Mi actual ecuación ideológica personal puede ser enunciada sumariamente de la siguiente manera:
Racionalismo moderno-ilustrado en todas las actitudes propias con trascendencia pública e irracionalismo cultural privado.
Este enunciado podría desarrollarse así:
-Apoyar una política de inspiración liberal en sus principios pero con correcciones y limitaciones solidarias.
-Mantener una ética personal universalista basada en el respeto al deber de trato justo igualitario en relación a todo ser humano.
-Defender y adoptar en tanto sujeto social unas creencias básicas y un modo de vida básico cimentados en la aceptación de la ciencia, su método con sus principios de crítica, lógica y evidencia y sus resultados útiles.
-Pero en el ámbito de la cultura personal privada dejar un espacio para la configuración de una identidad idiosincrática con elementos irracionalistas, espiritualistas, vitalistas, románticos y de origen premoderno; un espacio cultural para la búsqueda de la vida buena personal recurriendo a elementos teóricos cosmovisionales no modernos, ni liberales, ni universalistas, ni científicos.
Estos elementos culturales privados podrán ser aplicados a las “relaciones psicológicas”, pero siempre respetando los estrictos límites marcados por la ética universalista del deber válido igualitariamente en relación a todo ser humano.
viernes, 15 de febrero de 2013
martes, 12 de febrero de 2013
TRABAJO SOBRE "CONOCIMIENTO E INTERÉS" DE HABERMAS (CUARTA PARTE-CONCLUSIÓN)
Habermas supone una concepción del conocimiento como
síntesis no suficientemente explicitada. Tendría que haber defendido esa
concepción contra la objetivista que representa el positivismo de una manera
más completa. Esto le debería haber llevado a hacer un mayor uso de Kant, en lugar
de lanzarse a intentar combinar esa concepción con la necesidad de llevar a
cabo un movimiento autorreflexivo de profundización en el sujeto.
Habermas es muy consciente de la
distancia que debe marcar entre su planteamiento gnoseológico, basado en una
nueva concepción de las condiciones subjetivas aprióricas, y el simple y
relativista subjetivismo. Habermas sabe que tiene que dejar muy claro que el
interés vital, que él convierte en concepto central de su gnoseología, no puede
ser entendido de ninguna manera en términos psicológicos. Se trata de un
interés con asiento en el contexto vital, pero que a la vez es comprendido
desde sendas categorías kantiana y fichteana de interés puro de la razón
práctica y de razón pura interesada. Es la incapacidad del positivismo para
comprender factores como el del interés de una manera que no sea psicológica,
en una dimensión trascendental, lo que le obliga a concebirlos como irrelevantes
a la teoría del conocimiento, que en sus manos acaba por disolverse irremediablemente,
pues la teoría del conocimiento deja totalmente de tener sentido si se parte
del error fundamental de no ver que el contenido objetivo de la ciencia o es “lo dado”, sino que entraña un proceso
constitutivo cuya captación nos saca automáticamente de la idea de ciencia como
algo primario, incuestionable y sin base en el sentido humano, léase
intersubjetivo, que el sujeto en comunidad da a su mundo cultural al fundarlo y
habitarlo.
Pero,
¿tiene la suficiente viabilidad filosófica intentar trasplantar una
problemática trascendental fuera del terreno lógico-trascendental a otro en el
que se inscribe lo empírico y contingente? Ésta, creemos, es la gran dificultad
del trabajo de Habermas, de la que él es
consciente y cuya solución no hace sino buscar a lo largo de todo el libro.
lunes, 21 de enero de 2013
TRABAJO SOBRE "CONOCIMIENTO E INTERÉS" DE HABERMAS (TERCERA PARTE)
(Trabajo realizado hacia la segunda mitad de los años 90)
En Comte la teoría del conocimiento para ser eliminada
necesita ser sustituida por una forma vicaria e ideológica de filosofía de la
historia, la famosa teoría de los tres estadios. Ni que decir tiene que Comte
está completamente preso del objetivismo; posteriormente se mostrará cómo
Peirce y Dilthey recaen en él. Peirce al concebir como dato, en sentido
pragmatista, no positivista, el “espíritu”, cerrando así el paso a su
comprensión desde la intersubjetividad hermenéuticamente funcionante. Dilthey
al preferir el atajo de la “Einfühlung” (empatía) para llegar a las objetivaciones
del espíritu, obviando así su constitución en la esfera de la
intersubjetividad.
Habermas
intenta convencer al lector de que la opción por ese objetivismo, que desde
luego no es tematizada como tal por Comte, entraña mayores costes, desde el
punto de vista de la “filosofía” que se intenta superar, que la disolución del
mismo en términos gnoseológicos que él pretende. No es lo más grave el recurso a la citada
teoría historicista. Habermas mostrará que si no se profundiza en los
presupuestos de la objetividad hasta el punto que él considera necesario, se
producirá una recaída en una u otra forma de “ontologismo”. Hasta en Peirce
acechará ese peligro con su curiosa puesta al día del realismo de los
universales. En el caso de Comte, se hace necesario que tras él Mach dilucide
la cuestión de cuál sea la positividad de los hechos mediante una ontología de
lo fáctico. Habermas deja claro que todo el empeño de Mach en concebir “lo dado”
como conjunto d elementos primarios que se organizan desde sí mismos,
objetivamente, sin necesidad de un sujeto independiente constructor de su
sentido, y que pueden indistintamente considerarse en conexión física o
psíquica, viene motivado por su deseo de no dejar lugar para ningún
planteamiento gnoseológico donde la objetivación de la realidad para el
conocimiento se produzca desde un sistema de referencia previo.
En la
obra de Peirce se produce una operación de importancia crucial para los
intereses teóricos de Habermas: la conexión entre el concepto de verdad y la
esfera de la vida. Pero ésta es reducida aquí, de forma pragmatista, a entramado
de acciones instrumentales, ignorándose por tanto el papel que en ella juega la
acción comunicativa. Desde el punto de vista metametodológico, Peirce es la
pieza fundamental para Habermas, pues pone en conexión el concepto de interés
con la lógica concreta de la investigación. A Habermas no le vale el salto que
fuera de la esfera lógica da Marx en su instrumentalismo. Pero Peirce le falla
en tanto la mencionada conexión no lleva al proceso de formación de la
subjetividad en un medio histórico-hermenéutico. Por ello Peirce necesitará ser
complementado con Dilthey.
Habermas
muestra a propósito de Peirce cómo tanto la lógica del lenguaje como la simple
lógica de la investigación, entendida como catálogo de posibles recursos
silogísticos, son insuficientes de cara al asentamiento de la validez del conocimiento.
Para ello es necesario recurrir al campo metalógico de la esfera funcional de
la acción instrumental.
Es la
propia lógica de la investigación la que nos remite directamente a esa esfera
de la acción instrumental, pues la experimentación en que se incardina lo
propiamente lógico es concebida como una concreción programática de la misma.
Pero surge aquí el problema de que el recurso a la lógica de la investigación
como vía de fundamentación sólo sirve de solución si es aceptado el presupuesto
fundamental de que el proceso de investigación
ha sido y continuará siendo un proceso de aprendizaje. Si tal proceso de
aprendizaje es lo que subyace a la posibilidad de confiar en el éxito de la
investigación, entonces tras ella se encuentra el campo de una comunidad de
investigadores cuya constitución y cuyo funcionamiento sólo pueden ser accesibles en los términos de
un acercamiento hermenéutico del que Peirce se mantiene alejado.
Dilthey
ofrece un instrumental conceptual hermenéutico que resulta preciosa a Habermas
como alternativa al sentido fenomenológico-especulativo en que Hegel desarrolla
su ahondamiento en la subjetividad de la que ingenuamente parte la teoría del
conocimiento. Gracias a Dilthey el ahondamiento autorreflexivo en la
subjetividad puede quedar situado en el adecuado contexto formal-metodológico
al margen de todo contenido especulativo hegeliano, encontrando así su camino
como radicalización y no como autosupresión de la teoría del conocimiento, al
contrario de lo que sucede en Hegel, pues desde la orientación metodológica de
Dilthey no es necesario que el proceso de formación se doble en tránsito hacia
el saber absoluto. En el citado camino de ahondamiento al hilo de Dilthey aparecerá
inevitablemente la intersubjetividad.
En
Dilthey el trasfondo de toda subjetividad, también cuando se erige en sujeto de
conocimiento objetivo, es la constante labor de interpretación de sus
objetivaciones en las que se ve envuelto el espíritu. Precondición de esa
actividad del espíritu es que éste aparezca como fragmentado en forma de
sujetos que se identifican de forma particular a partir de un contexto
histórico común.
De
todas formas, tampoco Dilthey llegará a comprender el alcance y la importancia
de la intersubjetividad. Habermas se ve obligado a intentar alumbrar el aspecto
lógico-metodológico de la contribución de Dilthey desde su teoría de la
interacción comunicativa entre sujetos. La mediación que debe producirse, como
en toda ciencia, dentro de la hermenéutica diltheana entre lo particular y lo
universal es resuelta según el modelo de la mutua implicación entre
autoidentificación y pertenencia a un grupo culturalmente configurado que se
produce por vía de la comunicatividad entre sujetos individuales enzarzados en
el mutuo reconocimiento. Pero Habermas tiene que rechazar la concepción de la
verdad como copia a la que sucumbe
Dilthey con su no completo abandono de la “Einfühlung” (empatía),
elemento romántico de su hermenéutica que interferirá en toda su obra.
Pero si
aceptamos el planteamiento de Habermas, ¿qué diferencia hay entre la
comprensión cotidiana y la que tiene una pretensión teórica de conocimiento en
las “ciencias del espíritu”? Puede darse el peligro de una reducción de la
ciencia a mera reflexión autoclarificadora como la que puede surgir en una
conversación cotidiana en la que surgen dificultades de comprensión. Las
amenazas para la teoría envueltas en la insistencia en la base vital del
conocimiento pueden alcanzar no sólo a las ciencias naturales sino también a
las otras. Más si cabe a éstas, pues Habermas pretende que su contenido no surge
a partir de una variación del contexto vital, como muy heideggerianamente
Habermas comprende el papel fundante del
interés técnico, sino que en ellas el entrelazamiento, la mutua imbricación
entre estructuras de la cotidianidad comunicativa, con su experiencia
individual correlativa no mermada, y estructuras de la objetividad científica
es total.
Pero en
cualquier caso, mediante Dilthey comprendemos cómo gracias a la trabazón
hermenéutica de la intersubjetividad conformada en un contexto vital “puede la
realidad aparecer como algo”. En las “ciencias
del espíritu” es explicitada esa relación hermenéutica inscrita en el lenguaje
cotidiano que posibilita la existencia de una comunidad de investigadores
enfrentados a la realidad, pero es igualmente presupuesto tácitamente por el
proceso de investigación en las ciencias de la naturaleza. Es el interés práctico
del conocimiento el que permite el acceso al estrato de las condiciones “aprióricas”
de toda objetividad posible; es decir, dicho interés está dotado de una reflexividad
de que carece el interés técnico. La comprensión hermenéutica no es por tanto
sólo la base de uno de los tipos de conocimiento posible, sino el trasfondo
presupuesto por todo conocimiento y a la vez la vía de acceso a su verdadero
sentido, enraizado y sólo alcanzable en el contexto vital, en el que la relación
hermenéutica toma forma. Habermas afirma en varios lugares de Conocimiento e Interés que la
disposición al éxito de la acción instrumental, que corresponde a la esfera del
conocimiento científico-natural, procede de una modificación por reducción del
ámbito previo y omnicomprensivo de una comunicatividad cotidiana en la que
están ya inscritos los fundamentos metodológicos del saber hermenéutico de las “ciencias del espíritu”, a las que
corresponde por tanto, o por mediación de las cuales es posible, remontarse
hasta él. Para el positivismo se habría visto imposibilitado tal acceso al
tomar él como modelo a las ciencias de la naturaleza y haberse centrado
exclusivamente en ellas a la hora de desarrollar su análisis metodológico. De
esta manera era imposible para tal positivismo abrirse camino fuera del
objetivismo que Habermas tanto le reprocha. Para hacer más justicia al positivismo
y en cierta medida disculpar sus errores, Habermas tendría que haber comprendido
el objetivismo más que como una errada interpretación de la ciencias en general
como resultado del propio proceder técnico
de las ciencias de la naturaleza,
incluso como condición de su efectividad instrumental, prerrequisito trascendental
de la propia actividad de investigación.
Recordemos
que Habermas afirma que las ciencias hermenéuticas no presuponen un punto de
vista trascendental distinto al de las ciencias empírico-analíticas, sino que
más bien se mueven dentro del propio nivel trascendental tematizándolo. El interés
vitalmente enraizado, lo que quiere decir hermenéuticamente, sólo se hace
accesible a través de las ciencias humanas, que se sitúan en el mismo nivel de
la configuración trascendental intersubjetiva del mundo de la vida.
viernes, 18 de enero de 2013
TRABAJO SOBRE "CONOCIMIENTO E INTERÉS" DE HABERMAS (SEGUNDA PARTE)
(Trabajo realizado hacia la segunda mitad de los años 90)
Hegel determina el concepto de proceso de formación que
sigue siendo central en el desarrollo habermasiano. En Hegel ese proceso de formación, al ir acompañado de
la afirmación de un saber absoluto, es desligado de toda problemática
gnoseológica. En Marx se cercena su carácter intersubjetivo-intercomunicativo y
en su instrumentalismo no queda explicitada metodológicamente la conexión entre
proceso de formación y proceso de progreso en el conocimiento como creciente
dominio técnico sobre la naturaleza. Mostrar cómo se articula en la propia
lógica de la investigación la actitud instrumental será tarea de Peirce. El
recurso a Dilthey se hará necesario para mostrar que el regreso al nivel donde
esa actitud instrumental queda configurada como interés que funciona
hermenéuticamente sólo es posible en el medio autorreflexivo de las ciencias
humanas.
Pero
ante todo, en lugar de sustituir la teoría del conocimiento por la
autorreflexión, como acaba haciendo Hegel, Habermas se dispone a desarrollar la
teoría del conocimiento como autorreflexión.
La
autorreflexión tiene carácter gnoseológico al mismo tiempo que es crítica de la
falsa conciencia, al modo de la superación de toda “positividad” surgida en el
proceso de desarrollo del sujeto en la Fenomenología
del Espíritu.Es crítica en primer lugar de la falsa conciencia epistemológica
del objetivismo positivista.
Pero en
este punto puede surgir legítimamente la duda de si la fusión que Habermas
realiza entre la problemática del proceso de formación, donde el concepto de
superación de la ideología es clave, y la problemática gnoseológica queda
suficientemente clara y es suficientemente viable. Es decir, en Habermas
asistimos a una confusión, buscada a propósito por él, entre lo que en Kant
había quedado cuidadosamente separado: razón teórica y razón práctica.
En la
confrontación con Marx, Habermas parte del empeño en mostrar que la categoría
marxiana de trabajo es más que una categoría antropológica: tiene alcance
gnoseológico. Asistimos a un intento de kantianizar a Marx: su categoría
central de trabajo puede ser ofrecida como versión materialista de la síntesis que
la filosofía idealista ha descubierto como secreto del conocimiento.
Marx
tiene una gran importancia para Haberrmas desde el momento en que rebasa el
contexto lógico hacia el contexto vital como sistema del trabajo social. Pero
falta en Marx la mediación metodológica. Además si Hegel abandona la teoría del
concoimiento tras su metacrítica la derivar hacia un concepto de saber
absoluto, Marx se aleja de ella al concebir el trabajo como autoposición de la
especie, en un sentido al parecer inspirado en Fichte.
Al ser
traducido a términos materialistas Fichte, en el no-yo( que es puesto al autoponerse
el yo) queda siempre un resto de naturaleza externa e independiente que vendría
a significar la cosa-en-sí kantiana que en Fichte era eliminada del todo, pero
que ahora no podría ser enteramente absorbida por una actividad regida por la
ley del sujeto (ley ética en Fichte), sino sólo si el sujeto obedece a leyes
naturales objetivas, que en última instancia regirían el proceso de emancipación
humana.
Suena a
exageración la afirmación de que en Marx la crítica de la economía política
ocupa el lugar de la “crítica de la lógica formal en el idealismo”. No es de
extrañar que desde este punto de vista Habermas se sorprenda de la
autointerpretación cientificista de Marx en El
Capital, según la cual la economía, verdadera y única ciencia del hombre,
sería la “ciencia natural” del hombre, cuando el lugar que le corresponde es
nada menos que el de reflejar los cambios estructurales de carácter histórico
de las condiciones trascendentales a las que se encuentra sometida toda ciencia
natural. El lugar de la economía no puede por tanto estar al mismo nivel que
las ciencias naturales que quedan constituidas a su través. Al igual que Kant
llega a sus categorías constitutivas a partir de las síntesis que quedan
condensadas en las formas de la lógica clásica, Marx a partir de los resultados
de la economía clásica llegaría a la real y concreta categoría constitutiva, el
trabajo humano como proceso histórico de producción social. Quedaría “humanizado”
lo que en la filosofía trascendental anterior quedaba como abstracción
conciencialista.
Pero
cabría efectivamente preguntarse si Habermas no se apresura demasiado al
caracterizar el concepto marxiano de trabajo, actividad objetiva, como “realización
trascendental” en tanto que “construye mundo”. En principio, Marx al ponerlo en
relación con la categoría hegeliana de mediación de la esencia humana real se
sitúa al margen o por encima de la problemática trascendental. Habermas parece
percatarse de ello, pero desvía los efectos de las incompatibilidades que ello
pueda producir a los intentos de fenomenologizar el marxismo hechos desde la
herencia del último Husserl, en lugar de replantearse la viabilidad de su
gnoseologización de Marx. Aquí percibimos una vez más a lo largo del libro el
cuidado especial que Habermas tiene que poner en deslindar su proyecto de
planteamientos muy próximos al suyo pero a los que él no quiere sucumbir. En
concreto, se trata de separar su reflexión metametodológica de la colonización
fenomenológica del llamado mundo de la vida como un mundo de invariantes
filosóficas últimas. Habermas parece estar bastante curado de todo “apriorismo”
fenomenológico y en lugar de recurrir a la fusión entre él y la historicidad,
lo que hace es abrirse camino hacia el contexto vital socialmente configurado
por entre el metodologismo positivista inmanentemente desbordado.
Pero
aunque Habermas evite lo que él llama el malentendido lógico-trascendental a
propósito de Marx, ¿está realmente justificado que en su remontarse hacia el
contexto vital siguiendo un hilo conductor que no le desmarque de un planteamiento
gnoseológico articulable con la metodología de la investigación, está realmente
justificado, preguntamos, decir con esta maniobra que el materialismo histórico
descubre de “igual manera” el proceso real de la vida y las “condiciones trascendentales
de la constitución de los mundos de la vida”? ¿Tiene algún sentido hablar de
trascendentalidad en sentido materialista? ¿No abocaría el entender
trascendentalmente la categoría de proceso social de trabajo a erigirla en “fundamento
para la construcción de las estructuras invariantes del sentido de mundos
sociales de la vida posibles”, interpretación de la que como decimos Habermas
se ha desmarcado cuidadosamente?
Como el
propio Habermas reconoce, a Marx el mismo concepto gnoseológico trascendental de
síntesis, que Habermas insiste en ver inscrito materialistamente en su
concepción del trabajo, le habría resultado sospechoso. Puede incluso surgir la
duda de si es permisible y tiene algún sentido sacar la categoría de síntesis del
marco de la filosofía de la conciencia n o intersubjetivamente mediada sino
todo lo contrario. Pero en todo ello se juega un punto esencial del proyecto habermasiano:
su pretensión de llegar conceptualmente a un proceso de formación de la
subjetividad que se realiza “al mismo tiempo” de un modo trascendental y
empírico, y en un marco distinto del de la filosofía de la conciencia, que
tampoco va a ser el economicista e instrumentalista propuesto por Marx. Como es
sabido, la necesidad de corregir y completar a Marx desde el punto de vista de
una intersubjetividad que desborda el marco de la acción instrumental como
secreto y motor del desarrollo humano va a convertirse en uno de los “leiv-motivs”
de toda la obra habermasiana.
Pero
partiendo de la propia concreción sociológico-materialista del proceso de
formación que Marx lleva a cabo es posible quedar a salvo de ese reduccionismo
que sólo estaría motivado por una incorrecta autointerpretación del significado
filosófico de ese proceso de formación. Para ello es necesario comprender a
Marx desde una determinada filosofía que no sea la que él deja ir implícitamente
en El Capital, la que interpreta el
proceso de formación como proceso objetivo, como simple desarrollo de la “naturaleza
productiva” del hombre que va causando un continuo avance en el desarrollo de las
fuerzas productivas, que a su vez, según la conocida fórmula, acabaría por
imponer, al margen de la autorreflexión del sujeto en el plano ideológico, el
progreso social, como realización de la constitución histórica del sujeto
humano plenamente autónomo.
Para la
recta comprensión filosófica de Marx no es suficiente con la kantianización que
extrae d eél todo su potencial gnoseológico.
lunes, 14 de enero de 2013
TRABAJO SOBRE "CONOCIMIENTO E INTERÉS" DE HABERMAS (PRIMERA PARTE)
(Trabajo realizado hacia la segunda mitad de los años 90)
El proyecto desarrollado por Habermas en Conocimiento e Interés consiste en el
planteamiento consiste en una reconstrucción de la teoría del conocimiento que
salve el reduccionismo metodológico-cientificista a que ha conducido el
positivismo, responsable del
ocultamiento del auténtico y esencial sentido, sólo filosóficamente
desentrañable, del conocimiento, que éste inexcusablemente posee en tanto que
proyecto y empresa racionales mantenidos por el hombre occidental durante un
prolongado intervalo temporal de búsqueda de la verdad. Ese sentido es poseído
por el conocimiento en tanto que ciencia europea. Ésta no puede ser abstraída
del proceso formativo de la humanidad en su conjunto, entendido como el
constante avance en una maduración racional de fines emancipatorios, cualquiera
que sea el sentido, seguramente político-trascendental, en que sea entendido
este carácter. Se trata , pues, de indagar en el sentido racional de la
ciencia, evitando una interpretación del conocimiento en ella plasmado hecha
desde el estrecho marco de la epistemología positivista, que toma como modelo
para todo conocimiento efectivo las ciencias naturales presentadas desde una
óptica metodológico-proposicionalista que las reduce a máquina imparable de
obtención de verdaes que se limitan a reflejar hechos considerados como datos
últimos (objetivismo).
Por
tanto el Habermas de Conocimiento e
Interés se nos aparece como heredero directo del Husserl de La Crisis de la Ciencias europeas . Se
trata de salvar el sentido d ela ciencia como proyecto racional. Para ello es
necesario ver en ella una plasmación del conocimiento que no reduzca el alcance
de éste en el sentido positivista. Somos invitados a pasar de la metodología de
la ciencia natural a dilucidación del trasfondo filosófico del conocimiento,
trasfondo que es el único garante, como ya ha quedado sentado desde Kant, de su
posibilidad, su validez y, ahora también, de su papel directriz en el proceso
de crecimiento racional de la humanidad. Para llevar a cabo esta empresa,
Habermas también se nos descubre como continuador de una amplia y conocida
tradición alemana. Pero lo que en ella podía aparecer como una simple
matización metodológica tendrá ahora ciertamente un mayor alcance: no se trata
de responder a la unilateralidad positivista estableciendo un dualismo de
métodos, ambos situados en el mismo plano de legitimidad al servir a sendos intereses igualmente
necesarios para el sujeto, pero totalmente opuestos en cuanto a su sentido;
pues Habermas perseguirá remontarse hasta una esfera metametodológica de ese
mismo interés que se convierte en condición de posibilidad de todo conocimiento
en general. En Habermas antes de la diversidad de intereses está la unidad del
sentido hermenéutico de todo interés, que lo convierte en categoría
sociológica, al ser únicamente situable y comprensible en el marco del
desarrollo autoconstitutivo de la especie humana como comunidad construida, en
su progreso, mediante constante interacción simbólica. Vamos por tanto en
Habermas hacia lo hermenéutico como condición de posibilidad de toda
investigación posible. La combatida reducción positivista del conocimiento a
conocimiento científico-natural es
enfrentada a una elevación a categoría trascendental del conocimiento comprensivo entre sujetos,
cuya constitución como comunidad de investigadores es una posibilidad más de su
permanente diálogo autoconstitutivo.
El trayecto a seguir por la empresa habermasiana es por
tanto claro: salida del proposicionalismo positivista a través de la
hermenéutica en dirección hacia lo trascendental. Pero hay que tener algo
presente: Habermas mantendrá siempre su proyecto dentro del marco estricto de
una profundización en la lógica de la investigación explicitada como crítica
del sentido que el propio positivismo no puede obviar. Expresamente se anuncia
la intención de desarrollar una crítica inmanente del positivismo.
Más
allá de Kant, Habermas en Conocimiento e
Interés no se limita a desarrollar una teoría del conocimiento, sino que
intenta hacerse cuestión de su posibilidad y su necesidad. Estamos pues en la
“metacrítica” de la teoría del conocimiento. No cabría entender esta obra como
una simple restauración de la teoría del conocimiento que ataja su disolución
positivista. Habermas es consciente de que no es posible la simple vuelta a
Kant. Cree sin embargo que sí es posible volver a situarse en el nivel alcanzado
por Hegel al profundizar y concretar la subjetividad, si la problemática
metodológica del positivismo es tomada en serio contra él mismo.
Habermas,
tras Hegel, está decididamente situado en un plano metacrítico, donde, más allá
de Kant, no se pretende simplemente plantear la cuestión de la teoría del
conocimiento, sino que ésta se haga cuestión de sí misma. Podemos decir que en
lugar de la validez y posibilidad del conocimiento, es la validez y posibilidad
de su propia crítica lo que se discute. A diferencia de la de Adorno en su metacrítica vía
Husserl, la respuesta de Habermas afirma la necesidad de mantener la crítica
del conocimiento como única forma d ehacer frente al peligro positivista. Pero
ahora debe ser desarrollada por otros medios, los que proporciona el modelo
intersubjetivo, que es presentado como la gran novedad filosófica que supone un giro radical frente a la
anterior tradición conciencialista. En Conocimiento
e Interés la perspectiva lógico-trascendental clásica, entendiéndose por
tal la que retorna a una conciencia fundante a partir del resultado de sus
funciones de síntesis, es sustituida por
el nuevo enfoque. La obra está encaminada a mostrar el contenido que la
intersubjetividad posee en orden a la refundación de la teoría del conocimiento.
Pero
para ello el método elegido es el propio método histórico-hermenéutico de
diálogo con una serie de autores de la tradición que Habermas cree que puede
conducirle a donde él quiere llegar. Ése va a ser su “hilo conductor”. Ahora bien,
la problematicidad de tal método es significativa, pues de sus buenos
resultados sólo se podría esperar que quedara conseguida la necesidad y
viabilidad de la reconstrucción deseada, no sus contenidos. Habermas tendría
que haber entrado directamente a desarrollar las estructuras que hacen de la
intersubjetividad el trasfondo de todo conocimiento posible, estableciendo un
concepto de verdad alternativo al que la sitúa en la relación entre sujeto y
objeto. En cualquier caso, Habermas con lo que hace en Conocimiento e Interés no puede pretender para su nueva teoría del
conocimiento el mismo grado de validez filosófica alcanzado por Kant con su
método propiamente trascendental. Es ésta una inconsecuencia importante en la
obra: cómo Habermas pretende establecer un fundamento trascendental del
conocimiento a través de un método que no es trascendental sino que trascurre
por derroteros hermenéuticos. No cabría sentar lo hermenéutico como nivel
filosófico primordial hermenéuticamente. Sería en la obra posterior de Habermas
donde habría quedado desarrollado aquello a lo que simplemente se apunta en Conocimiento e Interés .No obstante es
conocida la afición de Habermas, ampliamente desarrollada en su obra posterior,
a exponer siempre sus ideas buscando el apoyo y a la vez la distancia oportuna
en relación con autores insertos en distintas tradiciones, de todas las cuales
se intenta mostrar que confluyen en la exigencia de encontrar una salida a sus
insuficiencias y aporías internas en la solución dialógica. Nuestra duda es si
el propósito de Conocimiento e Interéspuede
ser satisfecho con tal procedimiento.
Habermas
pretende dar cabida dentro de la teoría del conocimiento, y configurar en torno
a ello su contenido, a lo sociológico-empírico, pero no precisamente a lo
lógico-empírico bajo la forma de nivel básico no rebasable de datos
proposicionalmente enunciables, lo cual provocaría la temida degradación de
dicha teoría del conocimiento en mera metodología cientificista de la ciencia.
Cientificista
en un triple plano: primero, porque hay una reducción de todo posible saber al
conseguido según el modelo del conocimiento científico-natural; segundo, porque
produce una estricta separación entre la esfera vital, con su diversidad de
intereses, y el conocimiento; y tercero, porque concibe el conocimiento como
reflejo de hechos previos e independientes que la ciencia capta al margen de
cualquier trasfondo de constitución subjetiva. La lucha de Habermas contra
estas tres vertientes del reduccionismo positivista va a girar en torno al
desenmascaramiento del carácter errado y la inviabilidad de la tercera
vertiente. Inviabilidad porque el ocultamiento de la dimensión subjetiva
supuesta en todo acto de conocimiento obliga al positivismo, como se muestra en
Comte y Mach, a una recaída implícita pero total en el lenguaje metafísico cuya
superación es prioritaria y obsesiva para él. El ahondamiento en las
condiciones subjetivas será el movimiento que permita, además de dar con la
conexión con la esfera de la actividad vital movida por intereses, descubrir la
posibilidad y la necesidad, impuestas por ese contexto vital, de un tipo de
conocimiento distinto del científico-natural, que además de ser, por
descontado, tan legítimo como él, se sitúa en una dimensión que permite ese
ahondamiento, por lo que es inseparable de él. Aquí se produce un cortocircuito
problemático e interesante: la propia ciencia del hombre viene envuelta en la
autorreflexión que debería fundarla. Al igual que en la Fenomenología del
Espíritu, la labor que debería despejar el camino hacia la ciencia es ella
misma ya ciencia. Y al igual que Kant da por válido de antemano un concepto
normativo de ciencia sacado de las ciencias físico-matemáticas de su época,
Habermas parte de la relevancia gnoseológica de unas ciencias hermenéuticas, al
margen de las cuales no puede ser pensada su concepción de la intersubjetividad
fundante. Como también ocurre que de la misma manera que Kant parte, según nos
dice Habermas, de la seguridad de la autoconciencia que resulta como ya siempre
dada de antemano (aunque su unidad trascendental sólo pueda ser captada en la
propia efectividad de la representación), él da por sentada una
intersubjetividad anterior a toda objetivación (aunque sus estructuras
concretas sólo puedan desentrañarse en la dilucidación metametodológica de la
actividad científica) que sólo puede mantenerse desde una determinada
concepción, la hermenéutica, de las ciencias humanas, concepción no
problematizada en principio.
No
parece posible que, dado el planteamiento de Habermas de “embrollar” a las
ciencias humanas con la problemática fundante en la que él insiste, éstas
puedan poseer el grado necesario de ingenuidad “objetivista” que en las
ciencias naturales parece condición de la firmeza de sus logros “positivos”.
lunes, 7 de enero de 2013
LISTA DE AUTORES QUE PRETENDE SERVIR DE SUGERENCIA PARA EVITAR LA PSEUDOCULTURA
Voy a poner aquí mi lista favorita de autores que considero representantes de una pseudocultura que es mejor evitar para no caer en el horterismo cultural. Espero que no se entienda esta lista como una muestra de elitismo intelectual o como la expresión de un deseo de ofender a quien pueda sentir interés por alguno de los autores citados. No es tampoco un intento de hacer pedagogía o de convertirme en salvador de despistados culturales. Sólo intento expresar unas valoraciones que uno tiene ganas de hacer ante lo que se ve cada día en lo que respecta a lo que le gusta a la gente. Creo que es humana, y éticamente correcta, la pretensión de desenmascarar lo que uno cree que engaña a la gente. Si alguien no está de acuerdo con mi lista o piensa que me baso en prejuicios, que me lo diga y lo discutiremos.
Voy a dividir esta lista en cuatro apartados: el psicológico, el filosófico, el literario y el científico (o, mejor dicho, el relativo a la divulgación científica). Faltaría un apartado dedicado a la historiografía, pero como ahí entraríamos en discusiones de baja política y ahora no tengo ganas de ello, prescindo de este apartado que habría que dedicar a algunos historiadores.
1. Apartado psicológico
-El psiquiatra conservador Enrique Rojas y el psiquiatra progresista Luis Rojas Marcos, maestros, tanto uno como otro y a pesar de sus diferencias ideológicas superficiales, de la trivialidad psicológica y de la ideología de la felicidad adaptativa y reductora del individuo a su funcionalidad social normalizada. Sobre Enrique Rojas recomiendo la crítica de una de sus obras (precisamente la dedicada a la felicidad) que hace Gustavo Bueno en la pgs. 18-19 de su libro “El mito de la felicidad”, libro éste de Gustavo Bueno que creo que se puede encontrar gratuitamente on-line.
-El también (creo) psiquiatra Claudio Naranjo, portavoz de las naderías y las monsergas pseudopersonalistas (o simplemente personalistas pero de bajo nivel) de una psicología llamada trans-personal o gestáltica o algo así. Hace poco leí una entrevista con este señor en una revista de esas esotéricas (también de gran nivel intelectual) donde defendía unas ideas pedagógicas de libertarismo bien-pensante y a la vez radical que creo que ya han hecho suficiente daño al sistema educativo como para que alguien se atreva a defenderlas todavía.
-En este apartado ni que decir tiene que incluyo a autores de la calaña de Paul Coelho o Jorge Bucay, auténticos farsantes del “trascendentalismo” psicológico.
2. Apartado filosófico
-Me voy a arriesgar a decir que tengo serias dudas, con ciertas salvedades, sobre el valor filosófico de la obra de María Zambrano, cuya “razón poética” me huele (sólo me huele, porque no la he leído a fondo, a pesar de que lo he intentado) a sensiblería filosófica.
-Otro caso es el de José Antonio Marina. Este autor parte de lo que parece un buen aprovechamiento de su formación académica, y sospecho que en sus primeras obras sobre el ingenio y la inteligencia podrían encontrarse algunas ideas interesantes, pero ha terminado convirtiéndose en un sermonero y autor de libros de autoayuda filosófica, y además últimamente, no sé si por interés material o por ilusión pedagógica, promueve proyectos absolutamente inútiles de pedagogía social como una “escuela de padres” o algo así. A Marina habría que recordarle lo que dijo Hegel: la filosofía ha de guardarse de ser edificante. Y en todo caso, la obra de este autor muestra lo problemática que es la orientación psicológica de la filosofía.
-Un caso que se podría comparar al de Marina es el de Erich Fromm, que comenzó con un freudomarxismo incluido en el proyecto crítico de la Escuela de Frankfurt (aunque el alcance filosófico y crítico-sociológico de esta Escuela va mucho más allá de lo que es estrictamente el freudomarxismo), pero que terminó convertido también en sermonero, que es como expresamente le llamó Marcuse, con su ideología amorosa ocasionada por la renuncia a la radicalidad de la teoría de los instintos de Freud y su sustitución por una psicología ideológica del yo.
En todo caso, Zambrano, Marina y Fromm pueden pertenecer a una cultura intelectual de medio pelo (mid-cult) y no directamente al género ínfimo de la pseudocultura ideológica al que pertenecen los autores del anterior apartado psicológico.
3. Apartado literario
Aquí la lista sería interminable. Sólo indicar, y espero que se tome como una amistosa advertencia y no como una muestra de autosuficiencia intelectual, que no perdáis el tiempo leyendo best-sellers y las consabidas novelas históricas que hacen ahora como churros. Si os ponéis a leer literatura id hacia los clásicos y hacia la literatura que es valorada positivamente por los críticos académicos. Aunque aquí se plantean dos problemas: el del “esfuerzo” que requiere la literatura seria y el problema de la autoridad de la crítica y la academia universitaria sobre los gustos personales privados, problemas que no puedo tratar aquí.
4. Apartado científico
En este apartado basta con citar un solo nombre: Eduardo Punset. Sé que a algunos de vosotros os puede gustar, pero de todas formas no puedo ocultar el profundo rechazo que siento hacia este señor, en el que la ideología cientificista, que tantos estragos hace en nuestra sociedad, se mezcla con ,lo que podríamos llamar el simple horterismo pseudocientífico. Habría que hacer un análisis y una crítica ideológicos en profundidad del discurso de este señor, por lo significativo que es acerca de la visión de la realidad y de la vida que tiene mucha gente. El mesianismo cientificista de Punset y las conclusiones pseudocientíficas que saca de los avances de la ciencia, amén de sus toques de gurú pseudoprogresista, son pura ideología con efectos políticos desastrosos sobre la conciencia de mucha gente. La propia comunidad científica y la comunidad académica humanística deberían prestar más atención a este fenómeno y desenmascararlo.
Conclusión
Esta lista es sólo un ejercicio de valor más o menos subjetivo que a mí me gustaría poder sustituir por una crítica más objetiva y en profundidad de la pseudocultura de nuestro tiempo. Pero como no tengo ni energías ni capacidad para ello, hay queda esta simple enumeración de autores que considero embaucadores y vendedores de humo o dudosos en cuanto a su calidad intelectual. Repito que no quiero ofender a nadie al que le puedan gustar algunos de los autores citados sino sólo expresar unas opiniones que no puedo expresar de otra manera ni en otro lugar y que considero que pueden ser orientativas para algunos.
miércoles, 2 de enero de 2013
FRAGMENTO PARA EL PROYECTO DE UN TRATADO SOBRE EL AMOR COMO IDEOLOGÍA Y COMO VERDAD ANTROPOLÓGICA
Este tratado (si alguna vez se realizara, cosa que dudo mucho) estaría dedicado a las mujeres que he amado en mi vida (ideológicamente o con verdad personal).
Amar a alguien significa querer plenificar humanamente su existencia, querer llevar su existencia a su grado máximo posible de plenitud humana. Pero esta planificación, para que ella alcanzara su efectividad práctica y no se quedara en un mero deseo sentimental, requeriría grandes transformaciones sociales y políticas, requeriría una “polis” organizada para la consecución del fin del desarrollo humano pleno individual. La esencial dimensión pedagógica del amor conduce necesariamente a su resolución política. El gran valedor filosófico del Eros pedagógico, Platón, fue al mismo tiempo el gran teorizador de la “polis” como lugar de la educación del hombre. Pero en la política de Platón el objetivo de la plenificación individual queda subordinado a la consecución de la estabilidad y armonía del todo de la “polis”, dentro de la cual la realización humana plena queda reservada para la clase de los gobernantes-filósofos. Por la naturaleza de la que están hechos, la mayoría de los hombres sólo pueden alcanzar su máxima realización como hombres si colaboran en la estabilidad justa de la “polis” y no pueden desarrollar en sí mismos como individuos las máximas posibilidades humanas, relativas a la educación que permite pasar de lo sensible a lo inteligible y convertir a esto último en principio rector de vida. Sólo siendo una pieza de la armonía en el funcionamiento justo del todo, relativo a que cada cual ocupe el puesto que le corresponde según su naturaleza, pueden la mayoría de los hombres alcanzar el máximo de realización humana posible para ellos. La “polis” no es ya entonces el lugar de la realización humana individual sino el reflejo como totalidad de la armonía inteligible del llamado “mundo de las ideas”, el mundo de los modelos inteligibles puros de la verdad. Lo que puede ser llevado a su plenitud de realización no es el individuo común sino sólo la colectividad donde cada individuo debe ser una pieza justamente colocada de una realización de lo humano que se efectúa por encima del plano de los individuos, en la colectividad en su justo funcionamiento.
Con todo esto, la función pedagógica del amor quedará reservada para el proceso de selección y educación de los gobernantes-filósofos y en el resto de los hombres el amor quedará limitado a su función meramente genésica. La dimensión política del amor, hecha necesaria por su sentido pedagógico, no es para todos sino sólo para aquéllos que por su superior naturaleza están destinados al gobierno de la “polis”.
Pero con independencia de Platón, y dado que la realización política de una sociedad hecha racional en el sentido de su organización para el desarrollo de las facultades humanas superiores significaría una intervención sobre el orden social y sobre la misma naturaleza de los hombres que no sería sino una forma más de la infatuación y de la “hybris” de la razón que produce consecuencias históricas catastróficas –como de hecho ya ha sucedido históricamente y tal y como nos está vedado éticamente volver a intentar con nuevos experimentos -,entonces tenemos que preguntarnos por la posibilidad de que por el amor podamos hacer algo por la realización humana de la persona amada haciendo abstracción de la necesidad última de que tal realización fuera alcanzada por medios políticos. Toda consideración del amor, que aun dejando aparte lo político, no ofrezca el punto de vista de lo pedagógico se limita exclusivamente al terreno animal instintivo. Querer a partir de ese arraigo de todo amor no pedagógico en lo animal instintivo elaborar una teoría del amor como realidad antropológica fundamental, ya sea por vía de la retórica fenomenológica del “modo de darse” la alteridad humana o por la vía de la concreción sensual de un materialismo enemigo de abstracciones y proyecciones filosóficas o teológicas, es pura ideología filosófica, es decir, idealización encubridora de una pura realidad psicológica animal que debe se dejada a la esfera de las contingencias vitales libres de toda teorización o de toda pretensión normativa de toda pretendida filosofía de la vida.
Pero además, y aumentando con esto el alejamiento con respecto a Platón, la elevación pedagógica de la persona amada a un mundo superior puede ser concebida no como elevación al mundo de la idealidad en el sentido de lo universal y necesario subsistente con independencia y primacía ontológica sobre lo empírico-particular-contingente, sino como una más modesta elevación a la cultura entendida en sentido sofístico y perspectivístico y no en el sentido filosófico-científico del mundo de la verdad ideal normativa ontológicamente sobre lo empírico.
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