lunes, 25 de mayo de 2020

NOTA CONTRA LOS CURAS CATÓLICOS Y CONTRA LOS “MATERIALISTAS FILOSÓFICOS”

Los curas católicos y sus adláteres beatitos coinciden con los ateos materialistas en que si tienes problemas religiosos es porque estás loco. Parece ser que para estos curas católicos la única forma posible de salud mental religiosa es mantener una fe que no es otra cosa que sumisión a una tradición dada socialmente, es decir, positivismo tradicionalista.
Los ateos “materialistas filosóficos”, por su parte, no es de extrañar que sientan simpatía hacia el catolicismo, que no ha sido y no es otra cosa que un sistema de funcionalidad religiosa social que agosta toda preocupación espiritual viva. El sistematismo dogmático de los “materialistas filosóficos” es un antídoto contra el espíritu y la vida igual de eficaz que el sistematismo católico tradicional. Y ambos sistemas son expresión de la misma soberbia raciocinante. Todo el “logicismo” materialista y geometrizante del llamado “materialismo filosófico” (filomat) no puede ocultar que esta filosofía es un dogmatismo, cientificista porque se basa en la interpretación de la ciencia como conocimiento que da la verdad del materialismo, cuando la ciencia, aunque tenga que actuar siempre a través de un materialismo metodológico, no puede demostrar de ninguna manera que solo existe la materia.
Y además, el “pluralismo” del “filomat”, que afirma que materia no es solo la  extension corpórea sino también lo psíquico y el ser inteligible, supone un uso arbitrario del término “materia”, que se convierte en un término equívoco. Supone también una petición de principio: todo es materia porque yo voy a llamar también materia a lo psíquico y a lo inteligible, porque todo es materia. El rey filosófico-materialista está desnudo. 
Los que creen que teniendo un sistema ya están resueltos los problemas filosóficos de significado existencial, y en general todos los filósofos académicos eruditos de su propia filosofía o de las demás, no tienen ni puta idea de lo que es una preocupación personal auténtica por los problemas filosóficos y son deportistas intelectuales y filisteos intelectuales que se merecen el mayor de los desprecios. Y la significación existencial de los problemas filosóficos no es ni una expresión carente de sentido, ni una circunstancia ajena a la cosa misma del filosofar, que por ello sería despreciable, sino que la implicación existencial psicológica y biográfica es indicio de la autenticidad del propio filosofar, sin la cual lo único que se practica es un intelectualismo soberbio alienado del espíritu y de la vida. A tanto filisteo intelectual como hay en el mundo filosófico académico hay que darle en la cresta con Kierkegaard y también con Unamuno. La única verdad que puede estar presente en el filosofar es la “verdad subjetiva” de la implicación existencial interior en la preocupación por las cuestiones filosóficas que no son producto de la mera abstracción, a diferencia de lo que ocurre con la famosa preocupación por el “Ser”, sino que atañen a los impulsos plenos, vivos y auténticos de la voluntad del individuo. Todo lo demás son juegos ociosos de la inteligencia, que algunos practican por mera vanidad social que al mismo tiempo les procura el sustento material. Puro interés deportivo filisteo.   

martes, 7 de abril de 2020

ANHELO DE LA NOCHE JUNTO AL MAR

Palidez azul de la calma inmensa
que ofrece el mar en su clara certeza.
Pero el fuego imprevisto de la noche
llenará de misterio el horizonte.
Es lo oscuro el deseo de tu alma,
solo con resplandor de incierta llama.
Vendrá el desamor desde las estrellas,
la luna extenderá tristeza muerta.
Quieres la soledad y el sufrimiento,

noche trágica del resentimiento. 

miércoles, 1 de abril de 2020

TUITS Y REFLEXIONES SOBRE LA CRISIS DEL CORONAVIRUS


Uno vive la tentación de dar por buena esta súbita interrupción de la normalidad burguesa productivista-consumista, que a algunos nos podía resultar asfixiante, pero ojalá vuelva pronto esa normalidad, para que el individuo pueda desarrollarse, de manera conformista o inconformista, según sus capacidades y su libertad.



Los de VOX nos recuerdan muy oportunamente ( en Facebook) que, como dijo Séneca, la vida es milicia. Y entre tanto optimismo progresista y filisteo lo habíamos olvidado.

A ver si va a tener razón Trump y vamos a estar haciendo que el remedio sea peor que la enfermedad. Se trata de evitar que se produzca una mortalidad tan elevada como la que produjeron otras pandemias históricas ( entre 20 y 40 millones de muertos en la gripe española de 1918) pero lo estamos haciendo a costa de la paralización de la civilización.



Tal vez ahora nos demos cuenta de que el altruismo no es cosa de “buenismo” filantrópico sino de heroicidad y sacrificio. 



Enzarzados en una polémica sobre qué es lo esencial para el hombre. Según Aristóteles, lo propio del hombre no es conformarse con el simple vivir, sino buscar la vida buena. Pero eso es lo que justamente ahora tiene que perderse. 




A ver si a partir de ahora nos creemos menos que gracias a los avances de la tecnociencia vivimos en el mejor de los mundos posibles. Esto puede ser una consecuencia intelectual positiva de la pandemia.


Lo esencial en el hombre no es lo que permite el mantenimiento de la mera vida material y biológica, sino lo que sirve para la búsqueda de la vida buena y es eso justamente lo que perdemos cuando, como ahora, nos tenemos que conformar con el aseguramiento de la mera supervivencia



Oye, lo mismo en esta situación, con la economía y la vida paralizadas, era mucho más fácil la transición al socialismo o directamente al comunismo. Pero mejor no dar ideas. 



“Provocaron la ira de Dios con sus obras, y se desarrolló la mortandad entre ellos”.

Salmo 106, 29

Interpretar los hechos históricos COMO SI tuvieran un sentido en relación con lo sagrado, y con la IDEA suprema de lo sagrado ( Dios), tiene un valor CULTURAL supremo, aunque a los racionalistas materialistas y cientificistas les parezca una estupidez.



Esta Semana Santa mucha música sacra de calidad (Tomás Luis de Victoria, Bach, Händel, etc.) y muchas lecturas bíblicas y teológicas. Así se puede vivir una Semana Santa más espiritual que con las procesiones.Probadlo.



Me alegro por los médicos que estén ahora descubriendo que su trabajo es más que una función tecnoburocrática. Y desde luego los apoyo y los aliento en su lucha en la primera línea de esta guerra. 




Creíamos algunos que la sociedad tecno-capitalista nos permitía estar instalados con comodidad y seguridad en el “Gran Hotel Abismo” para ejercitar la crítica sibaríticamente desde él, pero ya ni siquiera eso. 




Hay algunos que en medio de todo esto pretenden irse de fin de semana al chalecito o la casita en el pueblo. Normal, los hábitos del bienestar pequeñoburgués no son tan fáciles de erradicar. 




Podrían alistar voluntarios para la realización de tareas logísticas en la lucha contra el covid-19. Yo me presentaría sin dudarlo, aunque no sé si me aceptarían por mi “nerviosismo”.




A ver si después de esto se puede llevar a cabo una “reforma intelectual y moral” que acabe con el materialismo que hasta ahora ha venido dominándonos. 



Para Heidegger, en la entrevista póstuma de “Spiegel” el problema era que “todo funciona” (“Esto es precisamente lo inhóspito, que todo funciona y que el funcionamiento lleva siempre a más funcionamiento”) Ahora no es ese el problema. 



Esto puede significar una crisis de la sociedad burguesa(ahora más bien pequeñoburguesa) como la que supuso la guerra del 14. Eso puede venir bien, pero esperemos que ahora la consecuencia no sea la emergencia de nuevos “totalitarismos”. 



Me gustaría que hicieran un estudio “de género” sobre la transmisión de “fake news”. 



En unos momentos en que todo el mundo se encomienda a la tecnociencia médica, yo no tengo ningún inconveniente en recurrir al lenguaje de la plegaria religiosa. 


Buenos tiempos para reflexionar sobre la justificación pragmatista de la religión. 



¿Será esto el Acontecimiento que propicie un nuevo “modo de darse” ( Ser) de los entes para el hombre (o como se diga)? 




No sé si estaremos preparados materialmente para esto, pero ESPIRITUALMENTE no estábamos preparados. 



Una abstención forzosa de relaciones sociales insubstanciales tampoco les va a venir mal a muchos. Pero ojalá venzamos y pase esto pronto y cada uno pueda adoptar la forma de vida que le dé la gana. 


Nos habíamos creído que el mundo era Jauja, y el mundo no es Jauja. 


Antes la gente se encomendaba a los santos  y a las Vírgenes. Hoy nos encomendamos a los médicos y sanitarios. Veremos a ver qué da mejor resultado. 



A los creyentes en la Modernidad, el Progreso y la Ilustración se les va a acabar el chiringuito intelectual. Pero la alternativa no pueden ser las frivolidades y tonterías posmodernas. Veremos cuál podrá ser. 



Se está diciendo mucho que la salud es lo primero. Disiento. Eso es expresión de un materialismo práctico vulgar que nos reduce a meros seres biológicos incapaces de acceder a valores culturales por los que cabe arriesgar el propio bienestar e incluso la propia vida. 



Yo creo que, según cuentan por lo menos las tradiciones locales, hasta ahora toda las epidemias históricas habían cesado por la intervención de algún santo o alguna Virgen. Veremos ahora si también podemos salir de esta ya sin Vírgenes o santos invocados por el poder secular.🤔



Esto nos debería servir para no creernos invulnerables y exentos de sufrimientos duros en la vida por tener una tecnociencia hiperavanzada, no para incrementar el culto materialista, burgués y filisteo a la tecnociencia. Yo, si me pongo malo, recurriré como todo el mundo a la tecnociencia médica, pero hay que saber que ante el misterio y la dureza de la vida y de la muerte hay que estar preparado con otras armas ESPIRITUALES. Con las armas espirituales de la religión tradicional y convencional, el que quiera y sea eso lo que conozca, o con otras armas espirituales más sofisticadas o simplemente más individualizadas, el que pueda y también quiera.


“A ver si de esta nos percatamos, que pagar a un científico es mucho más importante que pagar a un futbolista!”

Leído en Facebook

Y yo digo: a ver si de esta nos enteramos de que por mucha ciencia que tengamos y muy bien pagada que esté, no vamos a vivir nunca en un mundo sin desgracias, y también nos enteramos de que la ciencia no puede proporcionarnos “el mejor de los mundos posibles”. ¡Basta ya de materialismo cientificista burgués y filisteo!



A mundo revuelto, ganancia de pesimistas de la civilización (como yo) 



“¿No os da la sensación de estar viviendo una jodida película?”

Esto se ha dicho aquí en Twitter. Pero la película es en la que estábamos creyendo que la vida no es dura y que la tecnociencia y el bienestar liberal-capitalista nos hacían invulnerables. 



Y a todo esto, ¿ qué pasará en la filosofía con este panorama? 




A ver si al verse la salud afectada, las masas pequeñoburguesas se enteran de una puta vez de que nuestra civilización está en crisis. 




A ver si cuando pase esto nos replanteamos seriamente las bases de nuestra civilización.



Nadie se ha acordado todavía de proclamar que el coronavirus es fascista. Sobre todo porque nos ha jodido el idilio progresista y feminista. 



¿Han pensado ya las cofradías de Semana Santa en sacar flagelantes en las próximas procesiones? A ver si con todo esto volvemos a un cristianismo “viril como el de la Edad Media”, como decía Pierre Drieu La Rochelle. ¡Flagelantes ya!


Al “mito de la cultura” también le va a venir de puta madre la crisis del coronavirus. A ver si nos estamos más quietos en casa leyendo y estudiando la verdadera cultura. 


En todos los siglos ha habido desgracias y catástrofes, y el siglo XXI no iba a ser menos, aunque así lo creyeran los que pensaban que ya estábamos en el mejor de los mundos posibles sin desgracias por obra de la tecnociencia y del progresismo político. 



Si la Iglesia Católica tuviera todavía huevos, saldrían sus representantes llamando al arrepentimiento y la penitencia en tonos apocalípticos. 



A ver si la Humanidad recupera el sentido de la lucha, del heroísmo y del sacrificio. 



La actual situación les va a venir de Puta Madre a los “optimistas antropológicos” y a los creyentes en el progreso.





viernes, 6 de marzo de 2020

LA VÍA DE LA MANO IZQUIERDA




Gozo de mujeres y borracheras
en la tarde y en la noche entusiasmadas,
cuando vencen locuras extasiadas
sobre amarga razón de vida seria.

Triste orden de vidas filisteas
sin embriaguez del espíritu elevada,
sin impulsos de insania soberana,
de miserable felicidad presas.

La voluntad quiere pasión y fiesta,
odia torva ascesis intramundana
que calcula la gracia de las almas
afanadas en material riqueza.

¡Desterremos la razón burguesa
de nuestras vidas desinteresadas!
¡Qué haya misterio y vida salvada

en los abismos de la mano izquierda!

sábado, 22 de febrero de 2020

VUELTA AL HUMANISMO BURGUÉS CLÁSICO (Quinta entrega)

VI

La médula de la ideología del pequeñoburgués filisteo que ha reemplazado al burgués culto como figura social dominante está en el cientificismo y el tecnocratismo. Este núcleo ideológico del pequeñoburgués le compele a pensar que es la obtención de medios de vida útiles y agradables aquello de lo que depende su realización vital. Y la consideración de los medios técnicos como moralmente neutros le crea al pequeñoburgués filisteo la ilusión de que la solución al problema ecológico está no en la crítica de la técnica en sí misma y en la renuncia a muchos de los medios destructivos en sí mismos que ella ofrece, no en un decrecimiento económico radical que lleve a una destecnificación del mundo, sino en un uso bienintencionado de la misma y “sostenible”. Pero aunque esto último sea viable como solución y en ello esté la única alternativa realista a la destrucción de la naturaleza, la tecnociencia produce daños espirituales, o si quiere culturales, que, aunque más difíciles de percibir para el hombre normalizado de “sentido común”, son en realidad más graves. La tecnociencia no se limita a imponernos medios, por lo general destructivos, sino que también impone unos fines y formas de vida caracterizadas por el “materialismo” práctico consumado y por el constante descenso de la sensibilidad por lo humano espiritualmente superior, cuyo valor no puede ser medido por la mentalidad utilitarista limitada que la tecnociencia expande por la sociedad juntamente con sus medios. La tecnociencia y la formación científica producen filisteísmo porque echan a perder la capacidad para la comprensión culta y sensible de lo humano. Esta comprensión requeriría una primacía en la educación de una sólida, rigurosa y profunda formación humanística, educación que hoy no existe principalmente por una orientación decisiva y esencial de la educación hacia la especialización profesional, que relega las humanidades a complemento y ornamento “cultural” y no las considera en serio como la sustancia de la formación superior de la personalidad. Tal vez no haya que echar la culpa de esta errada concepción y transmisión de las humanidades a la tecnociencia, sino a una decadencia habida en el seno de las propias humanidades, que, como decía alguien, han pasado a ser consideradas en su efectividad cultural popular como un recurso para jugar al Trivial Pursuit o para participar en los concursos televisivos de “saber y ganar”, mientras que en la cúspide académica han sucumbido a la especialización inocua y funcionan basadas en un remedo de la cientificidad de los especialistas tecnocientíficos. 
Pero el caso es que nuestro pequeñoburgués filisteo y cientificista es incapaz de percibir que es en la capacidad de comprensión de lo humano donde se halla el ámbito de la consecución de la excelencia y la plenitud vitales, y no en el disfrute de mercancías tecnológicas útiles y agradables. 
Para luchar contra esto es necesario rechazar todo “armonismo” entre formación científica y formación humanística, y defender una formación pura y clásica en humanidades. Para la compresión de lo humano y para la sensibilidad hacia ello no hace falta ninguna “cultura científica”, ni tampoco ninguna “tercera cultura”, rótulo este bajo el que suele ocultarse el intento de imponer una cultura dominada por reduccionismos cientificistas, sino una cultura de humanidades planteada seriamente, esto es, vertebrada por el aprendizaje filológico, principalmente de las lenguas clásicas, y por la elevación de la historia y de la literatura  a materia de reflexión filosófica. Frente a esto todos los saberes tecnocientíficos tienen un carácter instrumental no formativo de la personalidad y puede prescindirse de ellos sin mayor problema. Hay que recuperar la idea de formación ( Bildung) noble de la personalidad, que es ajena a la servidumbre espiritual del ilotismo tecnocientífico, imbuido en su misma esencia metodológica de un afán de dominio, control y aseguramiento de lo conocido que no representa, pese a lo que digan los adalides del humanismo científico, nada valioso de forma humana superior. Basta ya de tanta mala literatura y de tanto falso humanismo sobre el valor “cultural” de la tecnociencia y sobre la “creatividad” y uso imaginativo y no mecánico del intelecto que requería el trabajo en ella. La tecnociencia es mera “razón calculadora”, servidumbre espiritual e ilotismo intelectual, al menos en las condiciones de la “ciencia normal”, que es la única que existe mientras no surja en ella algún genio revolucionario (cuya recepción por el científico normal tendrá siempre también un carácter de práctica convencional y mecánica ) y no tiene nada que ver con la comprensión culta y sensible de lo humano. En lugar del “armonismo” de la idea superficial de la “unidad de la cultura”, hay que adoptar una actitud beligerante contra las  pretensiones de valor humano cultural y espiritual de la tecnociencia. Esta no es precisamente un mero instrumento que pueda ser usado a voluntad en un sentido u otro, con unos fines u otros, por el hombre, sino que moldea y orienta toda nuestra experiencia, es constitutiva de mundo y de experiencia, pero de lo que se trata es de luchar por reducirla precisamente  a un mero instrumento que podamos usar ( si se quiere, con la famosa “serenidad” heideggeriana) sabiendo que lo esencial, valioso y auténticamente humano se encuentra en otra parte y que lo verdaderamente formativo de la personalidad ella no lo puede ofrecer. 
Como señaló magistralmente el profesor José Luis Pinillos en su libro “El corazón del laberinto”, no ver la profunda diferencia fundamental, “categorial”, que separa a las Humanidades de las ciencias y reivindicar su armonía cultural es puro cientificismo que trata de disimularse mediante una “superficial idea de unidad de la cultura”. Pinillos ejemplifica esta diferencia fundamental entre”ciencias y letras” en la oposición entre Montaigne y Descartes. El humanismo representado por el primero se oponía a una razón de la naturaleza que tenía que ser de aplicación “universal, inmutable y eterna”, inclinándose con ello el humanismo hacia un pluralismo de lo humano que se avenía mal con la modernidad instrumentada por la ciencia, la modernidad representada por Descartes. Esta modernidad científica, que habría que separar radicalmente de la modernidad humanista , compuso un modelo de conocimiento determinista “inconciliable con toda consideración de índole moral o subjetiva”. Esto significó, nos dice el profesor Pinillos, “el abandono de la retórica en aras del análisis formal de cadenas de enunciados; lo general (...) se antepuso a lo particular; se acentuaron los planteamientos abstractos en contra del análisis de las cosas particulares, y, por último, se dio preferencia a las fórmulas intemporales frente a las históricas”.
Se trataría ahora, según nuestra propuesta, de recuperar esta modernidad humanista frente a la modernidad científica. Hay un humanismo “clásico” ( o “viejo”, como se le llama en el interesante libro de José García Gisbert titulado precisamente “Sobre el humanismo viejo”) que no tiene nada que ver con una supuesta metafísica hiperinflacionaria de la subjetividad filosófica abstracta, sino que se mantiene en un plano estrictamente cultural y literario que siempre ha sido escéptico, como nos señala Garcia Gisbert, con respecto a toda metafísica especulativa del sujeto o del no sujeto. Y también hay que distinguir cuidadosamente ese humanismo “viejo”, lo que se hace meritoriamente en el libro citado del profesor Garcia Gisbert, del racionalismo práctico ilustrado que toma la forma de un humanitarismo filantrópico. 
El valor concedido a lo humano por esta tradición humanista “clásica” puede ser entendido en un sentido meramente cultural pragmático sin englobarlo en un metarrelato histórico-ontológico sobre el errado desarrollo de Occidente, marcado por “la metafísica”. Se trataría de recuperar esta tradición no filosófica del humanismo “viejo” para oponerla a la modernidad tecnocientífica, en lugar de una superación “in toto” de la modernidad como pretenden los que hacen solidario al humanismo del imperio de la tecnociencia, porque en ambos, según ellos, anidaría la misma hipertrofia metafísica de la subjetividad, en un antropocentrismo que estaría en la raíz de todos los males de la modernidad, descalificada en su conjunto. La reivindicación de la modernidad humanista reprimida y fracasada por el avance de la modernidad científica tiene más virtualidad de efectividad cultural que poner toda la modernidad bajo el signo de “la metafísica”, que significaría dominio y explotación del ente como manifestación práctico-real del “olvido del Ser”, según nos cuenta la Vulgata heideggeriana. Si la superación de la actitud de depredación tecnocientífica y de sometimiento de lo humano a planificación manipuladora o a su abandono al craso relativismo de las “opiniones” salidas de los “gustos” inmediatos y espontáneos de “la gente” radica en una una “rememoración del Ser” que remedie el “olvido del Ser”, nos tememos que la superación de los males, ecológicos y espirituales, de la modernidad se quede para siempre en un asunto para cenáculos de profesores, por muy “poetizante” que se pretenda esa rememoración. Además ¿qué puede significar esa “rememoración” si no es una simple conciencia inactiva de que los entes pueden dársenos en múltiples y diversos “modos de darse”, diferentes del “modo de darse” tecnocientífico, pero teniendo que esperar centurias o milenios a que el “Ser”, que sería algo así como un fondo inagotable e indisponible de donde “saldrían” esos “modos de darse, tenga a bien “enviarnos” ( o como se diga) un nuevo “modo de darse” los entes? Esto se le reprochó a Heidegger, por ejemplo, en su famosa entrevista póstuma para la revista Spiegel. 
En esa misma entrevista Heidegger terminó invocando a “poetas y pensadores” que den testimonio de la situación de crisis de magnitud superior, ontológica podríamos decir, en la que nos encontramos. Pero esos “poetas y pensadores” sólo pueden brotar de una educación humanística que, como hemos visto en Pinillos, sea estrictamente opuesta a la formación tecno-científica. Nadie puede creer en serio que los “poetas y pensadores” que necesitamos vayan a surgir de un academicismo especializado en el arcano metarrelato filosófico de “la metafísica” como esencia de la modernidad que haría que todos sus aportes, los humanistas y los científicos, fueran igualmente errados. 
La única alternativa culturalmente efectiva al tecnocratismo y al cientificismo está en el humanismo burgués, y dejémonos de gaitas y metarrelato antihumanistas que solo están al servicio del prurito de originalidad vanguardista filosófica de los profesores obligados por su elitismo a complicar los problemas culturales mundanos. 
Para que la apelación a ese humanismo burgués no se quede en un sentimentalismo psicologista o en una (seudo)filosofía kitsch lo que hay que hacer es esgrimir los contenidos artísticos y literarios concretos de la tradición burguesa de la “gran cultura”. El peligro de degradación del humanismo a trivialidad psicologista ideológicamente complementaria del dominio social y cultural de la tecnociencia existe realmente, pero la tradición culturalmente grande de la sociedad burguesa tiene suficientes contenidos de valor espiritual superior como para poder sortear ese peligro, en el que generalmente caen pequeñoburgueses que desconocen el “canon” literario y artístico de la cultura burguesa. El psicologismo humanista sensiblero es también fruto de una decadencia pequeñoburguesa de la tradición humanista y no un elemento inherente a ella. Leamos a los clásicos latinos, griegos y renacentistas que hablan de la humanidad del hombre pleno y auténtico, y no a Erich Fromm o a derivaciones suyas de “autoayuda” todavía más degradadas. 
Frente al cientificismo tecnocrático hay que decidirse a afirmar que la realización humana verdadera y plena tiene su medio auténtico en la tradición humanista de la “gran cultura”. Y ello no supone encerrarse en una limitación “etnocéntrica”, sino la posibilidad de abrirse a todo lo que es estéticamente y vitalmente valioso, procedente de cualquier cultura en sentido etnográfico. Y sin duda que la opción personal a favor de la “gran cultura” y de todo lo que es bello y noble posee un valor moral que un falso malditismo de ciertos creadores avanzados y progresistas, que luego resulta que están llenos de la moralina de lo políticamente correcto, quisieran desterrar totalmente de la cultura artística y literaria. 
La crítica del mundo tecnocrático, si quiere ser efectiva culturalmente, si quiere ser algo más que un fenómeno académico “esotérico”, necesita recurrir al llamamiento cultural a una realización humana esencial que no puede ser proporcionada por la formación científica, ni por ninguna “cultura científica”, ni por ninguna “tercera cultura”, sino tan solo por la formación de una sensibilidad culta a través de los contenidos artísticos y literarios de la “gran cultura” burguesa. 
Al nihilismo al que ha conducido el desencantamiento científico del mundo no le podemos oponer ni “nuevos valores” moralmente problemáticos e históricamente revelados como peligrosísimos (aunque el nietzscheanismo tenga su campo legítimo de aplicación en las “relaciones psicológicas” de la vida de realización personal privada que queda “más acá” de lo ético y de lo político de la esfera pública de convivencia y comunicación justas) ni tampoco le podemos oponer un estar a la espera de un “acontecimiento” que cambie el “modo de darse” las cosas para el hombre, sino solo el espíritu que ha demostrado su concreción y su efectividad en la multitud de obras artísticas y literarias excelsas de la época burguesa. 
Esta alternativa que proponemos supone desde luego un “esencialismo” de lo humano auténtico y de la auténtica realización humana que también ha sido atacado por la misma vanguardia filosófica académica que ataca al humanismo. Pero el desprecio profesoral hacía tal “esencialismo” humanista solo es un recurso para afianzar el elitismo académico, incapaz de la incidencia en el mundo cultural de las ideas socialmente vigentes. El “anti-esencialismo” es solo una moda vanguardista de cierta intelectualidad académica instalada sin posibilidad de enmienda en el nihilismo anti-espiritual, por más que ella declare su intención de superar el nihilismo, cuya causa ella pone de manera simplificadora en “la metafísica” bajo cuyo desgraciado signo estaría toda la modernidad burguesa sin más distingos ni matizaciones. Pero la metafísica “esencialista” no es nihilista, lo son quienes se empeñan en renunciar a toda idea normativa de humanidad auténtica y de realización auténtica del ser humano. En realidad los “anti- esencialista” no hacen otra cosa que sacar las últimas conclusiones del nominalismo que, precisamente, se ha desarrollado en la modernidad al amparo de sus nuevos planteamientos científicos. 
En su vertiente práctica política el “anti-esencialismo” solo puede conducir al maquiavelismo de quienes lo esgrimen interesados en lanzarse a la arena de la lucha del politiqueo partidista. Si no hay esencias de valor que poder esgrimir frente a las apariencias triunfantes en el mundo, desaparece toda posibilidad de crítica normativa de lo existente y todo queda reducido a ver quién es más listo, a ver quién emplea mejor la racionalidad estratégica calculadora, para moverse exitosamente entre las apariencias dadas. Esto es en resumen el “anti-esencialismo” político, por mucha palabrería vanguardista posmoderna con la que se recubra en su renuncia a establecer un sujeto de la emancipación humana entendida como realización verdadera de la esencia humana. En el artículo de Herbert Marcuse “Sobre el concepto de esencia” se defienden las virtualidades críticas y dinámicas del concepto de esencia, en relación a la realización de las potencialidades liberadoras que anidarían en la misma realidad objetiva, y se acusa al rechazo de tal concepto de positivismo quietista y afirmador de las apariencias falsas y opresivas de lo dado inmediato.
Pero es cierto que el sujeto y la autenticidad de la realización humana plena ya no pueden apoyarse en un discurso filosófico fundamentado de manera últimamente asegurada. Ni una metafísica de la “razón objetiva” con fundamento en un orden real sostenido por Dios, ni una filosofía de la historia que aseguraría la realización progresiva de la razón en la realidad pueden, con su dogmatismo imposible de justificar con evidencia “fenomenológica” o intersubjetiva-consensual, servir para garantizar que lo afirmado como esencial auténtico no es producto de una valoración ética subjetiva o de la simple imaginación “utópica”. Y la objetividad de lo afirmado como esencia tampoco puede ser justificada por un materialismo que habría descubierto las potencialidades de la esencia como tendencia histórica objetiva. Ya no podemos creer, por lo fácticamente acontecido en la historia, en tendencias objetivas hacia la liberación como realización de lo auténtico esencial frente a las “malas” apariencias sociales. Solo queda presentar al sujeto de la liberación y a su realización auténtica como un “como si” desde la decisión individual por una verdad no demostrable intersubjetivamente pero que se afirma como tal desde el convencimiento vitalmente y culturalmente suficiente de la creencia y el sentir personales. Afirmar la propia perspectiva, autopercibida en su facticidad no universalizable, como superiormente culta, como la perspectiva verdadera y no darle más vueltas a su imposible fundamentación filosófica, pero sin renunciar escépticamente a ell; he ahí la vía de salida del nihilismo anti-espiritual que defendemos aquí: una decisión personal por la verdad de lo que se siente y se cree.
Tanto Stirner, como Kierkegaard, como Nietzsche, como también Sartre se percataron en sus respectivas filosofías de que cuando la verdad única fundamentada universalmente (para todos por igual) en su validez objetiva normativa desaparece, lo único que queda es el individuo con sus pretensiones de verdad no universalizables ni asegurables teóricamente de manera fundamentada por una evidencia válida para todos. Pero el individuo no es una decisión existencial por encima de toda legalidad ética (Kierkegaard), ni una psicológica voluntad de poder soberana (Nietzsche) ni una conciencia que en su nada sustancial está obligada a querer gratuitamente (Sartre y también Stirner, recuérdese cómo termina este último su libro “El único y su propiedad”: “ He fundado mi causa sobre nada”), sino que el individuo es una sustancialidad psicológica que le sitúa fatalmente en una perspectiva personal, fáctica, no universalizable, pero que le impone unos contenidos de creencia y sentimiento que él no puede negar de ninguna manera, que constituyen una “verdad subjetiva” que él está condenado a creer y sentir sin fundamento y sin principios justificadores y aseguradores de su validez universal. 
En la “gran cultura” burguesa está la verdad de la realización humana, está es nuestra verdad perspectivística personal sobre el tema que nos ocupa. Esto no lo podemos demostrar filosóficamente, pero lo afirmamos como verdad porque lo sentimos y lo creemos y nos decidimos a ello con el sacrosanto interés de salir del nihilismo. Esto será siempre un “como si”, pero olvidémonos de ello y proclamémoslo como verdad sin más. Esto es pretender soñar olvidándose de que se sueña, pero es la única alternativa que queda al nihilismo, si la única verdad que se puede defender estando despierto es la verdad materialista y anti-espiritual que impone culturalmente la tecnociencia, la verdad del desencantamiento total del mundo. 
Hay que defender como verdadero lo útil para la vida del espíritu, para el engrandecimiento noble y bello de la vida, pero olvidándonos ( y esto es algo que, inevitable y desgraciadamente, ya no estamos haciendo aquí) de que esto es un “como si” y proclamándolo como lo verdadero sin más en un sentido dogmático pero limitado a un pragmatismo vital, sin alcance de normatividad universal ético-política, es decir, como verdad que hay que luchar culturalmente por propagar pero que no puede ser impuesta como deber ético o político-jurídico. 

En la próxima sección continuaremos con la discusión sobre el humanismo, centrándonos en su relación con el pensamiento ilustrado, y volveremos también a la cuestión de la justificación pragmática vitalista y personalista de la validez cultural de ese humanismo como medio de la realización humana auténtica. 
 


martes, 11 de febrero de 2020

VUELTA AL HUMANISMO BURGUÉS CLÁSICO (Cuarta entrega)

V

Veíamos en la entrega anterior que la tendencia social dominante no va en el sentido de una extensión democrática del valor cultural espiritual, sino que más bien produce la desaparición progresiva de la minoría privilegiada que hasta ahora había podido gozar de él. 
¿Puede detenerse e invertirse esta tendencia por medio de la intervención política y social, de tal manera que incluso el disfrute del valor superior espiritual pase de ser un privilegio social  a ser una posesión del pueblo? 
La respuesta afirmativa requeriría la verdad de la existencia de una disposición universal, o al menos bien repartida, para tal valor en los hombres. Ha sido una idea aportada por el cristianismo la que hace referencia a una posibilidad de realización humana superior y plena existente en todos los hombres por igual, y, como es natural, el cristianismo en su dogmática particular entendía esa realización en un sentido teológico, como salvación trasmundana, como posibilidad de todos los hombres de llegar a la contemplación de Dios en el trasmundo. Esto no quiere decir que el cristianismo haya afirmado que todos los hombres poseen iguales capacidades psicológicas o axiológicas, pero la realización humana plena ya no es considerada por él como algo reservado a una minoría social privilegiada, libre del trabajo servil y de la búsqueda de bienes mundanos, por ejemplo en la figura del filósofo, sino que es algo al alcance de todos. 
Frente a esta idea de origen cristiano, nos encontramos con la posibilidad contraria de que la realización humana superior sólo pueda presentarse como privilegio de una minoría sostenida por una masa de hombres sometida a la servidumbre económica de la necesidad de producir materialmente la vida. Esta idea se puede encontrar en Nietzsche: no ha habido cultura superior que no haya exigido la existencia de una masa de trabajadores serviles excluidos de ella. El materialismo histórico habría dicho que “el desarrollo de las fuerzas productivas” habría hecho ya posible la supresión de esa exigencia, si de acuerdo a ese desarrollo se establece una organización socialista del trabajo que permita convertirlo en colaboración entre todos para la satisfacción de las necesidades, dejando de existir como imposición para obtener el beneficio privado mediante la fabricación de mercancías. Pero el socialismo, para que significara una real liberación con respecto a la servidumbre económica y no un mero cambio en la titularidad de la propiedad de los medios de producción, requeriría la superación de los principios económicos axiológicos de desarrollismo, productivismo y primacía social de los valores de lo útil y lo agradable, y eso implicaría la fijación autoritaria de un sistema de necesidades materiales de la gente reducido al mínimo para dejar tiempo y energías disponibles para lo “espiritual”, para la cultura autentica y superior. El “comunismo de la abundancia” en el que creía Marx seguiría implicando la dedicación preferente de la gente al mecanismo productivo de bienes de consumo y al sistema burocrático de su distribución, que ahora en el socialismo tendrían que funcionar sin el sistema autorregulado del mercado. La creencia en ese “comunismo de la abundancia” viene o venía dada por la simplista esperanza en un maquinismo que nos libraría totalmente o en gran parte de la necesidad de trabajar. Pero las máquinas eliminan ciertas modalidades manuales de trabajo pero las sustituyen por otras modalidades “tecnológicas” no menos serviles y esclavizantes que el trabajo manual tradicional, sino seguramente más. Además el sistema de organización burocrática del sistema productivo y de distribución no sería algo sencillísimo, resoluble por un trabajo equivalente al de un empleado de correos, como decía Lenin, sino algo que exigiría una dedicación laboral intensiva y prolongada, que no permitiría la reducción drástica de la jornada de trabajo. Que yo sepa el llamado “socialismo real”, que no era precisamente un comunismo de la abundancia pero que se preocupaba por mantener elevada la productividad, no pudo significar una reducción drástica de la jornada laboral.           
Según esto, el socialismo no podría consistir en una sustitución del “gobierno sobre las personas” por la “administración de las cosas”, sino en un cambio del principio axiológico rector de la sociedad, y ello requeriría una dictadura sobre el sistema de necesidades de la gente. Esto iría contra el reconocimiento legal de los derechos y libertades del hombre, de la “libertad negativa”, que ya es una conquista irrenunciable de la humanidad y cuyo no reconocimiento legal la historia nos ha mostrado que conduce a la criminalidad política más ominosa. 
El socialismo solo cumpliría una función espiritualmente liberadora si impusiera la austeridad en lo referente a lo útil y agradable (decrecimiento económico) para dejar tiempo y energías psicológicas libres para la realización y disfrute de los valores superiores de la cultura. Un socialismo productivista y desarrollista no conduciría a la liberación con respecto a la servidumbre económica, como la historia nos ha mostrado, sino solo a que su carrera por “la riqueza” material se desarrollará en peores condiciones económicas que bajo el capitalismo. Pero el socialismo espiritual liberador requeriría, como hemos dicho, una fijación autoritaria del sistema de necesidades que estaría en contradicción con la idea ya irrenunciable de “libertad negativa”, de fijación autónoma y libre por parte del individuo de sus fines de vida y de su forma de vida. 
El socialismo, además, solo facilitaría las condiciones negativas, la liberación de tiempo y energías psicológicas, necesarias para una democratización del valor, no implicaría su extensión positiva al conjunto de la población. La gente no se dedica espontáneamente al “libre desarrollo de la personalidad” porque tenga resuelto el problema económico, a diferencia de lo que pensaba Marx tal vez llevado por una confianza roussoniana en la naturaleza humana. Pero la naturaleza del hombre no tiende por sí misma al refinamiento cultural ni bajo el capitalismo ni bajo el socialismo sin más. La espontaneidad natural del hombre es más bien afín a la barbarie y conducente a ella. La irrupción de esta barbarie en el escenario social a causa de una democratización cultural que no modifica las tendencias espontáneas del hombre, sino que las erige en modelo de vida, bajo la forma de dominio social del hombre-masa, es lo que ha producido la decadencia y práctica desaparición del tipo humano del burgués culto.
Se podría pensar que existe en todos los hombres una potencialidad para la cultura que puede ser actualizada si se da para todos ellos una influencia adecuada del medio en el que se desarrollan como individuos. Ahora bien, la intervención en el medio para que este  sea realizativo de la cultura superior es una cuestión más difícil y problemática de lo que pensaron los ilustrados. No se consigue tal influencia culturalmente positiva del medio con un filantropismo pedagógico, sino que exige más bien una intervención autoritaria y basada en ideales tradicionales de jerarquía, disciplina, sumisión y abnegación impuesta sobre los individuos. 
Convertir a los individuos del pueblo en hombres culturalmente superiores requeriría tal intervención pedagógica autoritaria por parte de un poder estatal ético y no neutral axiológicamente que chocaría de nuevo, igual que la imposición del socialismo espiritual, con los principios políticos liberales que se han hecho irrenunciables por el aprendizaje moral de la humanidad, que nos ha enseñado que el quebrantamiento de esos principios liberales de convivencia y comunicación justas lleva a crímenes y desastres ominosos sin fin. La producción social del hombre culto llevaría a poner una “eticidad” autoritaria de la vida buena por encima de las exigencias “morales” de justicia, que imponen universalmente y categóricamente la igualdad de derechos y libertades de todos, lo cual sólo podría llevar a un avasallamiento “inmoral” de los individuos a transformar en cultos o producidos como tales. Y hay que abandonar toda ilusión pedagógica sobre la posibilidad de producir el hombre culto mediante una intervención pedagógica compatible con el Estado liberal y democrático de Derecho según los principios de de una educación humanitaria y basada en una influencia moderada en sentido filantrópico sobre los individuos a educar. La producción del hombre culto requeriría, sin necesidad de llegar a la eugenesia, una crianza del hombre superior, como hubiera dicho Nietzsche, mediante una intervención drástica autoritaria en el medio social de los individuos. La idea de la posibilidad de un Estado ético, cultural y pedagógico en sentido cultural-humanista hay que abandonarla completamente por peligrosa moralmente y por delirante en el contexto consumado e incuestionado de la política liberal, que por buenas razones de aprendizaje moral histórico es irrenunciable y necesaria para la convivencia justa en el medio social, de hecho pluralista sobre los modos de entender la vida buena, sin ya posible remedio.  
Además de todo esto, la construcción de un socialismo espiritual como base material de un Estado ético, cultural y pedagógico productor del hombre culto no podría ser resultado de ningún mecanismo material de la historia (aunque ese mecanismo tuviera un carácter “dialéctico”), sino que tendría que ser resultado de una auténtica irrupción del espíritu en  la historia. Pero es difícil de concebir cómo se podría producir esa irrupción pasando por encima de la tendencia natural de la especie al aumento del poder material basado en los valores económicos de lo útil y lo agradable. Se requerirían condiciones materiales que vencieran la “impotencia del espíritu” para imponerse en la realidad por sí mismo. Pero aquí se formaría el irremediable y fatídico círculo consistente en que  la formación de esas condiciones materiales requerirían de una previa intervención del espíritu en la historia. Con esto volvería aparecer el problema de quién educa a los educadores ,que Marx creía solucionado por el mecanismo dialéctico de la historia impulsado por el “desarrollo de las  fuerzas productivas”, que en Marx parece como si estuviera determinado naturalmente. 
Por tanto, lo más fácil es que la irrupción del espíritu en la historia no se produzca nunca y la especie humana, como especie biológica determinada por la ley natural de lucha por la supervivencia, siga siempre su curso hacia la consecución de mayor poder adaptativo, hasta que el planeta y sus recursos aguanten, sin que nunca pueda imponerse como principio axiológico social la realización de una humanidad plena en sentido cultural superior. 
Después de esta discusión sobre el socialismo y la posibilidad de producir políticamente una humanidad espiritual superior, que nos ha llevado a la conclusión de que estos objetivos tendrían un coste moral no asumible, aparte de que no pueden estar asegurados por ninguna garantía de realización histórica, pasaremos a examinar en la próxima entrega la crítica filosófica que se ha hecho del humanismo (cuyo sujeto histórico nosotros hemos personificado en el burgués culto) como parte del problema de la Modernidad a solucionar y no como su remedio.    


sábado, 8 de febrero de 2020

VUELTA AL HUMANISMO BURGUÉS CLÁSICO (Tercera entrega)

IV

En cuanto a los contenidos axiológicos del humanismo burgués, hay que señalar su vinculación esencial con la idea de autoformación culta de la personalidad. Esta idea alcanzó su rango filosófico en el idealismo clásico alemán, concretamente en Hegel, al ser desarrollada como idea de un proceso de objetivación en el mundo por parte de la subjetividad, en el que la progresiva autoconciencia significa un aumento de la libertad real, objetivada en el mundo efectivo, del individuo. 
Pero ha sido frecuente, al menos por nuestras latitudes nacionales, que estos valores de la formación culta de la personalidad, de procedencia claramente ilustrada, estuvieran mezclados en el burgués clásico con valores espirituales de origen pre-moderno y pre-ilustrado referidos a una dependencia ideológica con respecto a una tradición religiosa confesional. Sin negar valor propiamente espiritual, no “ideológico”, a estos valores religiosos, que podían facilitar, a pesar de su carácter confesional dogmático-ritual, un correcto acceso a la sensibilidad para el problema de lo sagrado, nosotros queremos aquí dar prioridad en la figura reivindicada del burgués clásico a su adscripción a los valores seculares de la cultura formativa de la personalidad. El arraigo religioso y también el patriótico producen en la personalidad una calidez humana totalmente ausente de las personalidades progresistas. Pero ahora, en este contexto de reivindicación del burgués “clásico”, nos interesan más los valores que, como decíamos, tenían un claro signo ilustrado, ligado a las ideas de autoconciencia, autodeterminación y autonomía críticas de la subjetividad, aunque ello no tiene por qué significar que su asunción tenga que ir acompañada por una renuncia a la percepción y disfrute de los valores de lo sagrado. Y tomamos estos valores aquí de una forma estrictamente “fenomenológica” sin tener que asumir aquí su carácter “metafísico” revelado o suprahumano. Es decir, consideramos lo sagrado como algo que es dado a la receptividad espiritual humana para los valores en múltiples modalidades y posibilidades, sin entrar en la discusión sobre su origen estrictamente humano o su posible procedencia sobrenatural. Un poco en la línea de Eduard Spranger en su libro “Formas de vida”, consideramos como religiosa cualquier actitud consistente en la percepción de realidades de la experiencia dotadas de un máximo valor que no puede ser destruido por consideraciones subjetivistas o cientificistas. 
Pero tanto la idea ilustrada-humanista de cultura como su vinculación religiosa hacían conjuntamente que el burgués clásico tuviera una ideología vital no materialista y no relativista. Los que piensan que la modernidad es esencialmente nihilista y conduce irremisiblemente al nihilismo se encuentran aquí con la dificultad de que el tipo humano producido por la madurez histórica de la modernidad no ha sido nihilista. Nihilista es más bien la podredumbre y la decadencia de la Modernidad, su disolución, pero no el momento “clásico” de su madurez histórica. 
Ciertos posmodernos piensan que precisamente el carácter no nihilista de la Modernidad sería responsable de que en ella haya habido un dogmatismo siempre inclinado a la violencia y la explotación, y que, por tanto,el nihilismo sería la buena nueva de la época posmoderna superadora de las verdades espirituales “fuertes” de la Modernidad. Pero pintar al burgués clásico como una figura “fundamentalista” violenta y opresora es una falsedad evidente que solo puede responder a un interés en superar, por afán de emancipación “materialista”, los valores de ese burgués clásico. Por la operación de meter en el mismo saco la época de las cosmovisiones dogmáticas premodernas y la época de la modernidad humanista, que estarían ambas igualmente marcadas por “la metafísica”, se atribuye a la sociedad burguesa “clásica” la posesión de una noción violenta y excluyente de verdad, cuando la Modernidad lo que ha hecho ha sido ir eliminando progresivamente la violencia de los modos premodernos de establecer la cohesión social mediante una verdad dogmática. De nuevo aquí Michel Foucault, lanzando su atractiva retórica relativista contra la modernidad burguesa e ilustrada, ha seducido a muchos para que vean en la Modernidad un cambio en los modos de disciplinamiento de la población, que los hace más sutiles más efectivos y más íntimos, pero que no supone ningún progreso moral frente a la pre-Modernidad. Por muy atractiva que sea esta retórica desmitificadora del progreso moral moderno, no es posible que nadie, ni siquiera los intelectuales académicos que disfrutan de los privilegios que la modernidad ofrece a su saber elitista y dotado de poder de autoridad social universitaria, crea verdaderamente en ella. 
Pero volviendo al burgués “clásico”, examinemos algunas consecuencias que para su valor humano espiritual tenía su no materialismo y su no relativismo. Por ejemplo y para situarnos en un nivel más concreto y de menos carga de crítica filosófica que la de los últimos párrafos, su no materialismo le evitaba al burgués clásico el caer en esa preocupación obsesiva que hoy el pequeñoburgués filisteo siente por la salud física, muy atenta de manera cientificista a lo que la ciencia diga sobre el cuidado del cuerpo y sobre la bondad del deporte, y también por la “felicidad” psicologista, a cuya prédica es a lo que ha quedado reducida la efectividad cultural popular de las ciencias humanas. De esta última preocupación por una felicidad entendida en un sentido subjetivo hedonista ( lo que ha sido llamado por Gustavo Bueno “felicidad canalla” en su libro “El mito de la felicidad”) el burgués “clásico” se veía salvado por su no relativismo, que le hacía creer en un ideal objetivo de realización humana, basado no en la consecución de goces y comodidades preferidos subjetivamente, sino en la consecución de unos fines de vida determinarles objetivamente como deseables para el ser humano en busca de realización objetiva. Pero no se olvide nunca que aquí hemos reconocido que la ideología del burgués “clásico”,en concreto su no materialismo y su no relativismo, ya no es fundamentable filosóficamente y solo cabe defenderla pragmáticamente por sus consecuencias culturales, como una ideología que evitaba el desolador triunfo social del nihilismo, que si nos vuelve menos reprimidos para el goce, también ha producido de una manera evidente para el hombre interesado en las realizaciones culturales históricas una decadencia feroz de la calidad y valor espiritual y vital de las producciones artísticas y literarias. ¿O es que realmente se puede comparar la cultura estética del siglo XX y lo que va del XXI a la magnificencia y valor de nobleza y belleza y relevancia moral de la producción estética del XIX? Hacerlo así solo puede responder a un snobismo vanguardista ciego para el valor. 
Se dirá que la ideología del burgués “clásico” no tenía su centro en una idea de cultura como medio de la formación ética, estética y vital superior de la personalidad, sino en su preocupación por un “amar y trabajar” normalizados y socialmente funcionales y exitosos. Pero el burgués clásico, al menos en su reconocimiento ideológico, siempre ha reservado un lugar de honor para la cultura de las humanidades, y antes de que se extendiera  la cantinela de que “la ciencia también es cultura” ha entendido a esta fundamentalmente en el sentido de una cultura de lo literario, lo artístico y lo filosófico. El burgués clásico ha tenido claro lo que no tienen claro hoy loa adalides de la “cultura científica”: que lo que se refiere a los medios del simple vivir no puede pertenecer a la misma categoría de valor que lo que desarrolla y especifica los contenidos de la vida buena como fines de una existencia humana auténtica. 
Pero en relación al carácter subordinado de la cultura en la vida del burgués tradicional con respecto a sus intereses familiares y profesionales, hay que recordar que, sin duda a causa de sus privilegios sociales y “patriarcales”, el burgués superior tradicionalmente ha tenido tiempo libre suficiente para su formación cultural. Ha sido el hundimiento de esos privilegios lo que ha provocado que el burgués culto haya tendido a la desaparición y a ser sustituido por un pequeñoburgués inmerso en preocupaciones materiales relativas a la resolución de las tareas domésticas del seno familiar y a la competitividad corrosiva en lo referente al mantenimiento y defensa de su competencia profesional. Esto habrá supuesto un cambio progresista y superador de situaciones injustas ( como la del rentista o la del padre de familia que delegaba en su mujer todo lo relativo a la crianza de los hijos y al mantenimiento del hogar) pero ha tenido un coste altísimo en pérdida del nivel cultural  burgués medio. El gran burgués tradicional que podía vivir como rentista o como gran propietario despreocupado de la competencia mercantil y sin dedicarle ni un minuto a la labores domésticas era más culto que el pequeñoburgués, más progresista o progresado, que vive totalmente ocupado en la “conciliación” de su vida profesional con la vida familiar y sus labores hogareñas, y que en su vida profesional se ha visto obligado a convertirse en un negociante, en un competidor o en un experto sometido a “formación continua” para estar a la altura de la tecnoburocratización de lo que antes eran “profesiones liberales”. La democratización igualitaria y la tecnificación del capitalismo han provocado, junto a lo que podemos llamar un paso del capitalismo de propietarios al capitalismo de negociantes, un fatídico descenso del nivel cultural burgués.  El capitalismo no ha creado una clase minoritaria “propietaria de los medios de producción” cada vez más ociosa, sino que su complicación burocrática y técnica ha implicado cada vez más a la clase propietaria en los negocios y en el sometimiento a la servidumbre con respecto a lo económico.  

Esto nos lleva a pasar ahora a examinar la cuestión relativa a si, en contra de la tendencia mencionada, es posible una democratización del valor espiritual mediante alguna forma de cambio social y político. A ello dedicaremos la próxima sección.