Como es ya imposible para la filosofía establecer los fines objetivos de vida buena, según una esencia humana normativa, y la ciencia moderna no puede ocuparse de tal cosa, solo queda como criterio de felicidad la autosatisfacción subjetiva. Pero la felicidad subjetiva, como por ejemplo el gozo de las tías buenas satisfechas sexualmente por sus novios o por su promiscuidad o el de las bestias con su comida o con su fango, es absolutamente despreciable, aunque no podamos defender ya un “esencialismo” antropológico.
sábado, 13 de junio de 2020
sábado, 6 de junio de 2020
SOBRE PSIQUIATRÍA Y ANTIPSIQUIATRÍA
Voy a comentar aquí mi
experiencia con psiquiatras, por la que he tenido que pasar para tratarme un
trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), lo que antes se llamaba neurosis
obsesivo-compulsiva, que padezco desde la infancia.
Antes
quiero llamar la atención sobre lo imprescindible que es el que los padres
tengan una mínima cultura psiquiátrica. Cuando de niño les comente a mis padres
lo que me pasaba, que eran claramente síntomas neuróticos, ellos no le dieron
importancia pensando que se trataba de miedos pasajeros de la infancia. Si me hubieran llevado entonces al
psiquiatra, cuando mi enfermedad estaba menos cargada “ideológicamente”,
seguramente se hubiera podido atajar o atenuar notablemente con un simple
tratamiento farmacológico. Pero como para el pensamiento burgués y
pequeñoburgués las instituciones psiquiátricas, junto con la cárcel y el
hospital –este último de una manera peculiar que sería interesante analizar-
constituyen la delimitación de un terreno que produce pavor, ir al psiquiatra
era visto entonces, como todavía sucederá en muchos medios incultos, como una
tragedia.
Durante
casi quince años he estado visitando a un hombre de espíritu humanista y
talante liberal ( cuya conciencia es susceptible, por razones que no vienen
ahora al caso, de un interesante análisis ideológico), la relación terapéutica
con el cual creo que ha sido
tremendamente positiva para la contención de mi enfermedad, sobre todo porque
elevaba mi autoestima; no como una
elementa de la Seguridad Social, a la que acudí posteriormente aunque una sola
vez (claro, que si hubiera querido volver otra vez tendría que haber esperado
no sé si seis meses, en un momento de fuerte crisis de mi enfermedad), que vino
a decirme casi literalmente que yo era un desgraciado.
Antes de comenzar el tratamiento con el
psiquiatra “humanista” había visitado, siendo bastante joven, la consulta de un
psiquiatra “filisteo”, más filisteo que los cojones de Goliat (aunque la
conciencia de incircuncisos mentales como él
también podría prestarse a un desvelamiento de la capa ideológica y de
filosofía ingenua no autoconsciente que la recubre, análisis más difícil que el
de la conciencia del psiquiatra humanista-“liberal” anterior). Yo le intenté argumentar a este señor filisteo el carácter “dogmático”
de la psiquiatría haciendo un uso muy torpe y errado por mi parte de la
filosofía de Kant, pues por aquel entonces creía que el criticismo kantiano
podía ser utilizado para deslegitimar escépticamente la objetividad de la
ciencia , cuando se trata de todo lo contrario (que el kantismo, con su
doctrina de la incognoscibilidad de la
cosa-en-sí, supone un diagnóstico escéptico sobre la ciencia es una
interpretación torpemente errónea, pero en ella contaba con antecedentes
ilustres, pues Schopenhauer y Nietzsche interpretaron así a Kant toda su vida).
Tal vez hubiera sido mejor criticarlo, más modestamente, en nombre de un
delicioso librito del Dr. Marañón que se llama Crítica de la Medicina
dogmática, si hubiera conocido por entonces tal libro. También es verdad
que por aquel entonces, a mis 18 años, me encontraba en plena ebullición
ideológica y no soportaba a los tecnócratas de la mente que pretendían tener
soluciones o atenuantes para problemas que yo había aprendido en la
Antipsiquiatría, en David Cooper sobre todo, a considerar como fundamentalmente
políticos. Este psiquiatra “filisteo” me dijo que no volviera por su consulta
porque yo le cuestionaba su profesión.
Cuando
interrumpí la relación con el psiquiatra “humanista”, fundamentalmente por unos
malentendidos extrapsiquiatrícos que se produjeron a propósito de su conciencia
“liberal”, se me ocurrió acudir a la consulta de alguien que pretendía pasar
por psicoanalista. En realidad era un ignorante seudopsicoanalítico que creía
en la telepatía y en los viajes astrales y era lector de madame Blavatsky, la
fundadora de la secta de la teosofía. Le insinúe que en mi relación con las
mujeres podía haber estado presente un “complejo de tercero excluido” y por la
respuesta que me dio pude comprobar que el tío no se había enterado de nada.
Cuando salí corriendo de la
consulta de aquel señor fui a visitar, también en muy pocas ocasiones, a una
psicóloga que era otra inculta, como psicóloga, que presentaba su práctica
basada de hecho en las trivialidades de la autoayuda guiada con el pomposo y
huero título de terapia cognitivo-conductual de “enfoque lingüístico”. A esta
señora le comenté dos citas, una de Epicuro y otra de Shakespeare, sobre la
sinrazón y las desventajas de tener miedo a la muerte, y la señora se extrañaba
de que yo sabiendo eso le tuviera miedo a la muerte. Como si lo que sabemos
intelectualmente pudiera tener alguna repercusión o influencia sobre nuestra
vida psicológica concreta. Pero tal idea es, al parecer, el presupuesto
principal de la necedad cognitiva.
Siendo muy joven pensaba que los
trastornos mentales tenían que ser tratados por los psicólogos mejor que por
los psiquiatras por ser los primeros más “humanistas”. Ahora, por lo que he
visto, me atrevo a afirmar que la
mayoría de los psicólogos son analfabetos mentales. No voy a contar aquí
un chiste que hay sobre por qué los psicólogos no pueden recetar, porque es
demasiado cruel, pero puede ser deducido fácilmente de la anterior afirmación.
No obstante, si se combina la carrera de Psicología
con alguna carrera de “ciencias duras” o incluso con la de
Filosofía, se puede llegar a ser un verdadero sabio.
Después de
a la psicóloga he visitado otros psiquiatras con los que creo que no he tenido
demasiada mala suerte, porque se limitan a recetar, aunque en el caso de alguno
de ellos también tenía que aguantar algunas admoniciones triviales psicologista-humanistas, pero hechas con muy
buenas maneras y con un buen grado de sensibilidad hacia mi persona.
(Hablando
de mi neurosis: a algunos filósofos, los exegetas de Heidegger –que en paz
descanse, como diría el profesor Gustavo Bueno-, que hablan de la angustia en
un contexto sumamente académico y “ontológico”, cuando comentan Ser y Tiempo, les deseo que nunca
tengan que sufrir la angustia meramente “óntica” que produce la neurosis, una
angustia que es mero ente psicológico ante entes concretos espero que
imaginarios. Los que hablan de fenómenos vitales en términos “ontológicos” o “trascendentales”
o no sé si será correcto decir ontológico-trascendentales, merecen ser puestos
en la lista de enemigos de la vida iniciada por Nietzsche y son auténticos
filisteos intelectuales. Son disecadores de la vida. Están condenados a caer en
una trivialidad de lo general-ontológico que para oídos que no se dejan seducir
por jergas filosofísticas, aunque sean de la “autenticidad”, no pueden
disimular ni gestos enfáticos señalando hacia lo ontológico, ni gestos
tremendistas invocando la angustia o la muerte. Que la llamada “hermenéutica
fenomenológica de la facticidad” es un conjunto de trivialidades lo puede
comprobar cualquiera que se decida a traducir al lenguaje de la autoayuda todo
eso del “poder-ser”, el “proyecto yecto”, el “por-mor-de-sí”, el “tener-se” de
la existencia, la “apropiación” y la “propiedad” o “autenticidad” y demás,
traducción que me temo han podido estar cerca de hacer los psiquiatras que
utilizan o utilizaban el llamado enfoque “existencial”.)
La sabiduría popular, tan patosa
como siempre, piensa que el estudiar mucho puede producir locura (cosa que en
mi caso es totalmente falsa, pues mi enfermedad neurótica comenzó mucho antes
de mis estudios, en mi infancia, como he dicho, alrededor de los 8 o 9 años,
aparte de que estudiando lo que he estudiado, estudiar, lo que se dice
estudiar, he estudiado más bien poquito).
Me contaba el psiquiatra
“humanista” que una vez un señor del
campo le decía: “Yo tengo problemas porque he tenido que estudiar mucho”; y le
preguntó el psiquiatra: “¿Y qué ha tenido que estudiar usted?”; y le contestó
el labrador: “Yo en mi vida he tenido que estudiar los huesos de las mulas y
las cabañuelas de agosto”, o algo así.
Estudiar, como cualquier
actividad que requiera perderse-“alienarse”- en cualquier tipo de objetividad y
olvidarse de uno mismo, siempre será algo psicológicamente sanísimo. Esa otra
actividad puede ser, por ejemplo, leer (si son cosas “serias” y no las
tonterías que suele leer la gente, mejor). Que leer también produce locura ha
sido una creencia popular alimentada en España por la recepción popular del Quijote.
No quisiera yo tratar de emular aquí al entrañable escritor derechón César
González- Ruano que una vez se presentó en una conferencia en el Ateneo
diciendo:”Cervantes era manco y por eso el Quijote está escrito con los
pies”, pero algunas veces dan ganas de decir que Cervantes era un filisteo,
sobre todo si no se dio cuenta de las implicaciones de lo que estaba
escribiendo y pensó que sólo estaba
produciendo una obra de entretenimiento y parodia. Pero sobre el Quijote
y la diferencia entre las intenciones del autor y la objetividad de la obra
producida, que se corresponde con la distinción escolástica entre finis
operantis (fin del operante) y finis operis (fin de la obra),
podemos hablar otro día.
Y qué decir de los medios
populares, e incluso algunas veces facultativos, que se consideran adecuados
para mantenerse mentalmente sano. Cuenta Claudio Magris en su estupendo libro
“El Danubio” que en Centroeuropa existía entre el siglo XVIII y XIX la creencia
popular de que andar mucho prevenía las enfermedades mentales, y uno que tenía
tendencias melancólicas se pasó media vida andando y al final se volvió más
loco que una cabra.
Igual ocurre con lo que se suele
decir hoy sobre lo conveniente que es
para la salud mental el no estar solo y “relacionarse”. Si se tienen problemas
de personalidad “relacionarse” sólo lleva a enfangarse en la problemática
psicologista de si habré quedado bien o no, si soy más o menos que los demás,
si me habré expresado bien y habré sabido comunicarme, si me ven “raro”o no me
ven “raro”, etc. La situación de mayor comodidad psicológica es la soledad,
donde toda problemática psicologista narcisista se va al carajo. Sobre todo si
uno tiene los suficientes recursos “culturales” para olvidarse de sí mismo y
“salvarse en las cosas”, según reza la expresión orteguiana. Aparte de que a
algunos de nosotros nos resulta imposible soportar, no por ningún snobismo o
intelectualismo sino por una realidad psicológica, el imperio de la
cháchara insustancial y las habladurías en el que “cae” “el ser-ahí en su
cotidiano término medio”, como dice el otro en su jerga. Cuando, empujados por
la pulsión de ver chicas, solíamos salir a los sitios donde hay gente y chicas
de buen ver, teníamos que recurrir al abuso del alcohol para poder aguantar
semejante imperio de la cháchara y las habladurías o poder evadirnos de él.
Pero el individuo nunca está
solo, está siempre con los vivos y con los muertos. El profesor Gustavo Bueno
explica así el ser-con-los otros, como diría el otro, que envuelve a vivientes
y no vivientes, y lo explica de una manera material y concreta, no como el
otro: las personas muertas influyen, con lo que han hecho en sus vidas, sobre
nosotros, pero nosotros ya no podemos influir sobre ellas; en relación con los
otros vivientes, ellos influyen sobre nosotros y nosotros influimos sobre
ellos; y en relación con los no nacidos todavía , nosotros estamos ya
influyendo sobre ellos, pero ellos no pueden influir sobre nosotros todavía.
Una distinción ya clásica en
psiquiatría , que todavía aparece en libros de divulgación, es la distinción
entre neurosis y psicosis. Esta distinción puede hacerse comprender si
recurrimos a la diferencia entre las expresiones populares “estar mal de los
nervios” (neurosis) y “estar mal de la cabeza” (psicosis). Hay un chiste, que
decía un psiquiatra divulgador que es malo pero que a mí me parece bastante
bueno, que también puede ayudar a comprender la diferencia: le preguntan a un
psicótico “¿cuántos son 2 y 2?” , y dice una barbaridad, 80 millones; se lo
preguntan a un neurótico y dice “Cuatro, pero no puedo soportarlo”.
En términos psicoanalíticos, la
diferencia entre neurosis y psicosis radica en que ante la contradicción
deseo-realidad, el neurótico niega el deseo y esto le causa problemas por el
famoso “retorno de lo reprimido”, mientras que ante la misma contradicción el
psicótico niega la realidad.
Hay que advertir que la
distinción entre psicosis y neurosis está en desuso en la psiquiatría actual,
supongo que por sus connotaciones psicoanalíticas, enfoque este el
psicoanalista del que huyen como de la peste la mayoría de los psiquiatras
actuales; y así por ejemplo no aparece en el
DSM-IV (texto revisado) de 2000 (traducción española de 2002), que es el
listín USA de enfermedades mentales por el que se guía la tecnocracia mental,
como le decía yo al psiquiatra “filisteo” del que hablamos antes. En este
“manual nosológico” la casi totalidad de
las enfermedades mentales aparecen designadas con el común denominador de
“trastornos”. Sí hay algunos de ellos que aparecen especificados como
“trastornos psicóticos”, pero el género “neurosis” ha desaparecido por
completo.
Por lo que respecta a la neurosis
obsesiva (mi enfermedad), el Dr. Francisco Alonso-Fernández llega incluso a
decir en su Compendio de Psiquiatría,
utilizado como libro de texto, al menos
hace años, por los estudiantes de Medicina de la UCM: “Son muchos los autores
que se resisten a incluir entre las neurosis los cuadros obsesivos de evolución
crónica. La mutación o ruptura existencial que implican y su modo seudomágico
de estar-en-el-mundo[ya está aquí la influencia, supongo que meramente
“óntica”, del otro] son factores más próximos al mundo de las psicosis que al
de las neurosis”. O sea, hablando en plata, que el neurótico obsesivo está tan
loco como el psicótico.
La delimitación de la normalidad
con respecto a toda anormalidad neurótica o psicótica la dejó establecida Freud
de manera magistral: “¿ Quién es la persona normal? La que es capaz de amar y
trabajar.”
Pero ni la psicosis ni la
neurosis son estados permanentes y continuos y no es muy cierto lo que se decía
tradicionalmente: que entre la neurosis y la normalidad no existe una línea de
demarcación clara, pues todas las personas son un poco neuróticas y sólo se
llega a la neurosis patológica cuando en una línea continua se está hacia el
extremo, mientras que entre la psicosis y la normalidad sí hay una línea de
separación clara o solución de continuidad. Un psiquiatra “normal” me comentó
que una persona que sea dominante y con capacidad de influencia psicológica
puede provocar, si se lo propone, en otra normal, hablando con ella, un brote
psicótico.
Tampoco es completamente cierto
que la diferencia entre neurosis y psicosis está en que los neuróticos son
conscientes de su enfermedad y sufren por ello, mientras que los psicóticos no
saben que están locos, pues hay bastantes esquizofrénicos, sobre todo cuando
tienen cierta “cultura” –y ya hemos hablado
de lo importante que es este factor para amortiguar el efecto de las
enfermedades mentales -, que son conscientes de su enfermedad.
Pero pasemos a hablar un poco de
la Antipsiquiatría. El psiquiatra “humanista” me dijo una vez que las ideas
antipsiquiátricas estaban en conexión con ideas populares sobre la locura que
surgen espontáneamente entre la gente. Y es cierto que en algunas clases de
ética cuando proponía a los alumnos hablar sobre el tema de las enfermedades mentales, en las contadas ocasiones
en que en dichas clases se podía hablar de algo, surgían, por parte de algunas
chicas, ideas, aunque expresadas de manera más vulgarizada, que están en la
Antipsiquiatría, como la de que muchos casos psiquiátricos se deben al “acoso”
que por parte de los “normales” sufren personas especialmente sensibles. Sin
embargo uno de los antipsiquiatras más destacados, David Cooper, insistía en
que en ningún modo se trataba de “romantizar la locura”, que es lo que surge
algunas veces en la ideología popular, sino de “politizar la locura”.
La
Antipsiquiatría fue un movimiento médico-político (pues tanto David Cooper,
como Laing, como Franco Basagilia como otros patriarcas de este movimiento eran
médicos psiquiatras con su formación académica completa) que se desarrolló en
la época dorada del pensamiento y la acción antisistema, finales de los 60 y
años 70, y que vino a defender, por decirlo de una manera simplificada y
vulgarizada, que la locura era un acto de protesta del individuo frente a la
estupidización, la alineación y la reificación de la vida cotidiana debidas al
moldeamiento de ésta por la exigencias vitales del tardocapitalismo, y la
institución manicomial una pieza del engranaje represivo del Estado
capitalista. En este último sentido, el
auge de la Antipsiquiatría tuvo una repercusión práctica tangible en las
reformas psiquiátricas que se emprendieron en la mayoría de los países
occidentales (en España a comienzos de los años 80) y que dejaron los
manicomios prácticamente vacíos, reforma psiquiátrica que, como todas las
reformas “progresistas” , tuvo un resultado ambivalente, por la enorme carga
que pusó sobre los hombros de las familias de los enfermos y por las
repercusiones negativas que pudo tener en algunos casos sobre la seguridad de
los “normales”.
Pero lo más interesante de la
Antipsiquiatría no es lo que diga sobre las causas de la locura, que desde mi punto de vista actual también cae bajo la
categoría de lo “romántico”, aunque sea de lo romántico-político; sino la
crítica que hace de la “normalidad” existente en las actuales condiciones
sociales y culturales. Así describe, por ejemplo David Cooper, esa “normalidad”:”La “socialización primaria”
en la familia y la consiguiente “socialización secundaria” en la sociedad
extrafamiliar de la escuela, la universidad, el sindicato, la profesión y así
sucesivamente , inducen a un conformismo que yace (en el sentido más amplio de
la palabra) en la oposición de los estados de cordura y locura. La cordura y la
locura se encuentran en polos opuestos, y su única diferencia consiste en que
la persona cuerda, a diferencia de la loca, retiene –con un poco de suerte- una
dosis suficiente de estrategias normales, de la apariencia y no del hecho
del conformismo, para evitar la invalidación, es decir, el hecho de ser
convertido en un inválido o en un paciente por los depredadores del Mundo
Normal. El estado de normalidad, en el otro polo, representa la detención o la
esclerosis de una persona, y, como mínimo, la imbecilización, cuando no la
muerte de la existencia personal. Este proceso de normalización se funda en el
deseo de una vida fácil, uniforme, progresivamente acomodada, segura, ”feliz”,
que sin duda alguna es una especie de muerte. Simultáneamente quedan prohibidas
todas las señales de vida, las intensidades extáticas de la experiencia en el placer que atraviesan las fronteras de
la desesperación y el sufrimiento, y el amor orgásmico”
Ya decía Schopenhauer, el que
según el otro sólo decía trivialidades, que la vida del hombre “normal” se
asemeja al desplazamiento de un muñeco mecánico al que se le ha dado cuerda y
realiza sus ridículos movimientos sin enterarse de nada.
Pero la vida de la mayoría, la
“multitud de los superfluos” que diría Nietzsche, ha sido estúpida y será
estúpida por los siglos de los siglos, bajo el comunismo primitivo, si lo hubo,
el modo de producción asiático, el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo,
el “socialismo real” y cualquier otro sistema de producción que pueda advenir
en el futuro. Seguramente tiene razón el otro cuando dice que la “caída” del “ser-ahí” en lo que él llama
“impropiedad” es algo original e
inevitable del “ser-en-el-mundo”, y cuando añade, en su jerga, que “también se
entendería mal [esta] estructura ontológico-existenciaria, si se le quisiera
dar el sentido de una mala y lamentable propiedad óntica que quizá pudiera
eliminarse en estados más avanzados de la cultura humana”.
Sí es cierto que la Psiquiatría
ha podido, con los tratamientos manicomiales y “de fuerza”, tender a hacer
permanentes y continuas enfermedades que sí son crónicas, con excepciones como
la del famoso caso de las depresiones habituales, pero que se manifiestan por
crisis y altibajos. Y como me decía el psiquiatra “humanista” entre crisis y
crisis puede pasar una vida entera.
Existen casos en los que la
Psiquiatría , o más bien la ilustración psiquiátrica de la gente, es claramente
patógena, como en el caso de la depresión y de la anorexia. Estoy tentado de
decir –con todo el respeto del mundo hacia las muchas personas que, sin duda,
realmente hayan podido o puedan sufrir estas enfermedades, y hacia sus familias
–lo que creo que Foucault decía con respecto al amor: “ Si alguien no hubiera
oído hablar del amor, nunca se enamoraría”. A la Psiquiatría se el podría
aplicar en estos casos el famoso chiste del genial Karl Krauss, según el cual
“una de las enfermedades más extendidas es el diagnóstico”.
Dicho sea también con la salvedad de las familias que tengan que
sufrir en su seno un caso de psicosis y grave, y con el respeto también debido
a ellas, el mejor ambiente terapéutico será siempre el ambiente familiar, y el
de la familia de origen, pues el amor de padres y hermanos siempre será
inmensamente más rico y más grande que el “amor” que pueda dar cualquier
pareja. En la valoración de la familia sí que disiento totalmente del enfoque
negativo y destructivo que, dentro de su proyecto político y micropolítico,
tenía la Antipsiquiatría.
También disiento de la
predicación que hicieron los antipsiquiatras a favor de las drogas,
concretamente del LSD, como medio para liberarse de la “normalidad” burguesa.
Dedicaremos un próximo artículo a glosar por qué pienso que las drogas no
pueden ser un medio para “liberar” a nadie de nada.
En cuanto al tratamiento de las
enfermedades mentales con psicofármacos, que también fue ampliamente criticado
por la Antipsiquiatría desde su básico espíritu “romántico”, podemos afirmar,
desde nuestra experiencia, que si no curan –pues estas enfermedades suelen ser
crónicas, al menos las graves -, como me decían las chicas “sensibles” de la
clase de ética, sí son efectivos para atenuar y contener la enfermedad y
diferir los estados críticos. Me atrevería a afirmar la paradoja de que la
verdadera antipsiquiatría es el tratamiento farmacológico de las enfermedades
mentales. El psiquiatra tiene que limitarse a detectar los síntomas
estrictamente patológicos , diagnosticarlos, seguir su evolución y prescribir
la medicación indicada sin meterse ni en la vida ni en la forma de pensar del
paciente. La forma de vivir y de pensar del enfermo mental puede estar motivada
en parte por su enfermedad, pero en ella influyen multitud de otros factores,
psicológicos y no psicológicos, que están en relación con el carácter único de
cada persona y de su circunstancia, y donde no cabe ninguna intervención
médica, pues la particularidad personal es inaprensible por cualquier tipo de
ciencia (o filosofía), por razones intrínsecas, y además cae fuera,
afortunadamente, de lo que son las posibilidades clínicas de la medicina mental
en una sociedad liberal. El médico no puede cambiar la vida de nadie y todos
los intentos por hacerlo, convirtiéndose en consejero espiritual del paciente,
están condenados al fracaso de ver cómo se agudizan las contradicciones de éste
con su medio.
miércoles, 3 de junio de 2020
SOBRE EL SIGNIFICADO DE LOS TÉRMINOS “BURGUÉS”, “PEQUEÑOBURGUÉS” Y “FILISTEO”
En mis
escritos aparecen frecuentemente los términos “burgués”, “pequeñoburgués” y “filisteo”. Bien puede decirse que en ellos
hay más burgueses, pequeñoburgueses y filisteos que en los casinos de pueblo
que visitaba a principios del siglo XX el escritor del 98, considerado menor,
Eugenio Noel.
Creo que es
necesaria una aclaración sobre el significado de los términos mencionados, pues
el sentido en el que empleo los dos primeros no coincide con aquél en el que
son empleados, por influencia de la terminología marxista, por muchas personas
y el significado en sentido figurado del tercero no es muy conocido, a pesar de
la importancia que ha tenido, sobre todo en el área cultural germánica.
“Burgués”
no lo empleo en el sentido marxista de persona perteneciente a la clase propietaria de los medios de
producción, sino en el sentido que podríamos llamar “romántico” o “bohemio”, de
persona “vulgar, mediocre, carente de
afanes espirituales o elevados”, que es el que recoge en la acepción cuarta del
término el DRAE. El difunto profesor Aranguren hace explícita mención de esta diferencia semántica al
hablar de su experiencia universitaria norteamericana con los movimientos
juveniles de protesta de los años sesenta, que tan decisivos fueron en el giro
político que tomó su carrera intelectual.
En el uso
habitual de la palabra “burgués” se hace referencia en realidad al carácter de
la bourgeoisie ,burguesía en su versión francesa decimonónica: el gusto
por el lujo y la ostentación, la riqueza y el refinamiento material. Existe
otra acepción, más germánica, del término “burguesía” que se refiere
favorablemente a una clase caracterizada por su laboriosidad, meticulosidad,
probidad y honradez. Es la clase surgida de la ética protestante del trabajo y
de la racionalización de la vida, ideal ético que se ha extendido, o se
extendió, también a las clases medias de los países católicos, moralizando o
desfigurando, según se mire, la propia religiosidad católica.
Pero ya he
dicho que yo uso el término “burgués”, o “pequeñoburgués”, en su significación
despectiva de hombre vulgarmente convencional y acomodaticio, una significación
que viene a coincidir con la significación figurada, también de origen
germanico, del término “filisteo”, del que luego hablaremos.
En sentido
estrictamente sociológico, “burgués” no tiene por qué significar persona rica o adinerada que
lleva una vida opulenta, pues como también recoge el DRAE se llama burgués a lo perteneciente o
relativo al burgués, ciudadano de la clase media. Es burgués quien no es
aristócrata, obrero o campesino: los empleados de servicios(que formarían el
núcleo de la subclase de la pequeña burguesía), los propietarios, grandes o
pequeños, y también los profesionales liberales. En este sentido “burgués” no
tiene por qué tener una connotación despectiva, como cuando los historiadores
hablan de la época de las “revoluciones burguesas” o de la “sociedad burguesa”
como opuesta a la del Antiguo Régimen. Incluso puede admitir un matiz
favorable, como cuando, literariamente, Goethe escribe unos versos cuyo sentido
viene a decir lo siguiente: los nobles se refugiaban en sus castillos, los
campesinos vivían apegados al terruño: ¿de quién vendría la más bella educación
si no fuera del burgués?; apreciación que podría ser fácilmente adaptada para
nuestros días.
El
sociólogo alemán del conocimiento Karl Mannheim estableció una distinción
fundamental, que debe ser tenida en cuenta a la hora de hablar de la actitud de
la burguesía ante la “cultura” y que alcanzó su realización más plena y
exacerbada en Alemania pero que es extrapolable a otros países, entre una
burguesía propietaria y empresarial y una burguesía cultivada centrada en
ideales relacionados con la educación y la formación, subclases que tienen una
visión ideológica de la realidad completamente diferente. Estas dos tendencias
pueden desarrollarse simultáneamente en el seno de los mismos grupos, como el
de la burguesía o pequeña burguesía comercial y de servicios, produciendo
dentro de ellos contradicciones ideológicas. La nefasta preponderancia de la
educación tecnocientífica ha propiciado que sectores en principio predispuestos
hacia una visión “cultural” hayan
acabado integrándose en la tendencia utilitaria y pragmática en términos
alicortos de la burguesía industrial-empresarial. Contra la idea también de
Mannheim de los “intelectuales que flotan libremente” por encima de los
intereses desu clase de origen se ha opuesto la idea marxista vulgar de que la
conciencia de los intelectuales también está determinada por su “ser social”.
Contra todo marxismo vulgar yo afirmo que la dedicación a la búsqueda de la
verdad histórica, social y filosófica produce un alejamiento de la propia clase de origen y de
sus intereses materiales particulares y contingentes, generalmente mezquinos.
Si durante los siglos XIX y XX no hubiera surgido u n grupo de intelectuales
socialistas “flotando libremente” de origen burgués y pequeñoburgués, el
movimiento obrero no habría surgido nunca y, por supuesto, no habría alcanzado
sus éxitos reformistas de carácter economicista.
Los
términos “burgués” y “pequeñoburgués” en sentido despectivo no son exclusivos
de la izquierda, pues también han sido utilizados por la extrema derecha
fascista, es decir revolucionaria, y afín al fascismo. Por ejemplo, recuerdo
que en una ocasión en que fueron detenidos un grupo de jóvenes neonazis en
Alemania, salió en la prensa que uno de los detenidos había declarado que sus
padres, que habían sido sesentayochistas, eran “pequeñoburgueses”.
Los
alemanes tienen el mismo término para
designar al burgués y al
ciudadano, “Bürger”, por lo que para distinguir entre la persona
centrada en sus asuntos privados y el ciudadano que participa activamente en la
“res publica” constitucional tienen que recurrir a los términos franceses “burgeois” y “citoyen” . Es cierto que en
alemán también existe el término “Spiessbürger”
o “Spiesser”, pero es un término abiertamente insultante –no apto para utilizarse en la ciencia política
–para insultar al pequeñoburgués de
mentalidad provinciana y universo ideológico premoderno, pues “Spiess”,
que significa lanza, hace referencia al arma con la que los habitantes de los
burgos medievales salían a defender su localidad cuando se encontraba
amenazada. “Spiessbürger” designa en general al burgués sumido en
preocupaciones pragmáticas enemigas del espíritu.
“Pequeñoburgués”,
que tampoco significa el rico de bajo nivel, es un término generalmente
despectivo, usado para señalar al burgués de escasos horizontes sociales y
espirituales encerrado en la estrechez vital y en la limitación de la
dedicación a intereses privados mezquinamente materiales. En otro tiempo, siglo
XIX y principios del XX, era frecuente que ese conformismo y “materialismo”
práctico se recubriera en la pequeña burguesía con la ideología de un
sentimentalismo cursi, “operístico” –si se nos permite la injusta expresión –y
un idealismo ramplón, ayudado por una religiosidad miserablemente social, que
encubría su pragmatismo y utilitarismo de corto alcance. Pero hoy, como dice
Habermas, la conciencia burguesa se ha vuelto cínica, por lo menos en amplios
sectores urbanos. No obstante todavía puede observarse entre algunos
pequeñoburgueses “retrasados” un humanismo abstracto y totalmente inocuo y la
famosa ideología de los “valores”, que no encubre sino su conformismo y su orientación a los intereses
individualista-familiares. Es propio también de la pequeña burguesía, en un diagnóstico
más político y marxista, la creencia en que sus intereses sociales y políticos
de clase coinciden con los de la burguesía alta reinante en el sistema social.
Pero
“pequeñoburgués” puede utilizarse también en un sentido sociológico descriptivo
para designar a los sectores modestos de la burguesía integrados principalmente
por pequeños comerciantes, pequeños empresarios, empleados, funcionarios,
profesionales liberales de baja categoría, lo que pueda quedar del artesana do,
propietarios rurales medianos, pequeños intelectuales como maestros y
profesores de secundaria, y sectores asimilables. Es decir, principalmente
burguesía modesta dedicada al sector servicios. Desde posiciones, también más o
menos marxistas, cabe hablar de una intelectualidad pequeñoburguesa como
aquella que vive ajena a los problemas históricos y sociales o que los mistifica. En general, se
puede hablar de una intelectualidad pequeñoburguesa cuando su dedicación al
pensamiento y la “cultura” no logra hacerle superar sus condicionamientos
ideológicos ligados a una visión alicorta de la realidad.
El
presidente Mao, en uno de sus textos de marxismo “naif” (con esos principios
teóricos no me extraña que muchos antiguos maoístas hayan acabado en la derecha
e incluso alguno en la socialdemocracia), sitúa entre la pequeña burguesía
–formada, según él y en su país en la época de las luchas revolucionarias, por
los campesinos propietarios, los artesanos propietarios de talleres, los
pequeños comerciantes y las capas inferiores de la intelectualidad nutridas por
los estudiantes, maestros de enseñanza primaria y secundaria, funcionarios
subalternos, oficinistas y tinterillos –y el moderno proletariado industrial un
semiproletariado formado por campesinos semipropietarios, campesinos pobres,
pequeños artesanos, dependientes de comercio y vendedores ambulantes.
El filósofo
marxista Georges Lukács separa claramente la crítica que el joven Hegel hace
del pequeñoburgués de la misma crítica llevada acabo por los románticos
contemporáneos suyos, pues mientras la crítica romántica se basa en motivos
estéticos que ensalzan frente al pequeñoburgués tendencias anárquicas y
bohemias, y en otra vertiente el mundo feudal y gremial premoderno, Hegel lo
que hace es contraponer el privatismo
del moderno pequeñoburgués a la plena
participación en los asuntos públicos del ciudadano libre de la antigua “polis”
griega, y no siente ninguna nostalgia de la Edad Media. Pero hoy creer que la
participación en lo que se ha dado en llamar “sociedad civil” puede suponer una
superación de la estrechez pequeñoburguesa y una radicalización emancipadora de
la democracia que lleve a lo que Zapatero y su filósofo de cabecera, Petit,
llamarían democracia “republicana” es una completa ilusión, pues la “sociedad
civil” hoy no es sino el reino de la teatralidad politiquera o prepolitiquera y
un sector del pujante en nuestro mundo mercado de las personalidades.
La ideología de la pequeña
burguesía es comúnmente conformista, reaccionaria y timorata, pero en épocas de
estancamiento del proceso de lucha de clases o de neutralización de dicho
proceso o de un desplazamiento del mismo hacia la esfera internacional que deja
de tener, por diversas razones, efectos políticos transformadores es normal que
aparezcan diversas formas de rebeldías individualistas, humanismos visionarios,
anticapitalismos románticos, irracionalismos antisistema, antifilisteísmos
bohemios y estetizantes, espiritualismos contestatarios e incluso mezclas de
materialismo y espiritualismo frente al conformismo “burgués”, filosofismos
críticos frente a la “alineación” y el “fetichismo” de la mercancía, y otras
manifestaciones típicas de los que Engels llamaba “pequeñoburgueses
enloquecidos” o del “pequeñoburgués antipequeñoburgués”.Una de esas
manifestaciones puede ser también el fascismo revolucionario, aunque las
manifestaciones políticamente exitosas de esta tendencia tuvieran lugar en
época de acentuación de la lucha de clases. Pero es significativo que numerosos
dirigentes de las que algún autor marxista considera formas específicas de la
influencia de la ideología pequeñoburguesa en la clase obrera, el anarquismo,
el espontaneísmo y la revuelta
putschista, o terrorista como diríamos ahora, entraran a formar parte del “ala
izquierda” del fascismo histórico, depurada luego por los partidos fascistas en
el poder.
Hagamos una pequeña incursión en
el marxismo como método de análisis de la realidad social para detectar algunos
rasgos ideológicos de la pequeña burguesía que tienen que ver, precisamente,
con su filisteísmo en el sentido no marxista de cortedad de miras espiritual.
El autor marxista al que nos hemos referido arriba al hablar de los
“pequeñoburgueses enloquecidos”, el politólogo Nicos Poulntzas, distingue tres
aspectos fundamentales en la ideología de la pequeña burguesía “normal”:
a)
Lo que llama”un aspecto ideológico anticapitalista del statu
quo”; es decir, por un lado animadversión hacia la “opulencia”, las
“grandes fortunas”, pero, por otro lado, como la pequeña burguesía tiene apego
a su propiedad y le produce pánico su posible proletarización, prefiere que las
cosas se queden como están (satatu quo).Esto se combina, nos dice
Poulantzas, con un “igualitarismo” contrario a las tendencias monopolistas del
capitalismo y nostálgico de una ilusoria “igualdad de condiciones” de la
“justa” competencia.
b)
Un aspecto ideológico vinculado no a la transformación
revolucionaria de la sociedad sino al mito de lo que Poulantzas llama la
“pasarela”.Es decir, por el temor a la proletarización y la atracción hacia la
burguesía inmediatamente superior a ella, la pequeña burguesía aspira a
convertirse en burguesía y lo hace insistiendo en la creencia en la posibilidad
del paso hacia arriba de los “mejores” y los “más capaces”.
c)
Un aspecto ideológico del “fetichismo del poder”, del
que , nos dice Poulantzas, ya hablaba Lenin. Al ser una clase aislada
económicamente entre la burguesía y el proletariado y equidistante de ambos (de
donde surgiría también el “individualismo pequeñoburgués”), la pequeña
burguesía tiende a creer en el Estado “neutro”, por encima de las clases , lo que
en buena ortodoxia marxista es un completo disparate, porque, como es sabido,
para los marxistas el Estado es un aparato ideológico y coactivo completamente
al servicio de la clase dominante. La pequeña burguesía espera que el Estado
neutro le aporte desde arriba cuanto necesita. La neutralidad, también
ilusoria, de la pequeña burguesía entre el proletariado y la burguesía le hace
identificarse con un ilusorio Estado neutro que sería “su” Estado. En
definitiva, la pequeña burguesía aspira al “arbitraje” social, en el sentido de
que quisiera, como ya decía Marx según nos recuerda Poulantzas, que toda la
sociedad se volviera pequeñoburguesa. Es de notar que este último aspecto de la
ideología de la pequeña burguesía tradicional ha sido sustituido en la actualidad,
por influencia de la ideología neoliberal, por cierto antiestatismo, que echa
la culpa al Estado y su intervensionismo fiscal de la decadencia de los
negocios pequeñoburgueses, cuando lo cierto es que si no existiera un Estado
regulador de la economía y dispensador de servicios y garantías sociales, las
tendencias monopolistas del capitalismo se comían a la pequeña burguesía en
tres telediarios, como se suele decir vulgarmente.
El sentido figurado moderno del
término “filisteo”, fuertemente asociado al de “pequeñoburgués y Spiessbürger,
como persona vulgar y pacata hostil a la “cultura” tiene su origen en la
Alemania del siglo XVII. El término había sido profusamente usado por Lutero en
el sentido, directamente derivado de su significado bíblico, de “enemigo de la
verdadera fe”. Pero en el siglo XVII se produjo un desplazamiento semántico por
el que “filisteo” pasó a denominar en la
jerga estudiantil “el enemigo del espíritu goliardesco”, es decir enemigo del
espíritu de los goliardos, unos clérigos y estudiantes medievales vagabundos
que llevaban una existencia irregular dedicada a vivir y cantar poéticamente
las excelencias del vino, la comida y el amor. Las poesías latinas compuestas
por los goliardos sobre temas amorosos, báquicos y satíricos han llegado hasta
nosotros en los famosos “Carmina Burana”, de los que se ha conservado también
la versión musical original, y que también fueron puestos en música, en el
siglo XX, por Carl Orff en su famosa obra así llamada. “Carmina Burana”. Paradójicamente
el término “goliardo” derivó del nombre del gigante filisteo Goliat, para
denominar al que es dado a la gula y a
la vida desordenada como seguidor del vicio y del demonio personificado en ese
gigante filisteo.
Goethe tomó
el término “filisteo” de la jerga estudiantil para referirse a los “ausentes de
la vida del espíritu” y, especialmente, a los “negados a todo sentimiento de
poesía”. Sus epigramas o pequeños poemas satíricos llamados “Xenien” querían
ser “zorros con la cola en llamas “ arrojados a “las cosechas papelescas de los
filisteos”, en alusión a la narración bíblica del sabotaje de las mieses
filisteas que Sansón llevó a cabo mediante este procedimiento
Tras
Goethe, los románticos resumieron en la palabra “filisteo” todo lo que es
“mezquino, angosto y prosaico” y acabaron identificando al filisteo con el
“Spiessbürger”, el “burgués práctico”, encerrado en los aires de suficiencia de
su fácil moralismo. El irónico Heine
trató condescendientemente la figura del filisteo, describiéndolo cuando,
en domingo, sale en “Sonntagröcklein “[ropa dominguera], se llena los
oídos de trinos de gorriones y poética y convencionalmente “begrüsst die
schöne Natur” [saluda a la bella naturaleza].
El poeta
romántico Clemens Brentano (no creyente que transcribió las revelaciones
privadas de la monja visionaria y estigmatizada Catalina Emmerich, en las que
se basa, en parte la película de Mel Gibson
La Pasión) publicó en 1811 El filisteo antes de la historia, en la
historia y después de la historia , obra dirigida a los
“cristiano-alemanes”, donde se da expresión al tópico romántico del filisteo y
que fue acogida triunfalmente. Sin embargo el filósofo Fichte, ese troglodita
ético, la recibió muy mal y trató de demostrar que el propio Brentano era el
más filisteo de los filisteos; seguramente porque no le gustó que en su obra
Brentano considerara al “Yo” como una potencia ética negativa. En esta obra
Brentano recorre la historia del filisteo desde los principios de la narración
bíblica, asociándolo a la figura de l.ucifer como negación, “uno” o “Yo” que se
opone a la unidad universal. Aparece luego en Cam, el hijo maldito de Noé,
primero de la estirpe de aquel pueblo que Sansón derrotará y que dará origen a
Goliat, vencido por David. Por fin, en la modernidad, aparece como filistea la
masa sorda y opaca, desprovista de espíritu, que se propaga por el mundo y
siempre se propagará, y ya tenemos al filisteo como el mediocre, el vulgar, el
convencional, que se opone y comprende y odia como su polo opuesto al “hebreo”.
Brentano satiriza en su obra también a la Ilustración con ganas de filosofar, a
todo lo que sujetaba al movimiento romántico, al “entusiasmo patriótico” y al
soplo poético. Los románticos alemanes solían llamar filisteo al político
prusiano progresista e ilustrado, como
Zapatero, Hardenberg.
El gran
politólogo y teórico del derecho alemán Carl Schmitt en su libro contra el
romanticismo político alude a la irónica relación que se estableció entre los
románticos alemanes y el filisteo. Dice: “El romanticismo había comenzado
satirizando al filisteo; en él descubría la realidad chata y vulgar, el opuesto
completo de la realidad superior y verdadera que el romanticismo buscaba. El
romántico odiaba al filisteo, pero resultó”, dice Carl Schmitt aludiendo a la asimilación
burguesa del romanticismo en la época del Biedermeier, “que el filisteo amaba
al romántico”; y añade la inteligente afirmación, perfectamente aplicable a lo
que sucede en la vida real cuando un romántico y un filisteo se encuentran para
disputarse algo: “y en una relación semejante la superioridad estaba
evidentemente del lado del filisteo”.
En el terreno musical, Schumann
compuso una serie de piezas programáticas para piano en las que contraponía a
los filisteos opuestos a la música romántica con los miembros de la Davidsbund
o liga de David, aquellos que se identificaban con el rey David en su doble
condición de músico y hombre culto. El hijo de Richard Wagner, Sigfried, que
también fue compositor, aunque menos importante que su padre, tiene un poema
sinfónico de 1923, una de cuyas partes lleva el título de “La felicidad de los
filisteos” y en la cual se trata de describir musicalmente la felicidad o
autosatisfacción típica en la que suele vivir el auténtico filisteo.
El término
“filisteo” aplicado a la falta de sensibilidad cultural y a la hostilidad hacia
ella pasó a Inglaterra a través de la importante obra de crítica conservadora
de la cultura moderna Culture and
Anarchy (1869) de Matthew Arnold. En esta obra Matthew Arnold distingue
tres clases en la sociedad moderna a las que critica por igual: los bárbaros
(la aristocracia), los filisteos (las clases medias) y el pueblo en general (la
clase obrera). La cultura real y la búsqueda de la armonía interior no pueden
encontrarse en ningún a de estas clases; sólo está al alcance de un reducido
grupo de extraños que pueden brotar en cualquiera de las tres clases,
pero que se separan de ellas en la búsqueda de la verdad objetiva y de la
perfección humana. Arnold adelanta ya en su obra la idea recurrente en la
crítica de la cultura de masas contemporánea de que el conformismo de la clase
media es la peor forma de estancamiento cultural. Al parecer, Matthew Arnold
encontró consuelo a su pesimismo cultural refugiándose en posturas religiosas.
Los hebreos
Marx y Trotsky, y el tal vez con algún antepasado hebreo Lenin, usaron
profusamente el término para designar al burgués o pequeñoburgués que por sus
mezquinos intereses materiales no es capaz de elevarse a una visión liberadora
de la historia.
El término
“filisteo” también ha sido utilizado por egregios antisemitas, como Richard
Wagner, en cuya correspondencia puede leerse la expresión despectiva “¡Juden
und Philister!” [judíos y filisteos].
El
historiador francés François Furet ha visto en el odio al filisteo la raíz
común, cuya existencia él afirma, de fascismo y comunismo como alternativas,
enfrentadas entres sí, al mundo liberal-burgués.
Schopenhauer,
que fue un genuino luchador contra el filisteísmo –incluido el filisteísmo de
la filosofía académica –en sus escritos sobre sabiduría vital definió al
filisteo como el hombre que carece de necesidades espirituales y que por esa
carencia está incapacitado para disfrutar de placeres auténticamente humanos,
por lo que termina cayendo en el hastío, del que no le pueden sacar ni el juego
de cartas, ni la afición a los caballos, ni los viajes, ni las mujeres,etc., es
decir los equivalentes en su época de la actual cultura de masas. Y
Schopenhauer pone el dedo en la llaga al señalar que el odio que el filisteo siente
hacia la “cultura” tiene su causa, generalmente, en una envidia secreta que el filisteo trata de ocultarse a sí
mismo.
Nietzsche
acuñó el término “cultifilisteo” o filisteo cultural en su Primera
Consideración Intempestiva para denigrar al hegeliano de izquierda David
Friederich Strauss y su “evangelio de cervecería”, una crítica “dialéctica” del
cristianismo que pretendía convertir el Evangelio, mediante la presentación de
la Encarnación como símbolo de la identidad entre lo humano y lo divino, en una
especie de metáfora de las ilimitadas posibilidades del hombre y su progreso.
El filósofo
marxista Georges Lukács utiliza repetidas veces la expresión “filisteo
intelectual” en su magnífica obra El asalto a la Razón para designar al
intelectual que encerrado en su mundo
erudito y académico es incapaz de abrirse a los problemas de la gente, dela
vida histórica concreta y los relacionados con una sensibilidad política
emancipadora.
En una de
mis noches alcohólicas en mi pueblo recuerdo que alguien, no sé quién, que
había estado trabajando en Mallorca con alemanes como relaciones públicas, o
algo así, me dijo que los jóvenes alemanes siguen empleando como término
despectivo la palabra “filisteo” (Philister), lo que me lleno de
alegría.
En
resumidas cuentas el filisteo es la persona convencional y vulgar de intereses
y aspiraciones miserables, odio secreto a la “cultura” y al pensamiento y mente
encerrada dentro de las lindes de su privatismo familiar-profesional, es decir
la persona dedicada a lo que ese gran pensador de la normalidad burguesa que
fue Freud consideraba precisamente “normal “, el amar y trabajar según las
formas convencionales establecidas por la llamada sociedad.
Pero a la
figura del filisteo o burgués en este sentido no hay que oponerle la del
“bohemio” , porque esa es su coartada para hacerse creer a sí mismo que el
orden y la sensatez están de su parte, sino, para que descubra su auténtica
miseria, la del gentleman culto, la del caballero del espíritu, la del
que ética, estética y políticamente es noble. Si expresiones como gentleman
o caballero o aristócrata del espíritu nos parecen algo ridículas es porque la
plebeya burguesía nos ha vencido con su democratismo igualador de todos en la
vulgaridad universal. Ante ello hay que cumplir el imperativo orteguiano de
desenmascarar y dar caza al filisteo.
Y repito
que no desde la “bohemia”, pues el bohemio es una figura pequeñoburguesa
(recuérdese a los Rodofolfo, Mimí y compañía del músico pequeñoburgués por
excelencia, Puccini) que sólo ha existido sobre los escenarios teatrales y en
las novelas, para solaz y diversión de algún que otro filisteo, como decía don
Pío Baroja.
Pero hablemos un poco de los
filisteos históricos de la Biblia, pues cuando en las tan traídas y llevadas
clases de religión de la enseñanza secundaria me temo que, en la mayoría de los
casos, se imparte fundamentalmente
humanitarismo filantrópico y psicologismo sensiblero amoroso, un poco de
Historia Sagrada no puede venir mal.
Los filisteos eran, como supongo
que se sabrá, un pueblo enemigo de los israelitas, que habitaba un espacio
geográfico coincidente aproximadamente, aunque era más amplio, con la actual
franja de Gaza, donde, por cierto, los israelíes han confinado a buena parte de
sus actuales enemigos, los palestinos, que en algún libro prosionista son
llamados precisamente “filisteos”. El nombre de origen griego “Palestina”
deriva de la palabra “filisteo” y quiere decir tierra de los filisteos.
El pueblo filisteo estaba
organizado políticamente como una confederación de cinco ciudades: Asdod,
Ascalón, Ecrón, Gat y Gaza. Algunos han señalado que esta forma de organización
territorial hacía a los filisteos estar más desarrollados políticamente que sus
vecinos israelitas. Precisamente fue una incursión filistea muy grave que se
produjo en tiempos de Samuel, el último de los Jueces del Pueblo Elegido, la
que convenció a los judíos de la necesidad de que se unieran todas las tribus
de Israel y sirvió de acicate para la constitución de la monarquía unificada,
primero en la persona de Saúl y luego en la de David. Alrededor de esta época
de la constitución del reino unificado, a la altura del siglo XI a.C., los
filisteos eran una seria amenaza para los israelitas. Ello se debió a que los
filisteos eran unos enemigos más fuertes que los cananeos o los medianitas y
también a que sus ataques desde el oeste se coordinaban con los ataques de los
ammonitas desde el este del Jordán.
Todavía en tiempos de los Jueces
se produjeron los famosos éxitos de Sansón contra los filisteos, con el primer
caso conocido en la historia de ataque suicida. En la historia de Sansón y la
seductora Dalila también se refleja el mito eterno del hombre virtuoso llevado
a la perdición por los ardides de una bella y perversa mujer.
También son conocidas la luchas
de David contra los filisteos, empezando por la victoria sobre Goliat, que ha
quedado como símbolo de la superioridad de los pequeños virtuosos sobre los
grandes fanfarrones. Pero es menos conocido que David en el transcurso de la
historia de sus tormentosas relaciones con el rey Saúl, acudió, para escapar de
éste, a refugiarse junto al rey filisteo de Gat. No obstante , tanto Saúl como
David fueron encarnizados enemigos de los filisteos a los que trataban con
desprecio y soberbia.
Los filisteos, no obstante los
continuos ataques israelitas, consiguieron preservar su independencia, hasta
que cayeron en manos de Asiria . cuando se produjo la caída del imperio asirio,
se vieron sucesivamente sometidos por Babilonia, Persia, Alejandro Magno, los
seléucidas –que heredaron siria de aquél –y, finalmente, los romanos. Fue el
emperador Adriano quien, tras la revuelta judía de 132-135 a. C.. ordenó que la
provincia romana de Judea pasara a denominarse Palestina, el término griego
que, como hemos dicho, significa “tierra de los filisteos”.
Algún autor sionista actual ha
llamado la atención sobre lo curioso que es el significado figurado moderno de
“filisteo”, pues según él, excepto en los campos de la teología y la ética los
logros culturales de los filisteos fueron notablemente superiores a los de los
israelitas. Tecnológicamente habían aprendido el uso del hierro, no sólo en
carros, escudos y espadas, sino en la fabricación de herramientas de faena
tales como el arado con puntas de hierro. Las naves filisteas de proa elevada
surcaban las aguas mediterráneas y sus caravanas de camellos facilitaban los
lazos comerciales entre filistea y Mesopotamia. Pero les faltaba el “espíritu”,
ese “espíritu” que tan generosamente se derramó sobre los hijos de Israel y con
el que acabarían formando un lío sin igual en la historia.
¿Quién es hoy el burgués, el
pequeñoburgués, el filisteo? Decía Marx que el proletariado era la clase
universal, pues al romper sus cadenas nos iba a liberar a todos, porque también
iba a librar a los capitalistas de la alineación que, según la dialéctica del amo y del
esclavo de Hegel que Marx retoma, también les afectaba a ellos, y partiendo
Marx de su profecía “científica” y economicista, pero no cumplida, de que en la
última fase del capitalismo todos seríamos o proletarios o capitalistas. Hoy,
como se ha dicho varias veces, la nueva clase universal es la pequeñaburguesía,
por la sencilla y menos dialéctica razón de que todos, desde los antiguos
proletarios hasta los famosetes de la tele, pertenecemos, por mentalidad,
gustos, estilo de vida y aspiraciones, a ella. De la rebelión de las masas del
periodo de entreguerras denunciada por Ortega hemos pasado al dominio ético,
estético, político y espiritual de las masas pequeñoburguesas filisteas.
La expresión más clara del
filisteísmo actual es la fe beata en el progreso material y en las maravillas
de la tecnociencia. El buen burgués que odia secretamente, o no tan
secretamente, a los “intelectuales”, pero siente una admiración rendida hacia
científicos y técnicos es un filisteo más grande que los cojones de Goliat. La
admiración por los avances científicos de hoy en día no es cualitativamente
diferente de la expresada por los dos encantadores carcamales filisteos
madrileños de La verbena de la Paloma , don Hilarión y don Sebastián,
cuando cantan al comienzo de la obra aquel dúo que dice:
-El aceite de
ricino
ya no es malo
de tomar.
Se administra
en pildoritas
Y el efecto es
siempre igual
-Hoy las
ciencias adelantan
que es una barbaridad
-¡Es una
brutalidad!
-¡Es una
bestialidad!
(...)
-Pues el agua de Loeches
es un bálsamo eficaz
-Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad
-¡Es una brutalidad!
-¡Es una bestialidad!
Etc.
Pues los avances de la tecnociencia actual son tan
ridículos, según el uso que comúnmente se hace de ellos, como los glosados por
don Hilarión y don Sebastián. Los medios técnicos pueden tener su interés si se
ponen al servicio de una vida más rica y más amplia, pero son intrascendentes
si sólo sirven para lograr una conservación meramente cuantitativa de la vida,
para proezas sensacionalistas o para llenarse la cabeza de información basura,
y son peor que intrascendentes si sirven para perpetrar fechorías ecocidas. Y
hay que observar que el libretista de Bretón, Ricardo de la Vega, se burla del
cientificismo del boticario y su contertulio en una época en que estaban
teniendo lugar avances técnicos reales, como los primeros pasos de la aviación
o el automóvil, tan inauditos para la época como lo son los de hoy día para
nosotros.
Para
terminar recordemos el imperativo formulado por don José Ortega y Gasset: ¡hay
que dar caza al filisteo!
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