Pongo aquí este caso porque creo que se trata de uno menos conocido que los procesos por brujería y hechicería (habría que deslindar ambos tipos de conducta religiosa desviada, y eso puede ser el tema de un próximo artículo, con el que amenazo) que hubo en Daimiel en los siglos XVI y XVII, entre ellos el de la ya famosa y comercializada bruja Juana de Daimiel (Juana Ruiz), que por cierto fue absuelta. No lo recoge Santos García-Velasco en su “Historia de Daimiel” y lo he encontrado solo en el interesante libro de Juan Blázquez Miguel “Castilla-La Mancha. Magia , superstición y leyenda”(Everest, 1991):
Por motivos de enemistades frailunas, en concreto creía que sufría persecución por parte de su prelado, fray Juan de San Agustín, carmelita descalzo del convento de Daimiel, en 1730, invocó una noche al diablo, dispuesto a adorarle y a entregarse a él en cuerpo y alma, recitando: “veni ad liberandum me, Lucifer, rex amabilis” (que si mi malísimo y escasísimo latín no me traiciona quiere decir “ven para liberarme, Lucifer, rey amable”). Años después, cuando era presbítero conventual en Campo de Criptana, en 1743, se arrepintió de aquel acto y consiguió perdón sin mayores consecuencias.
Se trata este caso de un claro caso de neurosis religiosa , de los que tantos ha habido en la historia del cristianismo y como lo eran también , en realidad, todos los casos de brujería y posesión. Muchos autores, como por ejemplo Thomas Szasz en “El mito de la enfermedad mental”, insisten en achacar la creencia en brujería y la terrible persecución que desencadenó a causas de tipo social, a distorsiones en la esfera de la comunicación y el entendimiento sociales, y niegan la postura, podemos decir que liberal-“progresista”, que declara los casos de brujería y posesión como casos de enfermedad mental. Pero hay que seguir manteniendo, como postura ilustrada y liberadora y frente a cierto oscurantismo que regresa(hace poco oía en la radio o veía en una red social que un psiquiatra ha declarado recientemente que el 80% de los internados en hospitales psiquiátricos tendrían que ser atendidos por la Iglesia y no por la Medicina), que los casos de brujería y satanismo son caSos de neurosis o psicosis que adoptan en su expresión un lenguaje religioso.
Es curioso que el cristianismo salvó a la civilización europea de las supersticiones que aterrorizaban a la gente al final de la Antigüedad, pero luego dentro de él se produjo un regreso de lo demoniaco reprimido, regreso que- hay que tenerlo muy en cuenta- no se produjo hasta el final de la Edad Media y los primeros tiempos de la llamada Edad de la Razón, pues ,en contra de la imagen popular, la gran época de la brujería y el satanismo, y la consiguiente caza de brujas, no fue el apogeo de la Edad Media sino la época de su final y la época del Renacimiento y del primer Barroco. Justo la época en que filosóficamente empezó a gestarse la Razón Moderna. Fernando Álvarez-Uría tiene un interesante trabajo (“Razón y Pasión. El inconsciente sexual de la Razón Moderna” en “Filosofía y Sexualidad”, Anagrama, 1988) en el que escribe sobre esta peculiar coyuntura en la que la Razón Moderna nació contra el fondo del irracionalismo demoniaco.
martes, 19 de noviembre de 2013
UN PRESUNTO JUDAIZANTE DE DAIMIEL, PROCESADO POR LA INQUISICIÓN, QUE RECUERDA A UN PERSONAJE DE SHAKESPEARE, EL JUDÍO SHYLOCK
El judío Shylock es el personaje principal del drama de Shakespeare “El mercader de Venecia”. Este judío Shylock le hace un préstamo a un cristiano a cambio de que si no puede devolvérselo, con los correspondientes intereses usurarios, le pague con una libra de carne de su pecho. Cuando el cristiano no puede pagar, Shylock se empeña en ejercer su derecho contractual a cortar la carne, pero la Justicia le ordena que no podrá derramar ni una sola gota de sangre de más en la operación de cortar su libra de carne y así se ve frustrado su propósito.
Pues antes de que Shakespeare escribiera esta famosa obra suya, en Daimiel hubo un vecino, acusado de judaizar (practicar el judaísmo tras haberse convertido al cristianismo), que nos recuerda poderosamente al personaje de Shakespeare, que, como digo, goza de fama universal.
Nos lo cuenta también Julio Caro Baroja en el primer tomo de su obra “Los judíos en la España Moderna y Contemporánea” (pgs. 466, 467 y 468). Se llamaba el Shylock daimieleño Rodrigo de Alcaraz y vivía aquí hacia 1544. Era un hombre influyente y acomodado que había ocupado cargos y comisiones de carácter concejil. Pero Rodrigo de Alcaraz tenía mala fama religiosa y ese mismo año de 1544 dio con sus huesos en la cárcel. Los principales cargos eran que había maltratado a su mujer porque ésta cumplía puntualmente con la Iglesia; que en cierta ocasión unos hombres que jugaban a la pelota en su calle entraron en un corral de su casa y en una cueva a donde fueron a buscar la pelota vieron una mesa con manteles y luces para celebrar ciertos ritos, presumiblemente judíos; que le habían oído decir que “no había otra cosa en este mundo sino tener riquezas y que no había sino nacer y morir y que no había gloria ni infierno”; que había asistido con muy poca devoción a las fiestas de San Roque, patrón de los mercaderes y labradores de Daimiel.
Y aquí viene lo más interesante. El fiscal escribió el siguiente párrafo en la acusación, párrafo que Caro Baroja pone en castellano viejo y que yo doy modernizado:
“Primeramente con la afición que el dicho Rodrigo de Alcaraz ha tenido y tiene a la ley de los judíos y cosas de ella y la grandísima enemistad que tiene a la ley de Jesús Cristo y cristianos viejos. Dijo que él tenía muy grande deseo de que matasen a un cristiano viejo y que le vendiesen a cuartos porque no echaría sus dineros en cosa que mejor emplease que un cuarto de él y que rogándole ciertas personas al dicho Rodrigo de Alcaraz que soltase a cierto hombre que tenía preso por deudas respondió que lo trajesen allí a la cárcel y que lo hiciesen cuartos que él tomaría un cuarto de él o que le trajesen un brazo de aquel hombre y que él le soltaría toda la deuda, que si no tenía de que pagar que él le quitaría un cuarto y que lo vendería”.
Pues antes de que Shakespeare escribiera esta famosa obra suya, en Daimiel hubo un vecino, acusado de judaizar (practicar el judaísmo tras haberse convertido al cristianismo), que nos recuerda poderosamente al personaje de Shakespeare, que, como digo, goza de fama universal.
Nos lo cuenta también Julio Caro Baroja en el primer tomo de su obra “Los judíos en la España Moderna y Contemporánea” (pgs. 466, 467 y 468). Se llamaba el Shylock daimieleño Rodrigo de Alcaraz y vivía aquí hacia 1544. Era un hombre influyente y acomodado que había ocupado cargos y comisiones de carácter concejil. Pero Rodrigo de Alcaraz tenía mala fama religiosa y ese mismo año de 1544 dio con sus huesos en la cárcel. Los principales cargos eran que había maltratado a su mujer porque ésta cumplía puntualmente con la Iglesia; que en cierta ocasión unos hombres que jugaban a la pelota en su calle entraron en un corral de su casa y en una cueva a donde fueron a buscar la pelota vieron una mesa con manteles y luces para celebrar ciertos ritos, presumiblemente judíos; que le habían oído decir que “no había otra cosa en este mundo sino tener riquezas y que no había sino nacer y morir y que no había gloria ni infierno”; que había asistido con muy poca devoción a las fiestas de San Roque, patrón de los mercaderes y labradores de Daimiel.
Y aquí viene lo más interesante. El fiscal escribió el siguiente párrafo en la acusación, párrafo que Caro Baroja pone en castellano viejo y que yo doy modernizado:
“Primeramente con la afición que el dicho Rodrigo de Alcaraz ha tenido y tiene a la ley de los judíos y cosas de ella y la grandísima enemistad que tiene a la ley de Jesús Cristo y cristianos viejos. Dijo que él tenía muy grande deseo de que matasen a un cristiano viejo y que le vendiesen a cuartos porque no echaría sus dineros en cosa que mejor emplease que un cuarto de él y que rogándole ciertas personas al dicho Rodrigo de Alcaraz que soltase a cierto hombre que tenía preso por deudas respondió que lo trajesen allí a la cárcel y que lo hiciesen cuartos que él tomaría un cuarto de él o que le trajesen un brazo de aquel hombre y que él le soltaría toda la deuda, que si no tenía de que pagar que él le quitaría un cuarto y que lo vendería”.
domingo, 17 de noviembre de 2013
PEDRO ESTALA, IMPORTANTE FILÓLOGO Y CRÍTICO LITERARIO DAIMIELEÑO DEL SIGLO XVIII
Pedro Estala, insigne filólogo y crítico literario
daimieleño de la segunda mitad del siglo XVIII y primeros años del XIX, que fue
amigo y colaborador nada menos que de Leandro Fernández de Moratín, Juan Pablo
Forner y Meléndez Valdés y que ocupó una cátedra de lenguas clásicas en
Salamanca, no es tan conocido y reconocido por los daimieleños como debiera,
porque en la actual sociedad el mérito de lo literario es menos reconocido que
el de todo lo que, aunque pueda considerarse también artístico, está
relacionado con la técnica, a pesar de todo lo que digan los cientificistas
(los devotos y beatos de la ciencia, que son muchos, por no decir que
prácticamente todo el mundo), que siempre se quejan de que lo
técnico-científico no es comúnmente admitido como “cultura”.
Existe
una colección de los prefacios y artículos de crítica literaria de Estala
publicada en la Biblioteca de Estudios Manchegos (2006) y editada por la
doctora María Elena Arenas, autora también de una magnífica monografía (“Pedro
Estala. Vida y obra”) sobre el ilustre crítico daimieleño publicada por el Consejo
Superior de Investigaciones Científicas (2003), que nos muestra toda la
importancia teórico-literaria de Estala y nos lo presenta como totalmente
inserto en la vida literaria de su época y como partícipe principal en las
polémicas estéticas de esa época.
Como
señaló don Jesualdo Sánchez Bustos en su intervención en las últimas Jornadas
de Historia de Daimiel, donde habló de pasada de Estala, este importantísimo
daimieleño es alabado por Menéndez Pelayo en su imprescindible “Historia de los
heterodoxos españoles”.
Por
cierto que la doctora María Elena Arenas nos informa de que Estala era conocido
por sus compañeros, como era costumbre entre los literatos de su época, con un sobrenombre pastoril ,que era el de
Damón , que parece una forma castellanizada de “daimon”. ¿Tendrá esto algo que
ver con su procedencia de Daimiel, pueblo cuyo topónimo es coincidente en su
raíz con esa palabra griega?
domingo, 10 de noviembre de 2013
CRISTÓBAL DE MADRID, UN DAIMIELEÑO EN LOS ALBORES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Cristóbal de Madrid es, sin duda, la personalidad religiosa
más importante nacida en Daimiel. Formó parte del primer grupo de jesuitas
reunidos en torno a la figura del fundador, san Ignacio de Loyola.
Nos
informa Santos García-Velasco en el “Ensayo de un catálogo de daimieleños
ilustres” incluido en su Historia de
Daimiel de que Cristóbal de Madrid ingresó en la Compañía de Jesús en 1550
y asistió a la muerte de san Ignacio. Fue consultor del Colegio Cardenalicio,
asistente por Italia y Sicilia del padre Laínez y administró la casa profesa de
los jesuitas en Roma.
Hervás y Buendía en su Diccionario
histórico ,geográfico, biográfico y bibliográfico de la provincia de Ciudad
Real añade que por su cargo de teólogo consultor se puede comprender cuál
sería su pericia en las ciencias sagradas y que además Cristóbal de Madrid era
tenido en gran aprecio por san Ignacio por su prudencia y autoridad.
Fue el
autor de un libro, que alcanzó una importante fama y difusión, dedicado
a defender la costumbre de la comunión frecuente, tema que, andando el
tiempo, sería caballo de batalla en las polémicas de los jansenistas contra los
jesuitas, polémicas en las que intervendría el gran Blaise Pascal del lado
jansenista. El título del libro de Cristóbal de Madrid, escrito en latín
clásico pero en forma escolástica, es De
frequenti usu santissimae Euccaristiae sacramentu libellus y se publicó en
1555 en Nápoles en una edición limitada. La publicación definitiva tuvo lugar
dos años más tarde en la imprenta del Colegio Romano. Fue el primer libro que
se publicó con el propósito expreso de defender la frecuente recepción de la
Eucaristía. En el proemio del libro, Cristóbal de Madrid trata de defender la
Eucaristía de los ataques protestantes pero su principal preocupación viene
dada por los católicos que se oponían a la comunión frecuente. Niega la idea de
que uno debe hacerse digno antes de acercarse a la Eucaristía, pues, según
Cristóbal de Madrid, virtud y mucha devoción no eran prerrequisitos, ya que
precisamente para conseguirlas se distribuía la comunión. En respuesta a la objeción de que la Iglesia no urgía la
comunión frecuente, invocaba la práctica de la Iglesia primitiva. Recurre
Cristóbal de Madrid, como era uso entre los autores escolásticos, al testimonio
de la Biblia y de los Padres griegos y latinos, pero, en un rasgo de modernidad
típica de los primeros jesuitas, se apoya también en la “experiencia”. Se opone
a la comunión rutinaria y critica a los sacerdotes que “por obligación o
esperanza de ganancia económica celebran la misa irreverentemente y con
negligencia”. Es reticente a condenar a los que se abstenían por reverencia,
pero señala el aumento de consolación y de gozo espiritual de los que
comulgaban con frecuencia. Es curioso el hecho de que Cristóbal de Madrid
invoca en la obra la “libertad cristiana”, de la que también hablaba Lutero, el
iniciador del movimiento religioso que era el gran objetivo polémico de los
primeros jesuitas.
Terminaré
diciendo que sería muy deseable que un buen latinista acometiera la tarea de
traducir el libro de Cristóbal de Madrid al castellano.
viernes, 25 de octubre de 2013
EN DEFENSA DE LA FILOSOFÍA EN EL BACHILLERATO
Mi intención en este escrito es proceder a la defensa de la
Filosofía en el Bachillerato pero descartando completamente los argumentos al
efecto de la cháchara humanista liberal-ilustrada que realiza tal defensa
apelando a la necesidad de la Filosofía
para la implantación de una “conciencia crítica” o que la considera
ligada a la difusión de la “democracia”, la “tolerancia”, la “solidaridad”, el “diálogo”,
etc. No se trata, por tanto, de defender la enseñanza de la Filosofía por los
efectos que ella pueda tener sobre la grey juvenil del Bachillerato,
conjuntamente atenazada por la ideología de la mentalidad cientificista y por
la de la cultura de masas. Consideramos que la presencia de la Filosofía en el
Bachillerato significa un beneficio social sólo porque tiene como consecuencia
la existencia de un cuerpo profesores de Filosofía en la enseñanza secundaria
que posibilita una oferta de puestos de trabajo para pequeños intelectuales
licenciados en Filosofía que les permite librarse de la integración social
basada en el trabajo al servicio de los diferentes y crecientes entramados
tecnoburocráticos, públicos y privados, o en el trabajo de ilotas intelectuales
propio de los científicos de la naturaleza. La posibilidad de la existencia, en
una sociedad dada, de minorías intelectuales no subsumidas en el proceso
económico de autoproducción social material y dedicadas al conocimiento puro y
libre es pieza esencial para la justificación del valor humano de esa sociedad.
En la sociedad capitalista ultradesarrollada esa posibilidad sufre un proceso
de tendencia a la desaparición total. El capitalismo pone al servicio de su
dinámica economicista hasta a los miembros de la sociedad mejor capacitados
intelectualmente. Los resquicios de cultura no material todavía no alcanzados
por el economicismo capitalista deben ser defendidos a ultranza no sólo para que
la sociedad no se convierta en una sociedad cerrada, completamente limitada al
sinsentido de una autorreproducción sin valor humano espiritual, sino para que
no se consume su transformación en algo lo más parecido a un hormiguero humano.
Por eso hay que defender la presencia de la Filosofía en el Bachillerato:
porque de ella depende que siga existiendo un cuerpo académico de pequeños
filósofos, profesores de la materia, del que, además, en realidad a su vez
depende la preservación de los departamentos universitarios de Filosofía donde desarrollan su función docente
filósofos de mayor magnitud.
Para
que se diera una lucha seria de la filosofía contra el reino dominante de la
no-filosofía haría falta mucho más que unas clases “asignaturescas” de
Filosofía en el Bachillerato marcadas por la reducción pedagógica de dicha
materia a moralismo liberal-progresista. La filosofía tendría que ser capaz de
enfrentarse triunfalmente con la ideología cientificista de la razón
instrumental, con el utilitarismo ramplón de la miserable pequeña burguesía
universal que hoy domina la sociedad y con la degradación intelectual y
espiritual absoluta que supone la actual cultura de masas. Pero bien está que
los jóvenes intelectuales licenciados en Filosofía puedan tener una salida
laboral como profesores de secundaria que les permita evitar el caer bajo las
ruedas del productivismo y el economicismo capitalistas.
domingo, 6 de octubre de 2013
¿ES "TRISTÁN E ISOLDA" UNA OBRA NIHILISTA? (versión completa)
Tristán e Isolda
es mucho más que una obra basada en una historia amorosa adulterina. El
conflicto entre la moral aristocrático-feudal que une a Tristán con su tío
Marke y el amor que une fatalmente al primero con Isolda pertenece sólo a la
superficie de su asunto dramático, pues estamos ante un drama musical donde se
abre el abismo schopenhaueriano-budista de la redención en la Nada.
La idea de
Schopenhauer que está detrás de esta obra de Wagner es fácil de enunciar en su
radicalidad metafísica: todo deseo, la voluntad de vivir, lleva al sufrimiento,
no meramente a un sufrimiento psicológico contingente, sino a un sufrimiento
necesariamente dado en el existir, más aun, constituyente del sentido esencial
último del Ser. La salvación de ese sufrimiento sólo puede estar en la noche de
la ausencia total de vida, en el hundimiento absoluto en la inconsciencia. La
vida es, con necesidad metafísica inscrita en el fundamento de todo ser, dolor,
y la única sabiduría soteriológica posible, salvadora del dolor, es una
negación de la voluntad de vivir que lleve no a la autodestrucción, lo cual
sería una manifestación de una voluntad de vivir no negada sino insatisfecha y
por ello exacerbada, pero que sí lleve a
ver en el cese del vivir, de toda conciencia, la liberación suprema y absoluta.
Pero en el
Wagner de Tristán e Isolda se da la
paradoja de que la conciencia de esta negatividad absoluta del existir que sólo
puede ser salvada mediante el anonadamiento se produce no por el despertar de
una actitud ascética o estético-contemplativa sino que se produce justamente en
la exacerbación del amor-pasión. Los amantes, Tristán e Isolda, descubren que
sólo encontrarán paz para su deseo en el aniquilamiento de su individualidad precisamente
a través del máximo sentir del amor sexual. Su voluntad de anegarse en la noche
del Ser no es resultado de una sabiduría metafísica que les haga optar por el
ascetismo o por el aquietamiento del deseo en la contemplación estética, sino
que justamente la intensificación del deseo es la que les hace descubrir el
supremo carácter apetecible de la Nada.
El mismo
Wagner se dio cuenta de esta paradoja que convertía en Tristán e Isolda al amor en vía de dominación y superación de la
voluntad de vivir. Según nos informa Manuel Cabada Castro en su recomendable
libro Querer o no querer vivir. El debate
entre Schopenhauer, Feuerbach, Wagner y Nietzsche sobre el sentido de la
existencia humana existe un fragmento de carta de Wagner, probablemente del
año 1857 y destinada a Schopenhauer pero no enviada, en la que el Maestro comunica su “intuición” personal de que
existe “en la estructura del amor sexual una vía de salvación en relación con
el autoconocimiento y la autosuperación de la voluntad”. Y en el Diario que
Wagner llevó destinado a Mathilde Wessendock se habla de una “corrección” al
sistema schopenhaueriano: “Se trata de indicar un camino de salvación, no
conocido por ningún filósofo, tampoco por Schopenhauer, hacia el apaciguamiento
perfecto de la voluntad por el amor, y no por el amor humano abstracto, sino
por el amor que brota realmente del fundamento del amor sexual, es decir, de la
atracción entre hombre y mujer”.
El autor
del libro citado ve en esta “corrección” hecha por Wagner a Schopenhauer un
intento de hallar una síntesis entre la postura negacionista del deseo del
autor de El mundo como voluntad y
representación y la afirmación sensualista del amor mantenida por
Feuerbach, autor bajo cuya influencia, como es sabido, estuvo Wagner antes de descubrir
a Schopenhauer.
Merece la pena que nos detengamos brevemente en la explicación que da Wagner, también en el
mencionado Diario, para justificar su idea del amor como vía hacia la
superación de la voluntad de vivir. Wagner habla de que en el amor se
produciría “una elevación del entendimiento del individuo a órgano de
conocimiento de la especie y por tanto de la voluntad misma, como cosa en sí”.
Es decir, en el amor sexual exacerbado el afecto individual se llegaría a
identificar con la voluntad de la especie y de esta manera esta voluntad
llegaría a su plena autoconsciencia, lo que equivaldría a su pleno
apaciguamiento. Al amar descubriríamos el deseo no como instancia psicológica
egoísta sino como un impulso consustancial a la especie, y este descubrimiento,
que significa un autoconocimiento del deseo, llevaría a su apaciguamiento, pues
Wagner sigue aquí fiel a la idea de Schopenhauer de que el autoconocimiento del
deseo equivale al dominio sobre el mismo. Al conocerse el carácter
específico-universal del deseo en el amor se produce inmediatamente una
liberación frente a él. Cuando los amantes descubren que su esencia es deseo
insaciable llegan a la conclusión de que sólo el hundimiento en la inconsciencia
podrá traer paz a su deseo.
Por si
quedara alguna duda sobre el hecho de que en Tristán e Isolda los amantes desean la aniquilación de su
conciencia y el anegamiento en la noche del no-ser como única forma de hallar
la paz para su deseo, ahí está el diálogo que se establece entre ellos al final
del Act. II después de ser descubiertos por Melot:
Tristán:
A donde ahora parte Tristán,
¿quieres seguirle tú, Isolde?
En el país en que Tristán
piensa
No brilla la luz del sol:
es el oscuro
país nocturno
desde el que mi madre
me enviara,
cuando al que ella
recibiera en la muerte,
en la muerte le hiciera ella
alcanzar a él la luz.
Lo que, cuando ella me alumbró,
era su asilo de amor,
el reino prodigioso de la
Noche,
del que otrora yo despertara,
esto te ofrece Tristán,
hacia allí precederá él:
¡si ella le seguirá,
fiel y propicia,
dígaselo ahora Isolda!
Isolda: Cuando para un país
extraño
la solicitara otrora el amigo
al hostil,
fiel y propicia,
tuvo que seguirlo Isolda.
Ahora me guías al tuyo propio,
Para mostrarme tu herencia
¿cómo huyera yo del
país
que abarca el mundo todo?
Donde están la casa y el hogar de Tristán
allí se hospedará Isolda;
¡por donde ella lo siga,
fiel y propicia
muéstrale ahora a Isolda el camino!
Sería
una interpretación superficial pensar que este deseo de anegarse de los amantes
viene dado por la presencia del “principio de realidad” representado por Marke
frente al “principio de placer” de su amor. Los amantes han descubierto que el
deseo es en sí mismo sufrimiento y
que mientras exista “principio de individuación” deseo y máximo dolor son
equivalentes. Como tratábamos de indicar antes, basándonos en el Diario de
Wagner dedicado a Mathilde Wessendock, es la propia exacerbación del deseo del
amor sexual lo que les hace darse cuenta de la necesidad de superar el mundo
fenoménico donde rige el “principio de individuación” y llegar a la conclusión
que Wagner y Schopenhauer comparten: la única salvación está en la Nada.
Después de la muerte de Isolda no
hay un posible “nuevo comienzo” desde la recuperación de la inocencia de la
naturaleza exenta de una legalidad fruto del afán de dominio, ni una nueva
comunidad regenerada por la sabiduría que renuncia al deseo para alcanzar la
compasión universal. La redención en Tristán
e Isolda queda más allá de todo proceso histórico y de toda comunidad y
afecta sólo a la individualidad de los amantes. Pero justamente por ello Tristán e Isolda es la obra mayor de
Wagner menos problemática desde un punto de vista “político”, aunque sí sea
problemática, y mucho, desde un punto de vista metafísico y, si se nos permite
decirlo, desde un punto de vista religioso.
Tristán e Isolda están embargados
por una auténtica “pulsión de muerte”. El “filtro de amor”, que no es sino la
representación simbólica de la fuerza indominable de Eros, conduce al mismo
resultado al que habría conducido a los amantes el “filtro de muerte” que
Brangania les evita. Esto parece confirmar en el drama musical que nos ocupa la
idea de Freud en su ensayo Más allá del
principio del placer (1920) según la cual Eros está al servicio de Tanatos,
que tiene primacía biológica sobre él. Esta idea freudiana parece que no es tenida
muy en cuenta por muchos que conocen al famoso doctor vienés sólo por su
supuesto pansexualismo. Pero hay que tener en cuenta que el deseo de muerte de
los amantes wagnerianos no es un instinto biológico sino una tendencia
equivalente a un conocimiento metafísico que les hace lúcidos sobre la
negatividad que se esconde en el mundo fenoménico, simbolizado por el día y la
luz solar, y la plenitud auténtica y redentora que hay en el no-ser,
simbolizado por el mundo de la noche.
En todo caso, el Wagner de Tristán e Isolda es alineable junto al profundo pesimismo cultural y
también metafísico de Schopenhauer y del mismo Freud frente al optimismo
“económico-libidinal” de autores freudo-marxistas como Wilhelm Reich, que
negaba la existencia de la “pulsión de muerte”, o como Herbert Marcuse (que,
por cierto, no era, a diferencia del anterior autor citado, sólo un vulgar
freudo-marxista sino también un importante filósofo que había sido discípulo de
Heidegger), que en su libro Eros y
Civilización mantiene la tesis de que sería posible, si se revertiera la
situación de represión social “sobrante”, poner a Tanatos al servicio de Eros.
Wagner ha comprendido en Tristán e Isolda,
como Schopenhauer y a diferencia de los freudo-marxistas, que el sufrimiento
causado por el deseo no sólo viene dado por la vigencia de un “principio de
realidad” en forma de represión social sino que es la misma esencia no sólo
psicológica sino también metafísica del deseo lo que le hace significar dolor y
sufrimiento.
Entre las alambicadas e
insidiosas críticas dialécticas que Adorno lanza contra el Maestro en su famoso
Ensayo sobre Wagner hay algunas
referencias al pesimismo de Wagner y su expresión en Tristán e Isolda. Adorno comienza el capítulo X de este ensayo con
una frase que sí es clara: “El pesimismo de Wagner es la actitud del rebelde
que deserta”. Que Wagner fue un seudo-rebelde es la tesis principal del ensayo
que se adivina entre su espesa niebla dialéctica. Entre el transcurrir de su
peculiar abuso d ela prosa dialéctica, Adorno deja caer algunas frases que
dejan adivinar el sentido crítica. No se trata sino de la idea, frecuente entre
los autores influidos por el materialismo histórico, según la cual no se debe
elevar a situación ontológica necesaria lo que sólo es fruto de determinadas
circunstancias históricas y sociales que pueden ser cambiadas: [Wagner], de la
rebelión conserva la comprensión de la índole malvada de “el” mundo, según el
modelo de la maldad del actual, y de la forzosa reproducción de su malvada índole.
Él apostasía de la rebelión por precisamente la elevación de este proceso a
principio total y metafísico. En cuanto eterno e insuperable, éste se resiste a todo intento de transformación”. Y más
adelante insiste Adorno en esta idea: “En todas partes, el mundo tal como es
saca provecho de la doctrina según la cual el mundo es malo en sí”.
A Adorno parece que le preocupaba
especialmente el momento del drama musical en que Tristán, en el acto III,
maldice el filtro de amor, como si Adorno viera en ello un significado ascético
que le molestaba. Estamos otra vez ante la incomprensión de que, más allá de
circunstancias sociales dificultadoras o represoras de la satisfacción, el deseo en sí mismo, unas veces por
circunstancias no sociales sino que corresponden a dificultades psicológicas
individuales y siempre por su esencia metafísica que responde a una voluntad
sin sentido y sin posible satisfacción última y plena, es una herida imposible
de curar.
Pero En Tristán e Isolda más que ante un pesimismo cultural o metafísico estamos ante un completo nihilismo
metafísico que pone el supremo valor en la Nada y el supremo disvalor en el
Ser. Don Marcelino Menéndez Pelayo se percató de que este nihilismo se
encontraba en Tristán e Isolda y no
sólo una historia inmoral antimatrimonial, y así nos dice en Orígenes de la novela: “En Tomás [se
refiere al autor de una de las versiones medievales de la historia] la parte
trágica de la leyenda recobra su dolorosa eficacia, que en el arte
místico-sensual de Wagner llega hasta los límites de la conmoción patológica:
escollo inevitable en la profunda inmoralidad del asunto, que es, dicho sin
ambages, no sólo la glorificación del amor adúltero y de la pasión rebelde a toda ley divina y humana, sino la
aniquilación de la voluntad y de la vida en el más torpe y funesto letargo,
tanto más enervador cuanto más ideal se presenta”.
Hay que decir que en Wagner la
idea de redención se dice de muchas maneras y que una de las más difíciles de
compartir es la de Tristán e Isolda.
Pero si la Nada es nuestro destino final, tal vez haya que irse acostumbrando a
ver en ella el reino de la salvación, haciendo de la necesidad virtud.
miércoles, 2 de octubre de 2013
¿ES "TRISTÁN E ISOLDA" UNA OBRA NIHILISTA? (VERSIÓN AMPLIADA)
Tristán e Isolda
es mucho más que una obra basada en una historia amorosa adulterina. El
conflicto entre la moral aristocrático-feudal que une a Tristán con su tío
Marke y el amor que une fatalmente al primero con Isolda pertenece sólo a la
superficie de su asunto dramático, pues estamos ante un drama musical donde se
abre el abismo schopenhaueriano-budista de la redención en la Nada.
La idea de
Schopenhauer que está detrás de esta obra de Wagner es fácil de enunciar en su
radicalidad metafísica: todo deseo, la voluntad de vivir, lleva al sufrimiento,
no meramente a un sufrimiento psicológico contingente, sino a un sufrimiento
necesariamente dado en el existir, más aun, constituyente del sentido esencial
último del Ser. La salvación de ese sufrimiento sólo puede estar en la noche de
la ausencia total de vida, en el hundimiento absoluto en la inconsciencia. La
vida es, con necesidad metafísica inscrita en el fundamento de todo ser, dolor,
y la única sabiduría soteriológica posible, salvadora del dolor, es una
negación de la voluntad de vivir que lleve no a la autodestrucción, lo cual
sería una manifestación de una voluntad de vivir no negada sino insatisfecha y
por ello exacerbada, pero que sí lleve a
ver en el cese del vivir, de toda conciencia, la liberación suprema y absoluta.
Pero en el
Wagner de Tristán e Isolda se da la
paradoja de que la conciencia de esta negatividad absoluta del existir que sólo
puede ser salvada mediante el anonadamiento se produce no por el despertar de
una actitud ascética o estético-contemplativa sino que se produce justamente en
la exacerbación del amor-pasión. Los amantes, Tristán e Isolda, descubren que
sólo encontrarán paz para su deseo en el aniquilamiento de su individualidad precisamente
a través del máximo sentir del amor sexual. Su voluntad de anegarse en la noche
del Ser no es resultado de una sabiduría metafísica que les haga optar por el
ascetismo o por el aquietamiento del deseo en la contemplación estética, sino
que justamente la intensificación del deseo es la que les hace descubrir el
supremo carácter apetecible de la Nada.
El mismo
Wagner se dio cuenta de esta paradoja que convertía en Tristán e Isolda al amor en vía de dominación y superación de la
voluntad de vivir. Según nos informa Manuel Cabada Castro en su recomendable
libro Querer o no querer vivir. El debate
entre Schopenhauer, Feuerbach, Wagner y Nietzsche sobre el sentido de la
existencia humana existe un fragmento de carta de Wagner, probablemente del
año 1857 y destinada a Schopenhauer pero no enviada, en la que el Maestro comunica su “intuición” personal de que
existe “en la estructura del amor sexual una vía de salvación en relación con
el autoconocimiento y la autosuperación de la voluntad”. Y en el Diario que
Wagner llevó destinado a Mathilde Wessendock se habla de una “corrección” al
sistema schopenhaueriano: “Se trata de indicar un camino de salvación, no
conocido por ningún filósofo, tampoco por Schopenhauer, hacia el apaciguamiento
perfecto de la voluntad por el amor, y no por el amor humano abstracto, sino
por el amor que brota realmente del fundamento del amor sexual, es decir, de la
atracción entre hombre y mujer”.
El autor
del libro citado ve en esta “corrección” hecha por Wagner a Schopenhauer un
intento de hallar una síntesis entre la postura negacionista del deseo del
autor de El mundo como voluntad y
representación y la afirmación sensualista del amor mantenida por
Feuerbach, autor bajo cuya influencia, como es sabido, estuvo Wagner antes de descubrir
a Schopenhauer.
Merece la pena que nos detengamos brevemente en la explicación que da Wagner, también en el
mencionado Diario, para justificar su idea del amor como vía hacia la
superación de la voluntad de vivir. Wagner habla de que en el amor se
produciría “una elevación del entendimiento del individuo a órgano de
conocimiento de la especie y por tanto de la voluntad misma, como cosa en sí”.
Es decir, en el amor sexual exacerbado el afecto individual se llegaría a
identificar con la voluntad de la especie y de esta manera esta voluntad
llegaría a su plena autoconsciencia, lo que equivaldría a su pleno
apaciguamiento. Al amar descubriríamos el deseo no como instancia psicológica
egoísta sino como un impulso consustancial a la especie, y este descubrimiento,
que significa un autoconocimiento del deseo, llevaría a su apaciguamiento, pues
Wagner sigue aquí fiel a la idea de Schopenhauer de que el autoconocimiento del
deseo equivale al dominio sobre el mismo. Al conocerse el carácter
específico-universal del deseo en el amor se produce inmediatamente una
liberación frente a él. Cuando los amantes descubren que su esencia es deseo
insaciable llegan a la conclusión de que sólo el hundimiento en la inconsciencia
podrá traer paz a su deseo.
Por si
quedara alguna duda sobre el hecho de que en Tristán e Isolda los amantes desean la aniquilación de su
conciencia y el anegamiento en la noche del no-ser como única forma de hallar
la paz para su deseo, ahí está el diálogo que se establece entre ellos al final
del Act. II después de ser descubiertos por Melot:
Tristán:
A donde ahora parte Tristán,
¿quieres seguirle tú, Isolde?
En el país en que Tristán
piensa
No brilla la luz del sol:
es el oscuro
país nocturno
desde el que mi madre
me enviara,
cuando al que ella
recibiera en la muerte,
en la muerte le hiciera ella
alcanzar a él la luz.
Lo que, cuando ella me alumbró,
era su asilo de amor,
el reino prodigioso de la
Noche,
del que otrora yo despertara,
esto te ofrece Tristán,
hacia allí precederá él:
¡si ella le seguirá,
fiel y propicia,
dígaselo ahora Isolda!
Isolda: Cuando para un país
extraño
la solicitara otrora el amigo
al hostil,
fiel y propicia,
tuvo que seguirlo Isolda.
Ahora me guías al tuyo propio,
Para mostrarme tu herencia
¿cómo huyera yo del
país
que abarca el mundo todo?
Donde están la casa y el hogar de Tristán
allí se hospedará Isolda;
¡por donde ella lo siga,
fiel y propicia
muéstrale ahora a Isolda el camino!
Sería
una interpretación superficial pensar que este deseo de anegarse de los amantes
viene dado por la presencia del “principio de realidad” representado por Marke
frente al “principio de placer” de su amor. Los amantes han descubierto que el
deseo es en sí mismo sufrimiento y
que mientras exista “principio de individuación” deseo y máximo dolor son
equivalentes. Como tratábamos de indicar antes, basándonos en el Diario de
Wagner dedicado a Mathilde Wessendock, es la propia exacerbación del deseo del
amor sexual lo que les hace darse cuenta de la necesidad de superar el mundo
fenoménico donde rige el “principio de individuación” y llegar a la conclusión
que Wagner y Schopenhauer comparten: la única salvación está en la Nada.
Después de la muerte de Isolda no
hay un posible “nuevo comienzo” desde la recuperación de la inocencia de la
naturaleza exenta de una legalidad fruto del afán de dominio, ni una nueva
comunidad regenerada por la sabiduría que renuncia al deseo para alcanzar la
compasión universal. La redención en Tristán
e Isolda queda más allá de todo proceso histórico y de toda comunidad y
afecta sólo a la individualidad de los amantes. Pero justamente por ello Tristán e Isolda es la obra mayor de
Wagner menos problemática desde un punto de vista “político”, aunque sí sea
problemática, y mucho, desde un punto de vista metafísico y, si se nos permite
decirlo, desde un punto de vista religioso.
Tristán e Isolda están embargados
por una auténtica “pulsión de muerte”. El “filtro de amor”, que no es sino la
representación simbólica de la fuerza indominable de Eros, conduce al mismo
resultado al que habría conducido a los amantes el “filtro de muerte” que
Brangania les evita. Esto parece confirmar en el drama musical que nos ocupa la
idea de Freud en su ensayo Más allá del
principio del placer (1920) según la cual Eros está al servicio de Tanatos,
que tiene primacía biológica sobre él. Esta idea freudiana parece que no es tenida
muy en cuenta por muchos que conocen al famoso doctor vienés sólo por su
supuesto pansexualismo. Pero hay que tener en cuenta que el deseo de muerte de
los amantes wagnerianos no es un instinto biológico sino una tendencia
equivalente a un conocimiento metafísico que les hace lúcidos sobre la
negatividad que se esconde en el mundo fenoménico, simbolizado por el día y la
luz solar, y la plenitud auténtica y redentora que hay en el no-ser,
simbolizado por el mundo de la noche.
En todo caso, el Wagner de Tristán e Isolda es alineable junto al profundo pesimismo cultural y
también metafísico de Schopenhauer y del mismo Freud frente al optimismo
“económico-libidinal” de autores freudo-marxistas como Wilhelm Reich, que
negaba la existencia de la “pulsión de muerte”, o como Herbert Marcuse (que,
por cierto, no era, a diferencia del anterior autor citado, sólo un vulgar
freudo-marxista sino también un importante filósofo que había sido discípulo de
Heidegger), que en su libro Eros y
Civilización mantiene la tesis de que sería posible, si se revertiera la
situación de represión social “sobrante”, poner a Tanatos al servicio de Eros.
Wagner ha comprendido en Tristán e Isolda,
como Schopenhauer y a diferencia de los freudo-marxistas, que el sufrimiento
causado por el deseo no sólo viene dado por la vigencia de un “principio de
realidad” en forma de represión social sino que es la misma esencia no sólo
psicológica sino también metafísica del deseo lo que le hace significar dolor y
sufrimiento.
Pero En Tristán e Isolda más que ante un pesimismo cultural o metafísico estamos ante un completo nihilismo
metafísico que pone el supremo valor en la Nada y el supremo disvalor en el
Ser. Don Marcelino Menéndez Pelayo se percató de que este nihilismo se
encontraba en Tristán e Isolda y no
sólo una historia inmoral antimatrimonial, y así nos dice en Orígenes de la novela: “En Tomás [se
refiere al autor de una de las versiones medievales de la historia] la parte
trágica de la leyenda recobra su dolorosa eficacia, que en el arte
místico-sensual de Wagner llega hasta los límites de la conmoción patológica:
escollo inevitable en la profunda inmoralidad del asunto, que es, dicho sin
ambages, no sólo la glorificación del amor adúltero y de la pasión rebelde a toda ley divina y humana, sino la
aniquilación de la voluntad y de la vida en el más torpe y funesto letargo,
tanto más enervador cuanto más ideal se presenta”.
Hay que decir que en Wagner la
idea de redención se dice de muchas maneras y que una de las más difíciles de
compartir es la de Tristán e Isolda.
Pero si la Nada es nuestro destino final, tal vez haya que irse acostumbrando a
ver en ella el reino de la salvación, haciendo de la necesidad virtud.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)