuera de lo normal, propiamente genial, pero en esta misma valoración se encerraba una buena dosis de ironía e incluso de frialdad y hasta de recelo e inquietud. Se puede decir que Luisito sufría un doble estigma en el seno del mundo del futbol: el de filósofo y el de raro desequilibrado.

Algunos dirán que ha habido, anteriormente a la época de Luisito, profesionales del fútbol que habían estudiado filosofía y no por ello sufrían ningún estigma, el más conocido de los cuales sería el entrenador zaragozano Víctor Fernández. Pero conviene no olvidar algunas anécdotas que son significativas de la idea que el grueso de la gente del fútbol y de los aficionados se suele hacer de la filosofía y de su actitud hacia ella.

Años antes de la aparición estelar de Luisito en la escena balompédica, el destacado jugador noruego Ibrahimovic le había llamado despectivamente filósofo al entrenador Guardiola cuando había tenido unos desacuerdos con él estando a sus órdenes en el Barça. Y alguna vez se veía en los campos de fútbol cómo algunos hinchas llamaban filósofo al árbitro cuando éste era dado a dar muchas explicaciones de sus decisiones a los jugadores en liza. 

La mayoría de los padres que quieren que sus hijos se aficionen al deporte y lo practiquen lo hacen por aversión, no siempre enteramente inconsciente, hacia la cultura intelectual literaria y filosófica, en la que ven una amenaza de “enrarecimiento” para sus hijos, y prefieren con mucho educar a hijos deportistas. Mucha de esta gente sigue sintiendo y usando el término “intelectual” como término despectivo, y el pueblo, convertido hoy en masa pequeñoburguesa, sigue siendo profundamente antiintelectual. Por eso, para Luisito su condición de estudiante de Filosofía no dejaba del todo de ser un estigma dentro del mundo del fútbol, al que se añadía el estigma más claro e indiscutible de su rareza psicológica.

A pesar de la proliferación en los últimos tiempos de periodistas y comentadores del fútbol en general que cultivan los análisis intelectualizados y racionalizados de las tácticas de los equipos y de los avatares del juego y a pesar de  la visión literaria que algunos de ellos tratan de dar del fútbol, con pretensiones épicas y líricas, entre el grueso de los aficionados y también entre los jugadores sigue vivo el antiintelectualismo, aunque no se atreva a manifestarse abiertamente y de manera decididamente anticultural. 

También es cierto que en algunas ocasiones ha habido profesionales del mundo del fútbol que no de manera hostil, sino con simpatía y condescendencia han sido llamados filósofos. El caso más conocido es el del rapsoda Valdano, como también era llamado el jugador, entrenador y comentarista argentino por el gran comunicador deportivo José María García. Pero Valdano no era un filósofo del fútbol, sino justamente un cantor del fútbol desde el lado de una semicultura literaria. Más cerca de la filosofía del fútbol se hallaba sin duda, con sus genialidades sobre la organización táctica del juego, el pintoresco entrenador Benito Floro. 

En muchas ocasiones, los cultos aficionados, periodistas ligeramente letraheridos más que otra cosa, dados a la teorización o la poetización del fútbol señalan que tales o cuales intelectuales, que en realidad y por lo general suelen ser literatos, son o han sido aficionados al fútbol. Esto es completamente indiferente para decidir y determinar el valor cultural humano de la afición o la práctica del futbol y su significado ideológico. Y además, desde un punto de vista también literario y no argumentativo, fue también un escritor, y no de los menores, Borges, quien más acertadamente se manifestó sobre el balompié, cuando dijo cosas como que el fútbol es popular porque la estupidez es popular. Los aficionados al fútbol no exentos del todo de cierto sentido de la dignidad cultural y no caídos del todo en la desfachatez iletrada, como sí suele ser el caso entre los sectores populares o masas pequeñoburguesas, necesitan recurrir a la coartada de los intelectuales aficionados al fútbol porque saben en el fondo que la afición a este deporte es una estupidez y una plebeyez, y esto es así, se puede intuir como siendo así por cualquier sensibilidad intelectual seria y no sesgada por apegos sentimentales generalmente procedentes de la época infantil de las fijaciones lúdicas, aunque el fútbol le gustara a Vázquez Montalbán, a Javier Marías o al también literato Albert Camus, moralista ampliamente reconocido, y aunque el celebrado poeta Alberti le dedicara un poema al portero Platko, y también aunque el fútbol les gustara a intelectuales de mucho mayor calado.Cuando Heidegger en su curso publicado Introducción a la metafísica, al describir el mundo de la modernidad técnica a punto de consumar la imposición de su imperio planetario destructor de toda verdadera historicidad, habla de “cuando al boxeador se le tenga por el gran hombre de un pueblo”, lo mismo podría haber hablado del futbolista, pero como a él el fútbol le gustaba, porque lo había practicado en el colegio de los jesuitas cercano al lago Constanza donde había estudiado el bachillerato, prefiere hablar del boxeador.

Pero volvamos a Luisito, del que hay que decir que su caso era más especial que otros jugadores de la historia considerados también intelectualesel más conocido de los cuales sería el brasileño Sócrates, que destacaba por su tendencia izquierdista, porque a Luisito le gustaba específicamente la filosofía, no esa problemática nebulosa que solemos llamar “la cultura”, más que el fútbol. La verdad es que a Luisito el fútbol le gustaba bien poco. Era bien conocido que cuando había jornada de la Champion League en la que descansaba el Madrid, no veía ningún partido, sino que seguía con sus lecturas filosóficas y con su música clásica. Luisito era oficiante de una religión de masas que él practicaba no por fe, sino como medio de vida. Toda la obsesión apasionada de la hinchada por el fútbol le era ajena. No veía por ningún lado ni la épica ni la lírica del fútbol de los ya mencionados periodistas pretenciosos y algo pedantescos.

Esta falta de implicación de su gusto personal en su profesión se traducía en que no sentía los colores del Real Madrid. Jugaba al fútbol con desapasionamiento y distanciamiento, sólo porque era lo único que contingentemente sabía hacer bien. Era su único talento natural, lo único que le salía bien. La filosofía sí que le gustaba de verdad, pero en la carrera universitaria no destacaba como estudiante brillante. Iba sacándose los cursos, pero con notas más bien mediocres y sin destacar por su dominio oral o escrito de la materia ni por el orden y pulcritud de su pensamiento. En su relación con la filosofía se manifestaba, más bien, el desorden desu cabeza, igual que en sus desequilibrios conductuales. Luisito estaba lejos de seun filósofo en el sentido clásico de la expresión, en el sentido de ser una persona con predomino de la parte superior racional del alma, dominadora de sus pasiones, cultivadora de la prudencia y la templanza y alejada de los arrebatos irracionales en el comportamiento. Más bien lo que le hacía sentir inclinación a la filosofía era el desordenado hervidero de ideas en su cabeza y el deseo de sublimar intelectualmente su rareza psicológica. No era equilibrio, sino extravagancia lo que le hacía transitar los especiales terrenos de la filosofía.

Es cierto también que en los últimos tiempos ha habido otros jugadores de fútbol que han confesado tener algún problema de salud mental, como Beckham, que dio a conocer que padecía un TOC, y ha habido más casos de jugadores aquejados de depresión, pero en esto el caso de Luisito también era más grave, porque con independencia de que tuviera síntomas de alguna enfermedad mental específica, que lo más seguro era que los tuviera, el problema de nuestro crack era un problema de trastorno general de la personalidad.

No obstante, precisamente su falta de vivacidad personal y, por decirlo claramente, su debilidad psicológica le hacían a Luisito ser sumiso a la órdenes, consignas e indicaciones de sus entrenadores. Tampoco era problemático sobre “el verde”, como les ha dado ahora por decir a los lingüísticamente dinámicos periodistas deportivos. Al igual que en su día Butragueño y que el mismo Messi, fue raramente amonestado. Luisito era de natural pacífico y, a pesar de su desequilibrio psicológico, no dado a la agresividad. Sólo dio muestras de atrabiliario carácter en sus relaciones con los psicólogos del club. Como suele ocurrir en el caso de otros estudiantes de filosofía raritos, Luisito tenía un prejuicio antipsicológico. Consideraba más bien a la Psicología como una seudociencia represora y en cuanto constituida por la llamada psicología científica, la psicología que se enseña fundamentalmente en las Facultades de Psicología, pensaba que era un cúmulo de trivialidades y superficialidades al servicio de la normalización de los individuos. Tuvo Luisito varios problemas con los psicólogos encargados de la orientación y la motivación de los jugadores de su club. A pesar de su carácter timorato, en una ocasión en que el psicólogo pretendía estimular al grupo de jugadores con su charla motivacional presuntamente asentada en principios cognitivos, pero de hecho construida a base de las trivialidades de la autoayuda y el pensamiento positivo, Luisito se indignó y el contestó desafiante al psicólogo de turno:

 

–Todas esas cosas que está usted diciendo son chorradas y pura palabrería.

 

–Este Luisito va por mal camino y aunque sea un crack va a acabar dándole problemas al club– le dijo el psicólogo al presidente del club.

 

La conjunción de carisma barato pero embaucador y de justificaciones teóricas pedantescas en su trivialidad lingüísticamente hinchada que se da en la psicología de más éxito en su influjo sobre personas poco acostumbradas a la verdadera reflexión intelectualmente seria le resultaba a Luisito altamente antipática. Luisito se negaba a entrevistarse individualmente con el psicólogo adscrito a la plantilla y había dejado claro que haría caso omiso de sus indicaciones. El presidente del club, imbuido también de la idea de la rareza de los genios y teniendo también en cuenta lo mucho que el club le debía a Luisito, ordenó que no se le molestara por su comportamiento con el psicólogo y que se hiciera la vista gorda.

A pesar del atrevimiento agresivo que tuvo con el psicólogo, la introversión anormal de Luisito era ante todo manifestación de su falta de carácter, de firmeza moral, y así se había manifestado en toda su trayectoria vital incluso antes de convertirse en futbolista profesional.

Dado su extraño carácter y esa falta de firmeza, es bastante plausible que Luisito se librara de ser acosado en la escuela, ese problema general hoy tan atendido e intervenido por el propio poder institucional escolar, gracias a su éxito en la práctica del deporte.

Procedente de una pequeña burguesía moderadamente culta y dedicada a la docencia, desde los cursos de primaria Luisito había sentido gran interés por las asignaturas de historia y lengua y literatura. Pero como es natural en alumnos tan bien dotados innatamente como él para la habilidad física, Luisito había destacado desde temprano en las clases de educación física y en la práctica del deporte. Los compañeros le respetaban y admiraban por ello, aunque por su difícil psicología permanecían distanciados de él y no había ni que pensar en ninguna empatía comprensiva hacia él por parte de los demás escolares. 

La misma situación se daba cuando Luisito era ya jugador del Madrid en relación con la hinchada y con sus mismos compañeros de equipo. Y así fue Luisito malviviendo psicológicamente y triunfando rotundamente como jugador durante varias temporadas en el Real Madrid, hasta que tomó una decisión que provocó una de las polémicas no estrictamente deportivas que tanto pábulo dan a las discusiones de los aficionados y de los consabidos periodistas, que dicen de ellas que son la salsa del futbol. 

 

                                                               II

 

Cuando a los 23 años, después de tres temporadas siendo el pichichi de la Liga con un número apabullante de goles, Luisito terminó la carrera de Filosofía, tomó una inesperada decisión que causó un revuelo enorme en el mundo futbolístico y que incluso soliviantó e indignó a los hinchas de su equipo. Decidió dejar el Madrid y fichar por el Bayern de Múnich para poder continuar en la Universidad de la capital bávara sus estudios filosóficos de posgrado. Los hinchas lo tomaron como una afrenta y, por supuesto, atribuyeron la decisión a las rarezas y el desequilibrio de Luisito. Volvieron a oírse comentarios populares y periodísticos que volvían al tema de la rareza del genio. Quedó claro para todos que la filosofía interesaba a Luisito más que el Real Madrid y que por la filosofía estaba dispuesto a despreciar a este encopetado club. Hubo incluso controversia entre los aficionados más informados culturalmente sobre si la filosofía, un saber en franca decadencia y que se quedaba muy alejado del esplendor de las ciencias naturales, siendo más bien una “ciencia blanda”, como dijeron algunos, merecía sacrificar la pertenencia a lo que los hinchas del Madrid consideraban el mejor club de Europa y del mundo. 

Su deseo de seguir estudiando filosofía en Alemaniatenía su causa principal en que Luisito tenía una inclinación intelectual germanófila, pero no, como se podría pensar, hacia la filosofía clásica alemana, sino más bien motivada por un interés hacia las corrientes románticas y posrománticas del irracionalismo alemán. En ningún momento esto le condujo, como hubiera prejuzgado el filósofo comunista George Lukács, autor del libro “El asalto a la razón. El irracionalismo alemán de Schelling a Hitler”, a las inmediaciones del fascismo o del nazismo, sino que esta inclinación solo tenía para Luisito un sentido romántico de naturaleza psicológica y cultural vivido en términos individualistas y sin ninguna coloración de colectivismo político reaccionario. El pensamiento de Luisito transitaba por los parajes de una antimodernidadmuy marcada por el rechazo, de origen germánico irracionalista antiilustrado, de la “Zivilisation” en nombre de la “Kultur, el rechazo de los aspectos materiales y materialistas de la sociedad y su progreso, pospuestos a los logros espirituales y relativos ala formación interior de la personalidad que aporta una cultura despreocupada de los avances que producen solo lo útil y lo agradable. Y Luisito sabía y sentía, por la época de su abandono del Real Madrid, que el futbol y los deportes pertenecían a la esfera de la materialista “Zivilisation” y no a la esfera espiritual de la “Kultur”. Esto lo había podido leer confirmado en el texto de combate escrito en la época dela I Guerra Mundial por Werner Sombart Héroes y mercaderes, donde este tema del enfrentamiento entre “Kultur” y “Zivilisation se superpone al enfrentamiento bélico de la Gran Guerra entre alemanes e ingleses. Esta crítica intelectual y hasta espiritual del fútbol hizo aumentar notablemente el desapego de Luisito hacia el deporte que tan bien practicaba y en el que había llegado a ser una estrella. En el opúsculo de Sombart había podido leer Luisito esta alusión al fútbol que no vamos a dejar de citar aquí: según el ideal “animalista” de los utilitaristas, el objetivo más elevado del quehacer humano es la felicidad del mayor número de individuos, y qué es esa felicidad sino “comodidad con respetabilidad: pastel de manzana y servicio religioso dominical, pacificación y fútbol, ganar dinero y disponer de algún tiempo para practicar una afición”.  

Pero que quede claro que Luisito no pensaba que esta tradición irracionalista posromántica del alma alemana con la que él se identificaba, descontenta con la “Zivilisation occidental moderna, progresista e ilustrada tuviera su culminación natural y plena en el nacional-socialismo. Más bien pensaba que este movimiento político había sido un gravísimo y criminal error de los alemanes que había tergiversado y echado a perder un acervo de espiritualidad crítica con la deriva seguida por la Modernidad en Occidente, acervo al que podía dársele un sentido estrictamente cultural apolítico, sin caer en la apuesta por soluciones políticas colectivistas nacionalistas, imperialistas, racistas y propiamente fascistas.

A todo esto se añadía el interés de Luisito por buscar un conocimiento intuitivo, comprensivo, no valorativamente neutral, un conocimiento dirigido a la objetividad estrictamente individual de lo personal, de lo histórico, de las obras culturales (conocimiento ideográfico), como alternativa al conocimiento racional de lo general por leyes constantes (conocimiento nomológico) propio de las ciencias naturales modernas, interés que cuenta con importantes aportaciones en esta tradición del irracionalismo alemán posidealista a la que nos hemos referido.

Estas eran las preocupaciones intelectuales de Luisito en la época en que prefirió dejar el Real Madrid para fichar por el Bayern de Múnich y así poder continuar con sus estudios filosóficos en Alemania, donde tal vez pudiera profundizar en ese legado espiritual alemán que le interesaba, a pesar de que los alemanes no son muy propensos a explorar esa tradición suya por las malditas connotaciones políticas que a ella se adhirieron y por el prejuicio de considera que tal tradición efectivamente tiene que ver con la desgraciada tragedia política del alma alemana. Pero, en cualquier caso, en Alemania Luisito podría perfeccionar su alemán, que había aprendido mal que bien en España, y encontrar tal vez en la Universidad de Múnich algunos cursos sobre esta tradición del irracionalismo alemán posterior a la filosofía clásica alemana, tradición que él conocía precisamente y principalmente por el ya mencionado libro del comunista Lukács El asalto a la razón, en el que, haciendo abstracción de la exagerada insistencia con que su autor acusa a toda esta corriente de pensamiento de ser precursora del nazismo, se pueden encontrar, más allá de la intención polémica del autor, una muy buena introducción al irracionalismo alemán. Sin llegar a la identificación con el fascismo que Lukács considera que es la consecuencia necesaria de esta tendencia de pensamiento, Luisito sentía su espíritu penamente concordante con el anticapitalismo romántico y el ateísmo religioso que en el libro citado se consideran elementos fundamentales de este irracionalismo alemán. 

Pero resulta que al final de su primera temporada en el Bayern, en una entrevista que Luisito concedió excepcionalmente a un medio alemán, se descolgó con la siguiente declaración ofensiva para todos los aficionados al fútbol:

 

“El fútbol es un juego estúpido para deleite de paletos y filisteos”

 

Y a continuación Luisito anunciaba su decisión de dejar el fútbol y toda actividad  deportiva para dedicarse exclusivamente a la filosofía.

Con esta declaración, Luisito no llegaba, ni mucho menos, a la sofisticación crítica antideportiva del filósofo Theodor W. Adorno, quien con su habitual mala uva intelectual, casi siempre críptica, dejó escrito que en el deporte se da una conjunción entre el sometimiento al autoritarismo fascistoide de las normas arbitrarias y una competitividad encarnizada propia del sistema liberal social-darwinista. Tampoco llegaba Luisito al nivel de la bien estilizada y precisa crítica del deporte que Antonio Machado hace en un fragmento de su Juan de Mairena, donde el poeta sevillano, aparte de llamar a los deportes “trabajo estéril” y, como Luisito en su declaración, “juego estúpido”, achaca la expansión del deporte al “americanismo”, que hará que una “ola de ñoñez” inunde a Europa. De igual manera, no llegaba Luisito a enunciar una crítica del deporte como la de los bien trabados razonamientos polémicos contra él que ha prodigado el escritor Rafael Sánchez Ferlosio, de entre los cuales nos parece oportuno espigar la siguiente frase, porque creemos que da en el quid de la cuestión:

 

Con todo, creo que hay otro factor más profundo y relevante para que los estados democráticos fomenten el culto y el cultivo del deporte agónico de masas: su valor pedagógico para la educación moral y para las exigencias de adaptación social que mejor se adecuan al liberalismo y a la economía de mercado”.

 

Pero creemos, eso sí, que con su andanada Luisito igualaba, por lo menos, el nivel del tremebundo escritor católico francés Leon Bloy cuando, en una etapa tan temprana para el deportismo como principios del siglo XX, dijo que creía firmemente que el deporte era  el mejor medio para producir una generación de cretinos dañinos. 

Pero, en todo caso, Luisito no cayó con su declaración sobre el valor del fútbol en la vulgaridad y la ridiculez intelectual de pretender decirles a las masas que en lugar de dedicarse a la afición al fútbol se dediquen a “aprender a pensar” para tomar conciencia política y social, cosa que sí han hecho en algunas ocasiones ingenuos intelectuales o intelectualillos, a los que se les podría recordar jocosamente lo que decía Voltaire: “Cuando el populacho se pone a pensar, estamos perdidos”. Más bien, Luisito pretendió decirles a las masas lo que son para distanciarse de ellas y autoafirmarse de manera individualista frente a ellas, lo cual es una actitud más realista y también más loable, porque viene a alentar la guerra contra las masas por parte de los hombres especiales o, si se quiere, superiores, guerra que el último Nietzsche dijo acertadamente que era necesario provocar.

Pero se le podría objetar a Luisito que no tuvo en cuenta que la gente necesita evasiones, narcóticos, drogas, en definitiva, que no sean letales y que como se diría ahora sean “sostenibles”, para poder evitar la caída en conductas directamente autodestructivas, anómicas y socialmente desviadas y dañinas para la convivencia y el bien común. Esto ha sido expresado magníficamente por el filósofo materialista español Gustavo Bueno (1924-2016), a propósito de los que practican el deporte, en un párrafo de su libro, párrafo que tampoco nos vamos a resistir a citar aquí completo:

 

“El materialismo concluye, sin embargo, que el precio que deben pagar estos nuevos atletas o gimnastas soteriológicos’, es la imbecilización de sus practicantes. Pero a la vez el materialismo tendrá que admitir que no basta con señalar este precio, sino que habrá que reconocer su funcionalismo, y aún su necesidad, siempre que no puedan ofrecerse alternativas evidentes para desviar a millones y millones de ciudadanos de la depresión, de la guerra o de la drogadicción, es decir, para dar un sentido a sus vidas”.

 

Y justo llegados a este momento, el del abandono por parte de Luisito del fútbol para dedicarse plena y exclusivamente a la filosofía, llegamos también al momento en que se escribe esta evocación de su figura, a medio camino entre la narración y el ensayo biográfico (mezcla de géneros que ahora parece ser que se está constituyendo en una pujante tendencia de la literatura). Queda por saber que le deparará el futuro a Luisito como filósofo, una vez que ha renunciado a su triunfante carrera estelar en los terrenos de juego. Nos tememos que pueda ser algo nada bueno, pues ya hemos dicho que como filósofo Luisito dista mucho de estar tan bien dotado de talento como para el fútbol, y menos de genialidad. La filosofía académica se ha convertido hoy en un mero deporte intelectual, pero que, a diferencia de lo que pasa en el fútbol y en todos los demás deportes de masas, los únicos espectadores que tiene son los mismos que lo practican, y no creemos que Luisito pueda llegar muy lejos en este deporte “mental”. Pensamos más bien que Luisito ha cometido un grave error colgando las botas para dedicarse con exclusividad a “lo intelectual”. Incluso auguramos que la impotencia que Luisito puede sentir en esta nueva empresa suya le puede llevar por mal camino y, que libre de toda disciplina deportiva física, como persona dada a desequilibrios, que se manifiestan tanto en su comportamiento como en sus inclinaciones intelectuales problemáticas, esas inclinaciones al irracionalismo de las que ya hemos hablado, puede ir al abismo. No sería de extrañar que su afición al alcohol, hasta ahora contenida por las exigencias de su rendimiento deportivo, se convierta para él en un vicio asiduo y, como el mítico jugador Garrincha, caiga directamente en el alcoholismo puro y duro. 

En todo caso, el fútbol ha perdido una estrella que ahora pretende brillar en el cielo de la filosofía, que debería ser de una pureza racional inteligible para la que Luisito no está hecho.