miércoles, 29 de noviembre de 2017

SOÑAR

La noche revela al falso 
gozo ansioso de verdad,
queda inerme en olvido
la firme calma ideal.

Placer confuso de muerte
es anhelo del soñar,
que anega en un triste caos 
la débil realidad.

No hay fuego ferviente
de deseo espiritual
para el ascenso del alma
a intelectual claridad.

Solo la imagen extraña
del velado desear
sin la lógica serena
de certera voluntad.

Fracasa toda razón
en absurdo elemental
y deja de ser evidente

el Supremo Bien solar.

PECADO CONTRA EL ESPÍRITU

La conciencia herida por el placer
del intenso deseo de la materia
ahonda el peso animal de la existencia
y aleja el valor de los anhelos serios.
El gozo febril de lo mortal
exalta la noche de vida tenue,
produce constante la sed terrible 
de los cuerpos ansiosos de ilusión. 
Es la hundida esencia del vivir
que se rebela contra la altura serena
y busca la agitación confusa de lo oscuro
en círculos de sinsentido fiero.
Amor a la existencia frágil,
renuncia de la calma elevada,
odio a la razón de los secretos
de un existir en armonía suprema.
El espíritu aborrecido huye
tentado por el sopor de la mentira,
la carne triunfa en su vacío

y surge la plenitud del gozo incierto. 

martes, 28 de noviembre de 2017

SENSACIONES DE LA INFANCIA



Abismo sentido sin lugar
en noche de recuerdos amados,
en luz de sensaciones perdidas.
Gozo del ayer olvidado
en la profunda lejanía
de la experiencia cerrada.
Sin dolor de razón laboriosa,
el gusto y el aroma sencillos
de hondos mundos descubiertos.
Impresiones de vida agitada
por la gravedad del alma
fija en la presencia de las cosas.
Lo familiar del simple vivir
de las jornadas tranquilas 
de la mirada sin lógica opresiva.
Fue la claridad y el sentir
de lo intenso de la tierra
sin vuelo de inteligencia errante.
La infancia perdura y viene
en el recuerdo difícil invocado
para el consuelo mantenido intacto.

domingo, 12 de noviembre de 2017

LA VERDAD SUBJETIVA Y SU LIMITACIÓN ÉTICO-POLÍTICA

La única forma posible de salir de la filosofía como “búsqueda de la certeza’ es conceder a las creencias privadas sobre las que no puede haber certeza objetiva un valor de verdad válido para la propia vida psicológica privada. Se lleva acabo así no una transformación práctica-diálogica de la filosofía sino su superación.  
En que la validez de la verdad proclamada de las creencias sea solo para la vida psicológica privada está el límite político de esta superación de la filosofía. La superación sería total si fuera lícito imponer políticamente como verdadero lo creído, pero ahí no se puede llegar a causa de una motivación de prudencia que emana de manera pragmática de un aprendizaje moral histórico. La vigencia de una racionalidad práctica intersubjetiva limitadora de la “verdad subjetiva” de las creencias personales privadas reposa en última instancia en un motivo de interés pragmático, no puramente racional, en evitar el daño, el sufrimiento y la muerte a los que llevaría una convivencia basada en el imperio de creencias no universalizables en su verdad evidente. La intersubjetividad racional y su vigencia ética y política no pueden prescindir totalmente de este interés pragmático al  que por su fuerza práctica fáctica y la urgencia y gravedad de la necesidad de su satisfacción no se le puede exigir tampoco una fundamentación justificativa puramente racional. Pero el contenido universalista, no la decisión última sobre la necesidad de respetar su vigencia política, de la razón intersubjetiva no tiene un carácter pragmático contingente sino que puede ser establecido, como hace Kant con su imperativo categórico, de manera estrictamente lógico-práctica. Hay que reservar para lo válido políticamente una necesidad de refrendo intersubjetivo universalista. “La búsqueda de la certeza” como evidencia de lo accesible y compartible de manera intersubjetiva hay que mantenerla para el establecimiento de lo válido políticamente.  
Igualmente, hay que preservar unos límites éticos de la acción que también tienen que estar refrendados por evidencia universal probada en el acuerdo intersubjetivo que incluye potencialmente a todos los seres capaces de lenguaje. En realidad, la validez de estos límites éticos coincide con la validez de un ámbito político por encima de la validez psicológica privada de las creencias. Los limites ético-políticos que impone este ámbito al ámbito vital psicológico son los límites de lo referido a la convivencia y la comunicación justas sobre lo realizativo y expresivo de la subjetividad individual. 
Como hemos dicho, la creencia despreocupada de la necesidad de autojustificación por la certeza objetiva de la evidencia significa la efectiva, aunque limitada, superación de la filosofía y la “búsqueda de la certeza” que la había caracterizado según la conocida expresión de Dewey. Pero esta superación ya no consiste en el pragmatismo social de este autor, sino en la afirmación de un ámbito privado de validez proclamada y no justificada como ámbito vital psicológico que queda por debajo de y limitado por los principios ético-políticos necesitados de justificación universalista en la evidencia intersubjetiva certificada en el consenso dialógico.   
Pero además, la creencia del ámbito psicológico libre de razonamiento sobre su justificación racional-dialógica no es simplemente un ámbito despreciable de las meras opiniones en su concurrencia disonante que aboca a la admisión del relativismo escéptico o a que el pensamiento esté obligado a callar sobre él y referirse solo a lo universalizable en la intersubjetividad comunicativa, sino que las creencias son expresión de la “verdad subjetiva” de aquellos que las proclaman y las mantienen sin justificación filosófica en la evidencia. Cada cúmulo personal de creencias privadas constituye una perspectiva vital que es la verdad del existente que en ella se encuentra y que desde ella tiene que mirar al mundo. 

En la medida en que aquí la validez injustificada de la creeencia se limita políticamente, seguimos aquí manteniendo una precaución filosófica, es decir, nos resignamos a que la superación de la filosofía no sea total. No enunciamos, como por ejemplo hacen hoy los fundamentalistas religiosos, una pretensión de verdad de lo que creemos sin ningún límite impuesto por la filosofía como reflexión sobre los requisitos de diferentes esferas de validez. Y en la medida en que nuestro objetivo está en delimitar la esfera de la validez vital psicológica de la creencia en relación a la esfera de la racionalidad intersubjetiva universalista, nuestra tarea sigue siendo filosófica. El pensamiento vitalista posfilosófico solo comienza cuando, una vez realizada la tarea filosófica previa de delimitación de esferas de validez, se proclaman las propias creencias en forma de juicios sobre valores y cosmovisionales que ignoran toda necesidad de autojustificación intersubjetiva, sin ni siquiera advertirlo y sin necesidad de recordar los límites que se han establecido previamente de manera filosófica, aunque se respeten esos límites, pero sin necesidad de prestarles atención, pues el individuo que se expresa y realiza con su “verdad subjetiva” se dirige ahora intencionalmente solo al contenido de sus creencias. Entonces, ya no se sueña sabiendo que se está soñando, actividad en la que Nietzsche veía la dificultad de un pensamiento vitalista posnihilista, sino que directamente se sueña habiendo perdido toda conciencia de estar haciéndolo. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

PENSAMIENTO VITALISTA POSFILOSÓFICO ( continuación)



La auténtica “filosofía edificante” consiste en el ofrecimiento de esos juicios sobre contenidos vitales y culturales concretos que no pueden ser justificados racionalmente y son expresión de intuiciones personales privadas no universalizables, no en un meta-discurso que sigue dándole vueltas hasta la saciedad a la desligitimación de las ideas de conocimiento objetivo y de verdad de la “filosofía sistemática”. Hay que dar el paso desde el meta-discurso deslegitimador de la universalidad y sistematicidad de la filosofía al discurso que presenta sus juicios sin el planteamiento justificador de su verdad intersubjetiva. Ni siquiera basta con los planteamientos de trascendentalismo invertido, como por ejemplo el de Derrida, que plantean lo que podemos llamar la “condiciones de imposibilidad” de todo conocimiento universal objetivo, o en el caso de Derrida, de todo significado permanente e idéntico objetivo. 
Por otra parte, sería inadecuado y no tendría un sentido concreto y real, más allá de la formulación de bonitas proclamas, decir que los juicios expresivos de las intuiciones personales sobre contenidos concretos son el desarrollo de una “razón vital”. Ortega, de quien, como es sabido procede esta expresión, podría pretender que él ejerce una “razón vital” cuando busca fenomenológicamente el sentido inteligible (esencial)  universal del vivir humano, cuando trata de desentrañar la “estructura” máximamente general, incluso llegando a lo ontológico, de aquello en qué consiste la vida humana, pero no ejerce ninguna “razón vital” cuando habla y juzga contenidos concretos de la vida, lo cual, para un pensamiento posfilosófico vitalista es lo más interesante, al darnos la perspectiva concreta de un existente situado en una coyuntura histórica y en un modo psicológico de vivir que tienen interés para constituir un modelo concreto intelectual, cultural y espiritual. Lo primero, la indagación fenomenología del vivir en su esencia universal, aunque esa esencia se dinamice, se pragmatice y se historifique todo lo que se quiera, no puede llevarnos mucho más allá de la enunciación de trivialidades, como la del propio Ortega cuando habla de la vida como un conjunto “de facilidades y dificultades”. Se puede intentar subir el nivel, como hace Heidegger, a base de jerga ontológica y de tremendismo existencial de relleno, pero seguimos así sin salir de un pensamiento fenomenológico trivial, que a pesar de que él lo niegue, no es sino una operación de abstracción realizada sobre la vida, inseparable, en su ser fáctico, de sus contenidos culturales y psicológicos plurales no reducibles todos ellos a negatividad “existencial”.    
En tanto los juicios sobre contenidos vitales en su valor no pueden ser justificados por una evidencia accesible para todos los seres dotados de lenguaje o por todo ser capaz de tener la pretensión de vivir la verdad en su conciencia, esos juicios son juicios con una pretensión de verdad irracional. Solo pueden ser mantenidos como creencia sin pretensión de validez universal. A pesar de ello, su verdad es un valor absoluto para lo que hemos llamado la vida psicológica privada del sujeto que los mantiene. Tienen que ser mantenidos como verdaderos por el sujeto que los proclama, aunque no puedan pretender una objetividad de sentido universal. Aquí radica el significado trágico de la “verdad subjetiva”, en que en ella el sujeto cree sin poder universalizar como objetividad compartirle el contenido de su creencia. 
Si no hay posibilidad de probar la universalidad, al menos potencial a través de un diálogo en ampliación progresiva hasta la intersubjetividad total, de la evidencia, no hay objetividad, no hay “verdad objetiva”. La perspectiva individual no universalizable solo puede dar una “verdad subjetiva”, una verdad sobre lo que esa perspectiva es, sobre su  identidad sustancial existencial, pero no sobre lo objetivo. La posición de Max Scheler sobre la existencia de una intuición radicada en su posibilidad en el ser psicológico total, no únicamente intelectual, del sujeto pero que da el valor objetivo de contenidos vitales y culturales concretos es una posición injustificada que privilegia arbitrariamente la posición psicológica particular de la propia subjetividad, que intuye esencialmente el valor.
La subjetividad perspectivística de los juicios de intuición no se salva ni se supera ni siquiera mediante el recurso a una presunta captación por parte de ella de una esencialidad a priori del valor. La intuición solo puede dar una “verdad subjetiva” sobre hechos, no esencias, de valor de realidades particulares captadas en perspectivas particulares incapaces de dar la pura universalidad de la objetividad, de lo que tiene la posibilidad de ser captado en evidencia accesible para todos. La captación intuitiva del valor se realiza sobre el hecho existente, sobre lo fáctico, aprehendiendo su totalidad significativa, no sobre una esencia separada metafísicamente del hecho, aunque para esa captación no sea necesario un proceso inductivo de comparación de unos hechos con otros, sino que sea suficiente con la mirada que comprende el significado del hecho en su unicidad portadora de su sentido de valor sustentado en el propio hecho como totalidad intuida. Intuición del valor del hecho es captar de manera directa el sentido total y único del hecho, y separar el valor del hecho en su sentido total y único para convertirlo en una esencia independiente de lo fáctico es el resultado de un mecanismo de abstracción metafísica, por el que se separa en el pensamiento lo que ha sido dado, en cuanto ser, formando una unidad, el hecho existente y su significado de valor.

Insistimos en el carácter trágico que tiene el que lo que es captado como válido por el sujeto en su capacidad de de intuición desde su perspectiva particular no pueda ser elevado a la evidencia de lo válido intersubjetivamente. No hay verdad objetiva sin intersubjetividad de la evidencia, pero el sujeto perspectivístico tiene que considerar en su vida como válido sin justificación racional posible lo que capta particularmente desde su perspectiva. Esta no justificabilidad racional intersubjetiva de lo dado en la propia perspectiva particular personal impide ese armonismo de las perspectivas que parece suscribir Ortega cuando defiende una colaboración dialógica entre perspectivas para realizar el acercamiento progresivo a la verdad total objetiva de lo real: “en vez de disputar, integremos nuestras visiones en generosa colaboración espiritual, y como las riberas independientes se aúnan en la gruesa vena del río, compongamos el torrente de lo real”. (“Verdad y perspectiva”, 1916, Obras Completas II, pg. 163, Madrid, 2004). Pero el individuo que no puede justificar intersubjetivamente la validez de su perspectiva particular haría mejor en refugiarse en una soledad donde esa perspectiva valga absolutamente para su vida psicológica privada como “ verdad subjetiva”, como verdad irrenunciable de la subjetividad interior que es la verdad de su existencia, como Kierkegaard no se cansó de predicar, por mucho que él pueda participar también, en algunos momentos de su vida,  en la intersubjetividad de la ciencia y de la razón práctica plasmada en la salvaguarda ética y política de principios de convivencia y comunicación justas.   

jueves, 9 de noviembre de 2017

PENSAMIENTO VITALISTA POSFILOSÓFICO

La autenticidad existencial que supone la afirmación de la propia perspectiva particular como “verdad subjetiva” tampoco permite limitarse a un discurso filosófico donde desde una meta-perspectiva se establezca el carácter perspectivístico de todo juicio sobre la realidad asumido por el sujeto y el “modo de darse” necesario del mundo que ello supone. Esto es lo que hizo Ortega en la parte de su obra con mayor pretensión filosófica, pero en él también hay un pensamiento vitalista posfilosófico cuando lo que hace no es ofrecer una fenomenología del perspectivismo de la vida, sino que, poniéndose de hecho en su perspectiva particular, ofrece juicios sobre contenidos vitales efectivos y particulares. En su obra es posible localizar numerosos pasajes donde sus juicios sobre contenidos culturales concretos solo pueden entenderse como fruto de una intuición vital que no puede pretender la universalidad de lo argumentable racionalmente, es decir, según su posibilidad de ser aprobado por todo sujeto capaz de lenguaje, sino solo como lo que es verdadero para la perspectiva personal contingente y particular del individuo existente Ortega. Por tomar dos ejemplos, es lo que sucede cuando Ortega hace juicios sobre las mujeres (por ejemplo en el artículo “La elección en amor” de 1927) o cuando dice en “ La rebelión de las masas” que el hombre de ciencia contemporáneo es el prototipo del hombre-masa. En estos juicios se establece como verdadero lo intuido, creído y sentido por el autor de esos juicios sin que sea posible que sobre su contenido concreto se pretenda el acuerdo intersubjetivo basado en la razón de una evidencia accesible y compartible por todos. Pero esta clase de juicios suponen el auténtico pensamiento vitalista, no los intentos de establecer un esquema, en última instancia ontológico, que tendría el carácter de forma universal en el que tiene que aparecer todo contenido vital. 
La filosofía fenomenológica de la vida, que Ortega también ensayó, sigue plantando la distinción entre “esquema” y “contenido”, pero aplicada no al lenguaje sino a la experiencia vital y cultural, distinción que Rorty ha visto como principio esencial de la filosofía entendida como discurso que busca una universalidad y una sistematicidad centradas en el autoexamen del conocimiento para establecer y asegurar su verdad según condiciones de posibilidad de su objetividad representativa. Como es sabido, Rorty en su famoso libro “La filosofía y el espejo de la naturaleza” ha desechado, con la ayuda de los planteamientos post-analíticos de, entre otros, Donald Davidson, esta distinción propia de toda filosofía sistemática con pretensión de verdad universal a favor de una “filosofía edificante”  desentendida de toda preocupación de fundamentación de validez racional universal. 
Con la indagación sobre el “esquema” universal de la vida entendido en el sentido fenomenológico del “modo de darse” necesario de toda realidad para la vida, ni Ortega ni el Heidegger de “Ser y Tiempo” han superado esta distinción de principio entre “esquema” y “contenido”, que ellos no aplican al conocimiento o al lenguaje pero sí a la vida fáctica, y siguen buscando una forma universal y necesaria de toda la experiencia posible del existente humano, lo que hace que su filosofía fenomenológica siga girando en torno a una pretensión universalista que trata de aprehender la esencia de la vida humana, que, además, resulta que sería lo que sigue haciendo posible que pueda haber en ella una experiencia de toda objetividad posible. Y da igual que esa esencia consista en una primacía de lo fáctico de la relación existencial pragmática con las cosas. Hay en estas filosofías una esencialización de lo existencial fáctico que ellas heredan directamente de su matriz fenomenológica husserliana. Además, como decimos, en el “esquema” fenomenológico de la vida estas filosofías siguen tratando de encontrar las condiciones de posibilidad sobre las que se levanta la efectividad de toda experiencia posible de la objetividad, pues sobre las condiciones universales y necesarias de la vida fáctica se puede abrir, como “modificación” de la experiencia pragmática inmediata sobre las cosas, la objetividad del conocimiento científico. Incluso, estas filosofías, en este caso más Heidegger que Ortega, en su afán de hacer una filosofía primera de la vida nos dicen como tenemos que entender desde la vida fáctica las dos formas más generales de la experiencia, el espacio y el tiempo. 
La mundanización e incluso la historización del plano trascendental no hace que los dos autores mencionados hayan podido superar la pretensión de universalidad de la filosofía como búsqueda de lo permanente y esencial de la experiencia que permite su objetividad. El pensamiento vitalista posfilosófico, por el contrario, desecha la búsqueda del “esquema” de toda vida humana posible y se lanza a ofrecer contenidos concretos de y para la vida que no pueden pretender su validez para toda experiencia posible.
Ortega sí se desentiende en múltiples ocasiones de su proyecto filosófico fenomenológico-trascendental universalista para ofrecer contenidos para la vida. Al hacer esto no tiene más remedio que recurrir a unas intuiciones vitales personales que no pueden justificarse de ninguna manera mediante la evidencia compartirle dialógicamente o monológicamente como evidencia de la razón universal vivida necesariamente por toda conciencia posible. El pensamiento vitalista posfilosófico no puede prescindir de unas intuiciones que solo pueden ser perspectivísticas pero que ofrecen sus contenidos aprehendidos como verdad de lo captado en la vida fáctica no univeralizable ni convertible en alcanzable por todos en un diálogo orientado al entendimiento. De esta manera, el pensamiento vitalista posfilosófico afirma su verdad sin acceder a tener que plantearla y justificarla en un discurso de fundamentación filosófica. 

martes, 7 de noviembre de 2017

"VERDAD SUBJETIVA" Y VALIDEZ RACIONAL INTERSUBJETIVA

Nuestro propósito no es el argumentar o el preguntar de la filosofía estricta, sino el afirmar de un pensamiento interesado solamente en la expresión de la propia perspectiva particular. En este sentido, nuestro modelo es Nietzsche, pero no el Nietzsche que trata de deslegitimar filosóficamente el conocimiento a base de relativismo nihilista, que hace una anti-gnoseología filosófica, sino el Nietzsche predicador vitalista que mediante contenidos cosmovisionales y axiológicos propuestos sin examen de su pretensión de verdad ofrece estímulos para la expresión y realización de una vida que busca su intensificación y su plenitud. Pero Nietzsche no tiene en cuenta los límites éticos y políticos que la vida expresiva y realizativa debe encontrar en la vida orientada a la convivencia y la comunicación justas y que halla en la intersubjetividad lingüística los principios universales de una racionalidad práctica.
Nietzsche también parece creer que lo expresivo realizativo de la vida en su impulso intensificador y plenificante tiene que estar reñido con la necesidad universalista normativa de la razón práctica en su función posibilitadora de la convivencia y la comunicación justas. Aquí, por el contrario, hemos afirmado que la razón práctica pone unos límites a la expresión y realización de la vida, pero dentro de esos límites queda un espacio amplio y suficiente de vida privada psicológica, de “relaciones psicológicas” no éticas y no políticas, que permite el desarrollo intenso y pleno de la vida sin necesidad de que ella rompa las barreras “morales” de la razón práctica. Esta, además, tiene una orientación intrínseca a la posibilitación de la comunicación y la convivencia públicas precisamente para que quede para el individuo un ámbito personal de realización y expresión donde domine lo que ha sido llamado libertad negativa, la autodeterminación de la vida por las elecciones del individuo según preferencias, creencias y gustos que quedan más allá de la función determinante de los principios universales éticos y políticos. 
El pensamiento posfilosófico que propugnamos pretende intervenir en esa esfera de las formas de vida y de pensamiento que tienen unos contenidos cuya elección libre, en el sentido de carente de coacciones externas, esta posibilitada por la ética y la política, pero que ellos mismos no son ni éticos ni políticos, y que están orientados, como decimos, a la expresión y realización del sujeto. En ese ámbito, nuestro pensamiento posfilosófico se propone como una perspectiva que afirma y se autoafirma por un interés y una necesidad de realización privada psicológica sin ninguna pretensión de validez normativa intersubjetiva propia de la razón práctica posibilitada por la esencia lingüística pragmática de la misma intersubjetividad.

Pero al afirmar esa perspectiva privada psicológica estamos afirmando la “verdad subjetiva” del individuo existente. Con Kierkegaard, afirmamos que hay una verdad de la propia subjetividad que no puede ser despreciada por el pensamiento como irrelevante o como un punto de vista que haya que eliminar desde la razón filosófica universalista y objetivista. La perspectiva contingente y particular de la propia individualidad en su identidad existencial psicológica es la “verdad subjetiva” que tiene que reclamar su primacía sobre toda verdad universal y objetiva de la ciencia o de la filosofía como verdad última de la vida en su radical e insuperable individualidad. Esta “verdad subjetiva” como verdad última y radical de la existencia individual es irracional en el sentido de que no puede ser justificada por ningún esfuerzo argumentativo de la razón  intersubjetiva orientada intrínsecamente a la convivencia y la comunicación justas de la esfera pública. Tiene que ser expresada de la manera que Kierkegaard llamaba “indirecta”, mediante una retórica del ejemplo existencial, y no mediante un discurso racional que busque directamente la justificación de su pretensión de verdad dirigida a la universalidad de todos los sujetos capaces de lenguaje. Va dirigida, por el contrario, a la búsqueda del seguimiento por parte de individuos existentes señalados y que puedan reconocer en la perspectiva ofrecida expresivamente su propia “verdad subjetiva” y no a la universalidad intersubjetiva inherente a las condiciones pragmáticas de toda comunicación posible.