lunes, 3 de febrero de 2020

VUELTA AL HUMANISMO BURGUÉS CLÁSICO

VUELTA AL HUMANISMO BURGUÉS CLÁSICO 
(Primera entrega)


La alternativa al hombre pequeñoburgués cientificista, economicista, “materialista” de sus mezquinos intereses privados y hundido en la más asquerosa barbarie cultural de masas está en la recuperación del burgués clásico humanista-liberal y de cultura abierta a los valores que se descubren en la comprensión de lo humano. Esta comprensión de lo humano axiológicamente fructífera no tiene por qué significar un relativismo disolvente y en última instancia nihilista, sino que puede significar una cultura de valores superiores que permitan el reconocimiento y la simpatía hacia todas las manifestaciones de lo humano donde la existencia encuentra satisfacción, siempre parcial, a la aspiración a la excelencia. 
El burgués clásico albergaba en sí una cierta cantidad de romanticismo alto de miras suficiente para no caer en trivialidades humanitaristas y en una falsa mesura en la percepción de lo humano limitadora de la simpatía hacia lo vitalmente sublime y extraordinario. Pero, a su vez, su mesura clasicista le inmunizaba frente al peligro romántico de caer en el abismo de un irracionalismo maléfico. No obstante, al abrigo de la cultura burguesa clásica podían desarrollarse formas de romanticismo o de irracionalismo vitalista que podían llegar a contar con el reconocimiento e incluso con la simpatía del burgués “clásico”. Y entre esas manifestaciones culturales y vitales no “clásicas” y el “clasicismo” del burgués, grande en sentido cultural, podía establecerse una “dialéctica” fructífera para la profundización y el ennoblecimiento de la vida y de la cultura. Esa “dialéctica” se dio de hecho, en el plano de las manifestaciones literarias y artísticas, durante el siglo XIX, el siglo dominado socialmente por la figura “clásica” del burgués. 
Es indudable que en este tipo de burgués se daba un momento ideológico conservador que le permitía evitar el caer en un relativismo desarraigante y destructor de la solidez social y psicológica de la existencia. Este elemento conservador “de valor” era necesario para preservar al buen burgués culto del nihilismo que es aliado del “materialismo”, con enmascaramiento utilitario religioso o sin él, de la miseria espiritual del pequeñoburgués. Este nihilismo no es ya un espantajo para el pequeñoburgués filisteo resultante como tipo humano dominante de la “rebelión de las masas”, sino que en él como medio cultural se mueve muy bien el “materialismo” y el relativismo, abiertamente progre o disimulado ideológicamente, de este pequeñoburgués filisteo. 
La disposición familiar y profesional burguesa, organizadora “clásicamente” del amar y el trabajar de la sana normalidad humana, es una irremplazable infraestructura de la vida sobre la que puede elevarse una cultura de miras amplias y no limitada en su comprensión de los más diversos y plurales fenómenos humanos. A pesar de todos los cambios en los contenidos y modalidades de la institución familiar y a pesar de toda la complejidad económica creciente de nuestras sociedades, la organización de la vida sobre la convivencia familiar y sobre la dedicación profesional según las exigencias de la división del trabajo no ha podido ser destruida por ningún progresismo ni por ninguna revolución. 
El burgués clásico podía tener formación científica, pero tenía claro que lo esencial se encuentra en la comprensión de lo humano, para lo cual no vale ninguna “cultura científica” sino solo una sensibilidad para los valores y su jerarquía apoyada en una formación de la sentimentalidad superior, espiritual, de la persona. La forma de vida del burgués clásico era sostenida por valores humanistas de idealismo práctico y no por el “materialismo” que, si bien no puede ser deducido de la tecnociencia como corolario filosófico suyo, se expande como la pólvora en el seno de la sociedad dominada culturalmente por esa tecnociencia. En la discusión sobre el posible carácter “ideológico”, en el sentido de “falsa conciencia” encubridora, de ese idealismo humanista práctico del burgués clásico entraremos después. 
Pero esta figura del burgués de gran estilo vital y cultural ha sido tragada por el ascenso de la marea de la barbarie de las masas pequeñoburguesas. Esta marea ha sido el verdadero enemigo del espíritu en la modernidad y ha producido más “normalización” empequeñecedora del hombre que todo el poder psiquiátrico, clínico, carcelario y escolar del mundo burgués clásico. Poder este tan sutilmente y exquisitamente analizado por Foucault, incluso con alcance, al parecer, “ontológico”, de manera que a tantos fascina y también despista. Hay un humanismo burgués clásico que no es ningún “dispositivo” de saber-poder al servicio de la “fabricación del hombre disciplinado”, sino un logro espiritual superior de la humanidad y que cuando tuvo vigencia social supuso la posibilidad de un desarrollo sumamente valioso del individuo. No cabe duda de que al remate de esta figura clásica del burgués humanista ha colaborado notablemente la destrucción del humanismo llevada a cabo por ciertas filosofías del siglo XX, que sin duda parten del Nietzsche más destructivo. Pero este pensador, cuando profetizó sombríamente al “último hombre” y cuando exigía la declaración de guerra de los hombres superiores contra las masas, estaba tomando como objetivo polémico de su filosofar a la nueva figura ascendente del pequeñoburgués filisteo pasivamente nihilista y disfrutador utilitario de comodidades y  miserables seguridades vitales que ya no podía albergar dentro de sí la estrella ideal de las aspiraciones espirituales del humanismo burgués clásico. 
Y debe tenerse en cuenta que la crítica filosófica del humanismo se ha tratado de un fenómeno sintomático aparecido en las altas esferas de la ideología. El verdadero y principal enemigo del espíritu humanista han sido las masas, liberadas en su fealdad y barbarie por un democratismo culturalmente radicalizado más allá de su necesario y justo papel en el funcionamiento viable del sistema político del liberalismo moderno. El filósofo español Ortega y Gasset se encargó de avisarnos del peligro de este democratismo patológico. Hoy es crimen de lesa humanidad democrática reivindicar su legado “elitista”, e incluso según algunos“fascistoide”,  en lo que se refiere a este problema. Pero advirtamos que en ningún momento queremos reivindicar un liberalismo burgués pre-democrático o anti-democrático, sino solo defender una figura cultural de individuo humanista, que si bien creció en determinado contexto político y social que no puede ser el nuestro, podría resurgir entre nosotros, como luego trataremos de defender,  en otras condiciones. Y, además, esa recuperación supone la única posibilidad de encontrar, para el individuo consciente de la decadencia cultural y vital en la que vivimos, una salida de la modernidad en descomposición espiritual.

                                                                         

                                                                          II
Un burgués clásico culto y comprensivo de lo humano de manera liberal superior nos puede estar ejemplificado por don José Ortega y Gasset. Este filósofo español nos muestra cómo un talante liberal-humanista culto no tiene por qué significar un “conservadurismo” estrecho de miras en la comprensión de lo humano, plural en su constante poder de autoinvención histórica, ni tampoco un progresismo democratista en sentido plebeyista que caiga en un filantropismo moralizante superficial o en un nihilismo disolvente de la substancialidad ética de la vida burguesa clásica o disolvente del espíritu, entendido éste como la realidad de ciertos valores morales, cognitivos y vitales, el asentamiento en los cuales permite la comprensión jerarquizante de lo humano. No es cierto que Ortega negara nunca, en su ejercicio efectivo de valorar los fenómenos humanos de lo que sucedía en su época, la existencia de esos valores que permiten el juicio, comprensivo pero discriminativo en sentido jerárquico, sobre lo humano frente a una indiferencia relativista ante ello. No es cierto que con su perspectivismo o con su historicismo Ortega negara los valores del espíritu que permiten el juicio comprensivo pero jerarquizador de lo humano. Esta capacidad orteguiana de juzgar lo humano concreto en sus manifestaciones sociales, culturales y políticas supone la admisión de que existe una verdad axiológica de lo humano. 
“El hombre no tiene naturaleza, solo tiene historia”, pero los valores del espíritu permiten juzgar los fenómenos humanos de la historia, como el propio Ortega bien que lo practicó cuando habló de las masas, de las realidades políticas y culturales de la España de su época o del mundo de su época en general o, incluso, de las mujeres, generalmente tomadas ( tal vez por una incoherencia “patriarcal” suya) en su ser natural y no en su variabilidad histórica.
Como es bien sabido, Ortega defendió explícitamente la objetividad del valor en su famoso texto de 1927 “Introducción a una estimativa”. Este texto creemos que ocupa una posición clave en su producción, pues  su constante juzgar los más diversos contenidos de la cultura española y de su época en general no puede encontrar otro respaldo filosófico que la admisión de una capacidad de intuición del valor objetivo. Pero la imposibilidad de universalizacón de los contenidos de valor intuidos forzó a Ortega a tener que reconocer el perspectivismo como posición gnoseológica inevitable. Es bien sabido también que este perspectivismo orteguiano no tiene un carácter relativista, sino que es un perspectivismo de la verdad que afirma que está se da en “aspectos” cuya captación requiere no prescindir del punto de vista personal sino su asunción en un sentido ético existencial radical. La verdad no requiere que hagamos abstracción de lo personal, sino que seamos fieles radicalmente a ello para poder captar el “aspecto” de la verdad que solo nos puede estar dado a nosotros. Aquí se plantea el problema del criterio para poder saber que el “aspecto” de la realidad que nosotros vemos no es ilusión, desvarío o patología. Ortega parece apuntar a un criterio dialógico cuando dice que nuestra verdad perspectivìstica debe servir para la construcción progresiva de la verdad total a través de su unión comunicativa con la verdad perspectivística de los demás. El criterio buscado, en cualquier caso, solo puede tener un carácter pragmatista en sentido cultural: nuestra perspectiva será válida, aún en su parcialidad, si conseguimos hacer de ella “cultura”, es decir, si ocurre de hecho que alcance una influencia reconocida sobre otros, si alcanza la relevancia del reconocimiento por otros individuos que tengan una mínima significación cultural, aunque sean una minoría social.
A diferencia de lo que ocurre en Ortega, en Nietzsche la pretensión de verdad de sus juicios de valor, tan contundentes, está destruida por su propia concepción filosófica primordial, pues su relativismo de “la voluntad de poder”, que culmina en un nihilismo ontológico, en una negación de la objetividad del Ser, hace que todo juicio no sea sino la expresión de una determinada perspectiva no referida intencionalmente a la verdad, sino que es solo uno de los centros inestables y no substanciales en los que provisionalmente se manifiesta y condensa la “voluntad de poder”, donde lo que hay son solo fuerzas en liza por la dominación vital y no referencia a una sustancialidad y objetividad de lo que acaece, que son negadas por Nietzsche. Por esto, puede parecer perfectamente que la última palabra de la filosofía de Nietzsche es un nihilismo ontológico, cuyo carácter polemista está innegablemente concebido según un modelo biologicista de la lucha entre seres vivos, si bien, a diferencia de lo que ocurre en Darwin, lo buscado por las contingencias  de lo existente no es la adaptación al medio, sino el dominio sobre otras contingencias en las que se manifiesta la “voluntad de poder”. Pero con ese biologicismo polemista montado sobre la negación de la objetividad del Ser, los propios juicios de valor de Nietzsche no pueden quedar como pretendida coincidencia con lo real y tampoco como desvelamiento de lo habitualmente oculto, sino solo como medios de una contingencia personal de la “voluntad de poder”, el propio Nietzsche como centro no substancial de fuerzas en busca del poder, para obtener e incrementar su poder y su sensación del mismo, que a su vez incrementa la intensidad vital autosentida de la fuerza que juzga. 
Pero volviendo a Ortega, hay que señalar que a él le preocupó el problema filosófico de fondo de cómo es posible que las verdades atemporales hagan su aparición en la particularidad contingente de las vidas históricas y personales, pero él no negó que existieran estas verdades que, en su vertiente axiológica, permiten juzgar discriminativamente sobre lo humano. Esto se hace patente en un conocido pasaje de “¿Qué es filosofia?”, también otras veces citado, donde se nos dice claramente que existen verdades universales por atemporales ( a las que, siguiendo la concepción “intelectualista” e idealizante del espíritu propia de la metafísica occidental, podamos llamar con este nombre de “espíritu”),pero que el problema está en saber cómo advienen a la vida psicológica históricamente situada del individuo que las descubre y enuncia:

“no cabe, pues, heterogeneidad mayor que la que existe entre el modo de ser atemporales constitutivo de las verdades y el modo de ser temporal del sujeto humano que las descubre, y piensa, conoce o ignora, reitera u olvida. (...) Pero he aquí que un cierto instante una de esas verdades, la ley de la gravitación, se filtra de ese trasmundo al nuestro como aprovechando un poro que se dilata y le deja paso. El ideal meteorito queda proyectado en el intramundo humano e histórico. (...) Pero esa caída y filtración en nuestro mundo de la verdad trasmundana plantea un problema sumamente preciso que, vergonzosamente, está por investigar. El poro cuya abertura aprovecha la verdad para deslizarse no es sino la mente de un hombre. Ahora bien, ¿por qué tal verdad es aprehendida en tal fecha y por tal hombre, si esta, como todas sus hermanas preexiste indiferente al tiempo? ¿por qué no fue pensada antes o después? ¿por qué no fue aprehendida antes o después?”

Este es el problema que preocupó también a Max Scheler en su sociología del conocimiento, que llega a la conclusión de que hay una “impotencia del espíritu” para hacerse presente por sí mismo en la vida fáctica y temporal, si no se dan contingentemente unas condiciones históricas materiales que lo permitan. 
En lo que respecta a Ortega, podemos sacar la conclusión de que él, como burgués clásico comprensivo de lo humano pero no relativista, no cayó nunca en ningún nihilismo anti-espiritual, no negó la existencia de verdades superiores atemporales, de verdades “del espíritu”.
Otra cosa distinta es que Ortega cuando hacía sus juicios de valor estuviera haciendo realmente filosofía y no un ejercicio retórico de exposición de una perspectiva personal no universalizable ni demostrable argumentativamente en su verdad. Sobre cuestiones vitales e histórico-culturales no puede haber filosofía sino solo opinión personal más o menos bien expuesta como para convertirla en opinión relevante culturalmente y que pueda ser iluminadora para otros. Fuera de la validez puramente formal de los principios universales y necesarios, tanto de la razón teórica como de la razón práctica, solo hay opinión personal perspectivística. Ese es el terreno sofístico y retórico de las luchas culturales, de las luchas por la autoafirmación de las propias perspectivas, pero no es el reino de la filosofía. Los contenidos vitales y culturales quedan más allá de la “forma lógica” de la que puede tratar la filosofía. No hay ni dialéctica, ni fenomenología, ni axiología “material” que pueda romper este límite de la filosofía. Al que quiera defender y autoafirmar su visión sobre los contenidos vitales y culturales solo le queda lanzarse al incierto medio de la lucha retórica y sofística. Y si no tiene éxito en ello, solo le queda el refugiarse en una interioridad que se haga fuerte en sus evidencias vitales no comunicables exitosamente pero elevadas a la categoría de verdad personal, de “verdad subjetiva” que constituye el máximo valor de lo que uno es sin realización ni reconocimiento, pero con convencimiento solitario irrenunciable. Kierkegaard podía tener la seguridad de que su valor propio irrenunciable estaba garantizado, en su propia soledad, por Dios. Si no se tiene a Dios, solo se puede tener una soledad orgullosa, que seguramente solo es vanidad y pecado, pero que puede estar a la espera del Dios que la absuelva y al mismo tiempo la ratifique en su “verdad subjetiva” fracasada en el mundo. Para quien cree en Dios, busca a Dios o necesita a Dios, Dios no puede significar otra cosa que la ratificación objetiva, universal y con ultimidad, de lo que él cree y siente, de su “verdad subjetiva” 
Ortega también acierta cuando sitúa el problema moderno de la degradación cultural de la vida cotidiana en su contexto histórico-social concreto y lo explica como resultado de la “rebelión de las masas”, no elevándolo a ese plano ontológico- trascendental en el que lo sitúa Heidegger cuando en su analítica de la existencia de “Ser y Tiempo” convierte la “caída” en un destino universal y necesario de toda existencia humana. Esta descripción “hermenéutico-fenomenológica” de la “caída” que nos ofrece Heidegger no es otra cosa que la descripción del mundo cotidiano de la pequeña burguesía filistea de la modernidad tardía, en la que se produce el dominio vital y cultural de un tipo de hombre valorable como inferior, el hombre- masa. Frente a esta situación, cuya realidad degradada y despreciable se evidencia en la vida para ciertas perspectivas personales de esas que hemos considerado no universalizables pero que dan una verdad personal irrenunciable y que hay que luchar por hacer relevante culturalmente, frente a esta situación, decimos, hay que oponer la posibilidad de una cultura burguesa  clásica que nos saque de la ”inautenticidad” de la existencia sin necesidad de tener que recurrir a una alternativa “ontológica” planteada en términos existenciales tremendistas, que pueden resumirse en un nihilismo decisionista que pretende el ademán de lo heroico frente al presupuesto sinsentido de la vida humana. 
De la discusión sobre esta idea de cultura burguesa clásica, sobre su supuesto carácter “ideológico” y sobre su viabilidad en las actuales condiciones históricas nos ocuparemos en la próxima entrega de este escrito. 






sábado, 1 de febrero de 2020

DISCURSO DE “LAS CIENCIAS Y LAS LETRAS”

DISCURSO SOBRE “LAS CIENCIAS Y LAS LETRAS”
(Primera entrega)





“La conversación no decaía un momento; la princesa no tuvo que echar mano de las dos piezas de artillería que reservaba para las ocasiones en que no se encontraba tema para charlar: el bachillerato de letras y el de ciencias y el servicio militar obligatorio; tampoco la condesa tuvo ocasión para burlarse de Levin”.

León Tolstoi, “Ana Karenina” 




El tema de “las dos culturas”, planteado en términos sociológicos y de crítica cultural por la famosa conferencia de C. P. Snow de igual titulo, podría ser elevado a un nivel filosófico y planteado como problema no ya cultural, sino de auténtica trascendencia espiritual-filosófica para nuestra época. Vivimos en una civilización tecnocientífica donde el lugar que en ella pueda ocupar una cultura “humanística” se vuelve totalmente problemático, si no es que se revela como una necesidad impuesta por la situación histórica el despedirse de toda ilusión sobre ese tipo de cultura “humanística”. Pensar, como hacen ciertos amigos de la ciencia, entre los cuales se encontraba el propio Snow, que la cultura “de ciencias” es postergada en nuestra sociedad porque los escritores o pensadores son más conocidos que los científicos o porque para ser considerado “culto” se exige saber datos de humanidades pero no la comprensión de los conceptos y leyes científicos básicos es coger el rábano por las hojas y enfocar el problema de una manera trivial. Hoy es dominante entre las masas y también en las élites gobernantes una ideología tecnocientificista que impone la percepción de la ciencia como un gran bien progresista de la humanidad y que es incapaz de una valoración de la cultura “de letras” que haga de ella, como “humanismo”, un principio de dirección espiritual de nuestra sociedad. Decir que hay hostilidad hacia la ciencia es un error de percepción que se queda en la superficialidad sociológica de ciertos fenómenos, como el ya indicado del significado preferentemente “libresco” de humanidades que se da al término “cultura” o como el de la supuesta peligrosidad social de supersticiones y seudociencias, que, a pesar de toda la preocupación que crea en los amigos de la ciencia autodenominanados “escépticos”, es un fenómeno marginal y cuyas raíces profundas podrían estar en un deseo de, en el tratamiento de lo propiamente espiritual, imitar a las ciencias, es decir podría estar en lo que se ha llamado un “materialismo difuso” de origen, en este caso, cientificista. Hay seudociencias y supersticiones mágicas porque a ciertos individuos, que por su marginalidad social pueden ser considerados “chalados”, les gustaría que lo espiritual ( o si se prefiere, y según este uso lato de “espiritual”, lo psicológico) pudiera ser tratado como la ciencia trata a la materia. 
Por otra parte, las humanidades están hoy absolutamente envueltas en una idea de “cultura” que desactiva totalmente la importancia y el valor que ellas podrían tener como principio  creador de un auténtico espíritu superior de la época. Las humanidades o están encerradas y secuestradas por los profesores en los guetos académicos o se aprecian por su colaboración en la producción de materiales para el ocio selecto de ciertos estratos burgueses que más bien podrían ser considerados , tanto en sus versiones conservadoras como progresistas, como seudocultos o semicultos. El espíritu de nuestra época es el marcado sin lugar a dudas por el imperio ideológico y cultural –aparte, desde luego, de su innegable dominio práctico- material sobre la realidad humana y natural– de la tecnocienciencia, y querer que se conceda todavía más valor a la ciencia y a la “cultura científica” es seguramente un síntoma más del cientificismo de nuestra civilización, cuando no una desdeñable maniobra motivada por banales intereses corporativos de los científicos. 
Las masas son hoy cientificistas hasta la médula y su actitud ante las humanidades es la de una filistea condescendencia, cuando no, entre sectores pequeñoburgueses con intereses ideológicos conservadores de tintes religiosos, de franca hostilidad. Por su parte, los sectores progresistas “con sensibilidad” viven disfrutando en su ocio de una cultura, filistea por su autocomplacencia y sectarismo, de “intelectuales” y “creadores” mediáticos y subvencionados que no parece que signifique un verdadero humanismo con valor espiritual “supraideológico”. 
En cuanto a la falta de una “cultura científica” bien generalizada y su presunta postergación frente a la cultura “de letras” ( postergación que en otro tiempo pudo ser mediática, pero ya no lo es, pues hoy las noticias de ciencia han igualado o incluso superado, si mi actual distanciamiento de toda prensa no me engaña, a las noticias “culturales”) hay que decir que ello, cuando pudo existir en la civilización burguesa clásica ya fenecida, respondía a una acertada y justa intuición sobre el valor respectivo de la ciencia y de las aportaciones de escritores, artistas y pensadores. Los conocimientos científicos hacen referencia, en su valor humano, a los medios de la vida, a un saber de manipulación instrumental de la naturaleza para conseguir nuestra viabilidad y expansión como especie biológica, mientras que los conocimientos tradicionales de humanidades se refieren a los fines de una existencia humana plena. La tecnociencia sirve para la conservación y la reproducción de la simple vida, mientras que las humanidades, tradicionalmente, han hecho referencia al buen vivir. O dicho en un lenguaje que a muchos irritará, las humanidades tienen un valor espiritual, la tecnociencia ninguno. 
La diferencia de valor en la jerarquía de lo puramente humano entre “ ciencias” y “letras” fue bien vista por Ortega en su Meditación de la técnica cuando defendió la prioridad antropológica del “proyectar” e “inventar” la vida propios de pensadores, poetas, artistas, profetas, héroes, grandes políticos sobre el proporcionar medios para el simple vivir propio de las ciencias y sus técnicas. Ortega concede una función valorada positivamente al servicio prestado por las ciencias, pero porque con él el hombre se ve liberado, en su tiempo y en sus energías, para la proyección “humanista” de la vida en su excelencia. Incluso piensa que los medios que la tecnociencia proporciona no para la simple conservación y reproducción de la vida materia, sino para la satisfacción de necesidades “artificiales” están subordinados, en su valor humano y en su propio orden de aparición temporal, a las concepciones y proyectos de vida buena que ofrecen y lanzan sobre el decurso histórico las “celebridades humanistas” que con sus obras han suscitado esas necesidades de orden superior. 

Pues, precisamente, una cultura de humanidades que proyecte espiritualmente la vida y que sea principio rector y creador de las formas de vida es lo que falta hoy por completo. Esa función de “invención y proyección” humana de la vida es hoy cumplida por la ideología cientificista, que ha derrocado por completo a los ideales “humanistas” de vida en la dirección de la cultura humana, entendida no como acumulación de conocimientos, sino como las concepciones y proyectos que elevan, según lo que Aristóteles pensaba que era lo específicamente humano, por encima del simple vivir para buscar la excelencia del vivir. 

viernes, 24 de enero de 2020

POR QUÉ NOVOY A IR A LA MANIFESTACIÓN CONVOCADA PARA EL DOMINGO EN DAIMIEL SOBRE LA CATASTROFUCA SITUACIÓN POR DESECACIÓN DEL PARQUE NACIONAL DE LAS TABLAS DE DAIMIEL

POR QUÉ NO VOY A IR A LA MANIFESTACIÓN POR LA SITUACIÓN DE LAS TABLAS DE DAIMIEL

No existe una culpa ni colectiva ni de nadie en particular de la situación presente de Las Tablas de Daimiel. No existe una responsabilidad personal de los agricultores, ni de los políticos y tecnócratas del tardofranquismo que realizaron la desecación del cauce del Guadiana, ni tampoco de las autoridades locales que en su momento permitieron la actuación de esos tecnócratas y políticos venidos de Madrid. De esto último parece que no se ha hablado nunca, pero yo tampoco soy partidario de exigir responsabilidades a personas que no creo que actuaran de mala fe, sino movidas y presionadas por su situación personal circunstancial en aquellos momentos. La culpa es de una Modernidad manipuladora, explotadora y depredadora de la Naturaleza, en la que la acción conjunta del capitalismo y de la tecnociencia, en perfecta simbiosis donde no existe la primacía ni lógica ni temporal de ninguno de los dos factores sobre el otro, llega a crear el peligro de la destrucción de la Tierra. Y esto no es hablar en alocados términos apocalípticos, sino hablar de algo que ahora tanto se utiliza para vanos intereses políticos, como es el asunto del cambio climático. 
Ante esa Modernidad culpable de destrucción de la Tierra, son también vanos politiqueos las movilizaciones, los “compromisos” y todas las romerías reivindicativas que se quieran organizar. Ante ella solo tiene valor espiritual la toma de conciencia individual de que no se trata de un problema local o resoluble con acciones políticas populares o no populares, sino de un problema epocal civilizatorio. Cualquier medida”política” ante la situación epocal de devastación de la Tierra sólo puede significar paños calientes o intentos de solución que tienen que chocar a la fuerza con intereses legítimos o, mejor dicho, con intereses que en el contexto político liberal de la Modernidad no pueden ser legítimamente neutralizados. 
A estas alturas de la destrucción epocal y civilizatoria de la Naturaleza lo que hay que hacer es buscar la evasión individual a una situación cultural privada donde los principios de la Modernidad queden en suspenso, donde no le afecte a uno la destrucción del espíritu que también provoca la Modernidad, aunque esta destrucción, que en realidad es lo más grave y lo que trae consecuencias de destrucción material, sea más difícil de percibir. 
Esto puede parecer que es una respuesta ante el problema análoga a la del lema “Tranqui, chaval, la sociedad es la culpable”, pero es la verdad de fondo del problema, y aunque Las Tablas puedan salvarse con medidas técnicas aportadas por las correspondientes decisiones políticas, las fechorías ecocidas y antiespirituales de la Modernidad van a continuar, y ante ellas tendría más valor (espiritual, como hemos dicho, pero que incluso podría llegar a ser político algún día) la toma de conciencia de que nos enfrentamos a un fallo de la civilización moderna y no algo resoluble con medidas técnico-políticas o de lo que se pueda echar la culpa, seguramente para tranquilizar nuestras propias conciencias de disfrutadores consumistas de esa civilización, a estos o a aquellos. 
Dejemos a los politiquitos y a los “abundantes” ( como se dice aquí en Daimiel) de la sociedad civil que hagan sus carreras y que se “visibilicen” con sus manifestaciones y “compromisos”, y busquemos la única alternativa hoy posible a la Modernidad destructora, la de ponerse a salvo espiritualmente de ella de forma estrictamente individual. 
Puede parecer también que esta alternativa que propongo al desastre de la Modernidad es una alternativa que se complace en el refugiarse en “la torre de marfil”. Pero he de decir ante este reproche que, a pesar de la ideología plebeyista tan extendida en la sociedad actual, yo no tengo nada en contra de “la torre de marfil”, como tampoco lo tenía el filósofo alemán de izquierdas Theodor W. Adorno, según manifestó cuando salió a defender su no compromiso con las movilizaciones políticas radicales del 68. Más importante que manifestaciones políticas y “abundanteos” en la “sociedad civil” sería que la situación de Las Tablas sirviera para concienciar a unos pocos, capaces de refugiarse en su “torre de marfil”, que estamos ante un problema que afecta a los fundamentos y los principios de nuestra época y de nuestra civilización.   



jueves, 12 de diciembre de 2019

CARTA DE AMOR A LA FILOSOFÍA

CARTA DE AMOR A LA FILOSOFÍA 


Desde que Platón te considerara una forma suprema de amor, muchas son las complicaciones y transformaciones que has sufrido en tu historia. El “intelectualismo” de tus métodos y de tus objetos de conocimiento parece que han hecho olvidar la carga libidinal sublimada, amorosa, que pertenece a tu esencia. 
Pero yo te amo porque, a pesar de todo, tú eres praxis amorosa de la razón frente al trabajo utilitario de la razón ocupada servilmente en sus cálculos y experimentos cuando hace ciencia. 
Yo te amo también porque tú no eres “cultura” para los burgueses y burguesas que gustan  de ornamentar sus vidas de amores y trabajos sensatos sometidos a la funcionalidad social con un poco de estética de la que no tiene problemas “ideológicos”. Para eso los burgueses y las burguesas ya tienen la música, las artes plásticas y la literatura decorativas. Como dijo también Platón, tú eres, igual que el amor supremo, divina locura, que a la fuerza tiene que resultar extraña y peligrosa para esos buenos burgueses y esas buenas burguesas hundidlos en una miseria intelectual y espiritual que se hace más inmunda cuando se presenta con el engañoso aroma de lo que hoy pasa por y se celebra como “cultura”. Parafraseando lo que Karl Marx dijo sobre la religión, se puede decir que la sedicente cultura de hoy es el aroma espiritual de un mundo sin espíritu. 
Yo te amo desde que era un adolescente. Sí, porque yo también he sido uno de los adolescentes que, porque te han descubierto y ha nacido en ellos la elevada pasión de conocerte y amarte, sufren y son estigmatizados como “intelectuales” o “raros” por los tontos y las tontas del bote, por los filisteos y filisteas.  
Yo también te amo porque tú no eres cosa de literatos “a la violeta” que disimulan sus ignorancias con vanos jugueteos del lenguaje. Tú buscas la seriedad del concepto y la profundidad de la idea, pero siempre movida por un amor auténtico al que no le importa la imposibilidad de la posesión plena, sino que encuentra en la aspiración y el anhelo su máxima vitalidad y su máxima razón de ser. 
Tú, si eres auténtica y valiosa, puedes ser y tienes que ser una divina locura de amor y tienes que brotar en medio del mundo burgués como una divina anomalía. “Los filósofos están locos” dice la siempre patosa sabiduría popular de los muchos. Ellos no pueden comprender que existe una divina locura, esencialmente amorosa, que según decía Platón había proporcionado a Grecia sus mejores cosas. Si yo te he amado desde mi juventud es porque para mí nunca han sido un modelo de normalidad deseable los burgueses y burguesas que solo viven para sus mezquinos intereses materiales y los de sus familias y que gustan dormir su triste sueño vital recostados en el almohadón de sus creencias vulgares y fáciles que les hacen vivir en la miserable seguridad de un optimismo superficial y barato y de una sensatez filistea.  Quien te ame tiene que estar dispuesto a luchar toda su vida con los filisteos y filisteas, con los hombres y mujeres de alma vulgar y pequeñoburguesa y hostiles al verdadero espíritu. Para ellos solo puede contar y tener valor lo que de alguna manera colabora en la producción material de la vida y en su reproducción animal. Ellos, los muchos del rebaño burgués, son los verdaderos culpables de que el mundo se esté convirtiendo en un hormiguero humano donde cada vez es menos lo que puede quedar por encima de los intereses materiales y biológicos de la especie. Por eso, si se ama la filosofía y ello lleva a entrar alguna vez en conflicto con la ideología del trabajo de los burgueses y de las burguesa, no hay que sufrir, porque se está cumpliendo la sacrosanta misión de colaborar a evitar que todos quedemos reducidos a habitantes de un inmenso hormiguero planetario sin más finalidad que la producción y reproducción de la vida material y biológica. 
Si se ama la filosofía, hay que evitar el error de pensar que ella es para todos. Cuando se es joven es fácil caer en la tentación de imaginar “utopías” en las que todos pudiéramos vivir siendo “intelectuales” para los que la condiciones materiales de la existencia no se convirtieran en su fin, sino que fueran solo un medio a solucionar de la manera más “justa” y “racional”, para que todos pudiéramos dedicar la parte fundamental de la vida al desarrollo espiritual de la personalidad. Pero esto es un error y una ilusión política. En todas las culturas y civilizaciones solo han sido minorías las que han podido elevarse por encima del estar esclavizadas a la producción y reproducción de la simple vida material y biológica. Y siempre será así. Pero esas minorías no eran parasitarias, como seguramente le gustará pensar al vulgar progresismo social hoy tan extendido, sino que eran, con sus formas de vida no sujetas a las servidumbres materiales, las que permitían el sentido y la dignidad humanas de las culturas y civilizaciones. Por eso el que ame la filosofía nunca se debe dejar vencer por el temor a no ser productivo o a no poder integrarse con normalidad burguesa funcional en el rebaño de los muchos. 
Yo, a pesar de toda esa ideología productivista y normalizadora de los muchos, te amo como lo extraordinario que nos saca de la miserable cotidianidad totalitariamente normalizadora en la que habitan los muchos, los filisteos y filisteas del rebaño burgués. Tú, la filosofía eres, como dijo Heidegger en su “Introducción a la metafísica”, el extraordinario preguntar por lo extraordinario, La filosofía requiere lo que también Heidegger llama el salto de la libertad “de misterioso fundamento”, que hace que de manera totalmente voluntaria nos apartemos de la “urgente atención y satisfacción de las necesidades dominantes”. Como dijo Nietzsche, citado también por Heidegger, “filosofía... es vivir voluntariamente en el hielo y en la alta montaña”.
Yo te amo porque tú nos inspiras el “amor a lo lejano”, que Nietzsche opuso al cristiano “amor al prójimo”, propio, según él, del animal de rebaño. Tú eres la más excelsa y apasionante aventura del espíritu. Tú eres para amantes solitarios que no confunden el calor del rebaño con eso que los muchos suelen llamar felicidad. 
Yo te amo, pero porque a la concepción “intelectualista”, académica y raciocinante que de ti tienen ciertos filisteos intelectuales le opongo la visión que de ti tuvo Nietzsche en “Más allá del bien y del mal”: “Un filósofo es un hombre que constantemente vive, ve, oye, sospecha, espera, sueña cosas extraordinarias”. 

Te amo porque te concibo no como una búsqueda intelectual de la realidad de las ideas extremas de la razón (lo absoluto, lo incondicionado, lo infinito, el fundamento último), sino como impulso apasionado de la voluntad hacia el Bien, la Verdad y la Belleza. Porque te vivo de una forma en la que hay una primacía del amor sobre la contemplación, y, desde luego, una primacía del amor sobre la razón pura, la lógica estricta, el intelecto riguroso. Es un Eros superior, celestial, divino, el que me inspira el amor que te tiene mi voluntad, que busca la plenitud, nunca poseída totalmente pero siempre anhelada, del Máximo Valor, que no es otra cosa que la plenitud sentida y creída de Dios. Porque el amor hacia ti es búsqueda amorosamente apasionada de Dios. 

sábado, 30 de noviembre de 2019

APUNTES PARA UN DISCURSO SOBRE “LAS CIENCIAS Y LAS LETRAS”

(escrito hacia el año 2000)


“La conversación no decaía un momento; la princesa no tuvo que echar mano de las dos piezas de artillería que reservaba para los casos en que no se hallaba tema para charlar: el bachillerato de letras y el de ciencias y el servicio militar obligatorio”.

León Tolstoi, “Ana Karenina”


Desde que C. P. Snow publicara su libro “Las dos culturas” periódicamente se ha reproducido en medios intelectuales la típica discusión de los institutos y colegios mayores sobre ventajas e inconvenientes, méritos y deméritos de ciencias y letras. Comúnmente la discusión se establece en términos psicológicos y sociológicos, que en sí mismos son irrelevantes, pero detrás de la cuestión sí hay problemáticas que son más esenciales, como la de sí existe un criterio claro de demarcación metodológica entre ciencias de la naturaleza y ciencias del hombre, la crítica política de la razón instrumental, qué es lo que puede querer decir la aseveración orteguiana de que existe una razón histórica y vital distinta de la razón científico-natural, etc.
No es mi intención insistir en la cháchara humanista en defensa de las letras con la que últimamente nos machacan hasta los gobiernos, sino solo ofrecer unas pequeñas glosas, más bien desordenadas y de carácter “culturalista”, sobre el particular. 

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Cuenta don Marcelino Menéndez-Pelayo en esa maravilla que es su “Historia de los heterodoxos españoles” que en la Edad Media hubo un curiosísima secta que defendía que cualquier cosa que se encontrara escrita en un libro era verdadera.
La tradición humanista, sin llegar a tanto, supone siempre que en las “escrituras” literarias se encierra una verdad humana universal, lo cual puede ser una suposición tan contingente históricamente, tan desmontable genealógicamente, como esa suposición que Foucault estudia a través de un amplio desarrollo que alcanzaría su apogeo con las prácticas confesionales y posteriormente psicoanalíticas y del que acabaría saliendo latan influyente políticamente “hipótesis represiva”, suposición según la cual la sexualidad sería el lugar donde se depositaría una profunda verdad personal. 
A propósito de escrituras, uno tiene la impresión de que los griegos, a pesar de lo que digan Nietzsche y compañía, eran gente más bien de ciencias, mientras que los judíos, con su Ley, sus Escrituras y su historicismo trascendente y obsesivo, eran como más de letras, hasta el punto de que la contraposición Atenas-Jerusalem, que hoy tan de moda está en la filosofía hermenéutica de la religión, podría entenderse como un enfrentamiento entre el Número y el Verbo. En tiempos de Jesús se decía entre los rabinos lo siguiente: “¿Cuándo estudiaré la ciencia gringa? Cuando no sea ni de noche ni de día, pues esta escrito: estudiarás la Ley noche y día”. Desde una postura anticientificista se le podría decir al joven intelectual de hoy: ¿Cuándo estudiarás la ciencia físico-matemática? Cuando no sea ni de noche ni de día, pues estudiarás la literatura, en todos sus géneros, incluyendo el metafísico, noche y día. 

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Existe un parentesco entre filosofía y matemáticas que a muchos sorprende cuando se habla de él. Tal vez no sea mucho lo que la filosofía tenga que decir a las matemáticas, a pesar de sus pretensiones de fundamentación, que en la mayoría de los casos pueden resultar ridículas o patológicas, pero sí es mucho lo que la filosofía le debe a las matemáticas o por lo menos a gente con formación matemática:
Temas muy queridos por los filósofos “de letras” como la dialéctica o la visión no mecanicista sino dinamicista y organicista de la realidad hunden sus raíces últimas en determinadas direcciones de la filosofía de uno de los creadores del cálculo diferencial, Leibniz. La imponente gigantomaquia del idealismo alemán poskantiano, con su atractivo ético ( Fichte), historicista (Hegel) o de visión de la Naturaleza alternativa a la tecnocienífica (Schelling), tampoco hubiera sido posible sin la aportación del matemático y óptico práctico Spinoza y su “Ética more geometrico demostrata”. Si en el siglo XX ha habido una filosofía sólida distinta del positivismo, de la que han estado alimentándose existencialistas, hermeneutas, personalistas y demás, ha sido gracias a la invención de la fenomenología por un matemático llamado Edmund Husserl. 


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Los argumentos anticientificistas que muchas veces se plantean no pasan de ser a menudo tópicos humanistas de una notable baratura, como ese de la “barbarie de la especialización”, cuando resulta ridículo pensar, como dice el profesor Gustavo Bueno, que un bárbaro pueda ser especialista en algo. ( Lo mismo podría decirse de la expresión mayo-sesentayochista de “idiotas especializados”, expresión que habría suscrito por ejemplo Ortega, autor sobre el que, por cierto, uno ha pensado muchas veces que, a pesar de lo antipático que puede resultar frecuentemente desde el punto de vista político, con su desprecio de las masas y su “prefascismo” de las minorías dirigentes, se habría sentido entusiasmado con el movimiento parisino de Mayo. Quede para otro artículo el tratar de mostrar lo necesaria que es ahora mismo, desde el punto de vista de la propia izquierda “auténtica”, la desmitificación de ese movimiento, con sus frases literarias de baja calidad y sus nefastas consecuencias en el campo, por ejemplo, de los planteamientos pedagógicos).
Los argumentos psicológicos y sociológicos son los que suelen emplear los padres “convencionales” para que sus hijos estudien ciencias. Sin embargo, recuerdo que cuando se producían mis primeros escarceos con la literatura y la filosofía, estando todavía en el bachillerato, mi padre trataba de disuadirme con argumentos como el de que los literatos solían ser malas personas, en apoyo de lo cual me remitía a un libro de Ortega donde al parecer se hace ese juicio a propósito de Ortega (argumento psicológico pero culto), o que Kant en su “Crítica de la Razón Pura” había dejado demostrado definitivamente ( se refería al famoso pasaje de las Antinomias de la Razón en la Dialéctica Transcendental) que los problemas filosóficos básicos no podían tener solución alguna, por lo que era mejor olvidarse de ellos. Incluso cuando, en una situación algo más dramática, no pude seguir ocultando mi entusiasmo por Marx y Nietzsche de consuno, me decía que esos autores habían escrito hacía más de cien años, cuando, por ejemplo, las casas no podían tener agua caliente, pero que la consolidación posterior del mundo burgués y capitalista, al proporcionar un bienestar generalizado, había hecho sus críticas totalmente obsoletas. Uno debe agradecer, desde luego, tener un padre que le oponía tales argumentos y no el filisteísmo crudo que suele ser más frecuente entre la pequeña burguesía. 
El filósofo abecedario José Antonio Marina ( que es de esos autores que cuando hablan o escriben parece que están en posesión del Santo Grial de la condición humana y tienen a bien aleccionarnos para que alcancemos la perfección con su palabra salvífica) afirma, seguramente con razón, que más que insistir en la enseñanza de las humanidades lo que hay que hacer es mostrar que existe una manera humanista de enseñar las matemáticas o la física. 
Recuerdo que en las clases de Física y Química de segundo de bachillerato se nos dijo en alguna ocasión que en muchas ocasiones la ciencia divergía del mundo aparente de los sentidos, como cuando, por ejemplo, la física atómica nos revelaba como una materia llena de “huecos” lo que a nuestros sentidos les parece materia compacta. Importante observación que puede llevar directamente al crucial tema filosófico de la relación entre el mundo tal y como lo describe y explica la ciencia y el mundo de la vida, tema en el que se atraviesa de lleno toda la fenomenología. Es evidente que la teoría científica puede dar mucho juego de este tipo, y no voy a descubrir ahora que los problemas centrales de la filosofía, que no es de ciencias ni de letras, como les gusta decir a algunos colegas, tienen su origen, sobre todo en la época moderna, donde el problema fundamental es el del conocimiento, en cuestiones lógicas y metodológicas que se plantean en lo más general de la teoría científica. 
Pero igual que Hegel decía que no hay filosofía que valga si no se entra en el arduo trabajo del concepto, si lo que se quiere es instruir personas con una sólida formación científica no queda más remedio que internarse de lleno en el terreno del todavía más arduo trabajo de la razón calculador ( como bien hacíamos en esas clases de segundo, que me aterrorizaban), razón que obviamente es una razón “deshumanizada”, lo cual no quiere decir algo negativo, análogamente a como precisamente Ortega veía en el carácter deshumanizado del arte del siglo XX su superioridad sobre el arte romántico y sus secuelas, que con todas sus sublimidades y florituras nunca sería capaz de sacarnos de los estrechos límites de “lo que les pasa a Juan y María”. El carácter deshumanizado de la razón instrumental tecnocientífica nos saca de una manera efectiva, inmediata de las miserias psicológicas e ideológicas de lo “humano, demasiado humano”. En la ciencia sí que se pasa, de una manera efectiva, en el ejercicio, en lo que efectivamente se está haciendo, y no de una manera meramente intencionada o en la mera representación, como solemos hacer los profesores de filosofía, de la “doxa” (simple opinión) a la “episteme’ (conocimiento razonado).

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En relación con la formación de Michel Foucault hay algunas anécdotas significativas concernientes a nuestro tema: cuando se encontraba en la elitista Ecole Normal Superier eran los alumnos de letras los que despreciaban a los de ciencias y no a la inversa, como hemos tenido que sufrir los que hemos convivido en algún colegio mayor con “telecos” y otras mentes robóticas; cuando estaba en el bachillerato su madre se preocupó (su padre era médico) de que en el colegio donde estudiaba se contratará un buen profesor de filoso, pues consideraba que esa asignatura era fundamental y muy difícil, lo que es significativo de la diferencia entre la burguesía francesa, la más culta de Europa, y la burguesía que se estila por otros pagos.



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Anécdotas psicológicas y sociológicas de la Facultad de Filosofía son muchas las que podría contar: cómo algunos de los alumnos más brillantes, amigos míos, eran hijos de ingenieros de “teleco”; lo que decía un compañero que había estudiado Derecho y al acabar se había puesto a preparar las oposiciones para notario: “estar en aquella situación me producía preocupaciones muy gordas, así que me dije: voy a ir a un sitio donde pueda institucionalizar mi neurosis...ya sé, voy a ir a la Facultad de Filosofía”; la presencia en aquellas aulas de un nieto comunista, también amigo mío, de don Raimundo Fernández-Cuesta; la cantidad de alumnos que se habían matriculado allí, según decían, por prescripción facultativa; el numerito que una licenciada en matemáticas le montó a un profesor porque no le entendía ni “papa”; las peleas entre analíticos y metafísicos; las misoginadas de algunos profesores, etc. 



sábado, 23 de noviembre de 2019

A UNA FOLLAMIGA (Nueva versión)

Ricura y hermosura de tu cuerpo
con la alegría de esas tus tetas
y el travieso coñito quitapenas,
poderoso santuario de mi miembro.

Qué maravilloso es el folleteo
que me das sin pamplinas de burguesa
y me venga de tanta tía buena
que no me tiré cuando era tiempo.

¡Vaya marcha que tienes, niña mía!
Son nuestros polvos la Gloria Bendita
o bendición de Dios en nuestros días.

Me como feliz esa tu almejita 
para que estés contenta de la vida
gozando celestial filosofía. 




viernes, 22 de noviembre de 2019

A UNA FOLLAMIGA

Ricura y hermosura de tu cuerpo
con la alegría de esas tus tetas
y el travieso coñito quitapenas
que presiona poderoso mi miembro. 

Qué maravilloso es el folleteo
que me das sin tonterías burguesas
y me venga de tanta tía buena
que no me tiré cuando era tiempo.

¡Vaya marcha que tenemos, niña mía!
Son nuestros polvos la Gloria Bendita
o bendición de Dios en nuestros días.

Me como ya otra vez tu almejita 
para que estés contenta de la vida
gozando celestial filosofía.